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REPORTAJE

La leonesa con madera en las venas

La ebanista y artista leonesa, Reyes Carreño. Foto: Campillo.
La ebanista y artista leonesa, Reyes Carreño. Foto: Campillo.
La ebanista y artista leonesa, Reyes Carreño. Foto: Campillo.
La ebanista y artista leonesa, Reyes Carreño. Foto: Campillo.
La ebanista y artista leonesa, Reyes Carreño. Foto: Campillo.
La ebanista y artista leonesa, Reyes Carreño. Foto: Campillo.
La ebanista y artista leonesa, Reyes Carreño. Foto: Campillo.

Reyes Carreño Muñiz cumplió el sueño de su vida a los 40 años para convertirse en la primera mujer de un saga asturleonesa de ebanistas

Con nueve años pagaba a su hermano cinco pesetas para que la avisara si llegaba su padre, mientras torneaba subida a un taburete en el taller familiar... hasta que un día la pilló. El chico era, teóricamente, el llamado a mantener la saga familiar de ebanistas que cumpliría la quinta generación, pero ella, que cree que aprendió antes a poner tornillos que a escribir, guardaba un anhelo que desde hace seis años es un sueño cumplido. Reyes Carreño Muñiz, ebanista, artista, multitarea, navaja suiza, como se define, nació en León y comparte su origen con Asturias, como delata su primer apellido.

En su taller de Santa Olaja de la Ribera explica que su vida discurrió primero por otros derroteros laborales; fue durante años domadora de caballos y después se dedicó a la publicidad. “Yo no era feliz. Lo único que quería era llegar a casa para ponerme a hacer inventos en el garaje”, afirma y explica que la situación familiar le hizo plantearse dejar todo y volver a León para acompañar a su padre y a su madre, ya ancianos. Entonces decidió convertirse en emprendedora. “Era el sueño de mi vida, trabajar con la madera. Yo tengo RH negativo roble en la sangre”, afirma.

Sus apoyos

“La única forma de emprender, sobre todo en este país, creo que es que alguien te soporte, porque si no, es imposible”, comenta y agradece el apoyo de sus progenitores para sacar adelante un proyecto a consolidado. Su padre siempre intentó disuadirla “porque sabe lo duro que es”, pero llegado el momento la apoyó "incluso económicamente”.

También destaca el respaldo de Lourdes y Toño, de Torneados Tejerina. “Yo llegaba al taller con cosas que era imposible hacer si no era con ellos. Les estaré eternamente agradecida”, subraya. Aunque reconoce que hace “más horas que el reloj” está muy satisfecha de su trabajo y de haber podido experimentar en primera persona que “se puede reinventar uno a cualquier edad”. Le llama la atención que no haya más mujeres ebanistas o soldadoras o carpinteras. “Creo que la sociedad ya está lo suficientemente avanzada; me gustaría tener más compañeras”, explica.

Un nicho

Llegó al oficio en una situación “dramática” del mercado de la carpintería y la ebanistería. “Las grandes multinacionales se han cargado, destrozado la carpintería y la ebanistería tradicional que había en nuestro país. Lo que pasa es que eso, a la vez que ha creado un volumen de ventas muy grandes para ellos, ha dejado un nicho. Al cargarse a los ebanistas no hay quién haga, no hay relevo y tuve la visión o la suerte de encontrar la oportunidad de poder hacer un producto más exclusivo, con más alma, con más tiempo” para un nicho de mercado muy concreto que lo demandaba.

Reyes contagia con sus palabras el entusiasmo que pone a todo lo que hace. “No tengo clientes extra mega millonarios, para nada. Es gente muy normal, que se ha cansado de la mesa que tiene que tirar a los seis meses, porque es una mierda y busca algo que guste -sobre todo después de la pandemia-. “Quieren otra cosa y tú lo que ofreces es mimo, cariño, calidad... alma”, recalca antes de comentar cuánto disfruta en el proceso de selección de la madera y de cuando llega al taller y empieza a ver a ver por dónde tiene que empezar a trabajarla. “El olor que se desprende en la madera cuando la trabajas, el acabado; bueno, me gusta presumir de dar unos acabados impecables, que es lo que te diferencia de las grandes superficies, que no pueden, porque no salen los números”, apunta.

Maderísimo

Madera, resina, pigmentos y hierro son los materiales principales de sus obras. El roble y el castaño son sus maderas favoritas, de entorno cero y bosque sostenible, que le proporciona su proveedor habitual, Maderas Ángel Suárez. Con ellas elabora diversos muebles (puertas, camas, armarios, aparadores), pero principalmente mesas y cuadros-esculturas (alguno convertible en mesa) de su marca y sello de identidad: Maderísimo. “Yo le pongo el mismo alma a todo”, asegura y detalla que trata de huir de la pintura tradicional con pincel y trabaja, sobre todo, con técnicas que ella misma inventa. Utiliza un pigmento orgánico que, dependiendo de la inclinación de la luz, cambia de color. “Lo que es una obra viva. Yo siempre se lo digo al cliente que, por favor, la oriente este-oeste porque al discurrir del día va a tener diferentes colores en la pieza”, puntualiza.

“Le dejo a la madera hablar y esta parte es súper importante”, explica mientras recorre un espacio en el que se suceden encargos a punto de entregar, piezas preparadas para exponer -es una habitual de la Feria Internacional de Muestras de Asturias- aunque la inmensa mayoría de los encargos que recibe responden al resultado del boca a boca. “Cuando haces las cosas bien y te esfuerzas muchísimo y das el máximo de ti mismo, acabas triunfando y ese triunfo se traduce en que la gente habla bien de ti y cuando hablan bien de ti se traduce en ventas. Tampoco trabajo mucho la parte comercial, afortunadamente casi llega sola. Empatizo muchísimo con el cliente o con la persona con la que estoy hablando, porque no le estoy intentando vender nada. Le estoy contando mi motivo vital”, comenta y añade que sabe que puede contar dónde se ha cortado el árbol que ha dado lugar a cada pieza o cuánto ha tardado en hacerla y que con algunos clientes mantiene relaciones de auténtica amistad.

El alma de la madera

El comprador también aporta al proceso artístico y la comunicación entre ellos es importante para que el resultado final sea satisfactorio para ambas partes. Además, Reyes tiene claro que la madera “tiene alma y ese alma se tiene que comunicar con el proyecto final, tiene que encajar todo”. Por eso, el pino prácticamente no tiene cabida en su taller; “porque no tiene casi grieta ni... no ha sufrido, el roble ha sufrido, el pino no”.

“Oigo sonidos y veo colores y en eso me baso muchas veces para hacer creaciones” comenta sobre la ventaja que le supone en el ámbito artístico ser una persona con sinestesia -condición neurológica que produce una mezcla de la percepción de los sentidos-. La mayor parte de sus piezas las vende en el Principado. “En León he notado que no se promueve la interacción entre el artista y el cliente” señala sobre el escaso mercado que tiene hasta la fecha en su tierra natal, que forma a su juicio con la vecina Asturias un binomio indisoluble que supone “el territorio que considera patria”.

La mesa 'astur-leonesa'

Así lo refleja en una de sus piezas más queridas, hecha con negrillo, una mesa que llama ‘Astur-León’ y cuyo diseño y colores representa “la unión de la frontera que no existe entre León y Asturias, que alguien ha marcado a lápiz, pero que no distingues si vas caminando por el monte”.

Comenta esto mientras trabaja en los últimos detalles de un llamativo columpio, pensado tanto para particulares como para hostelería, que le ha dado bastante tarea añadida en cuanto al diseño y que se encuentra cerca de su primera obra artística, ‘Alcordanza’, de unos 500 kilogramos y trabajada en una sola pieza. “Algo se quebró cuando la hice; me quedé mirando para ella diciendo, ¿pero yo he sido capaz de hacer esto?. Fue… auténtico amor a primera vista y cuando se lo enseñé a mi padre, el pobre hombre no se lo creía”, cuenta con una sonrisa que acompaña a una explicación más detallada de la obra. “Quiere transmitir ese sentimiento de que por mucho que tú viajes y que tú crezcas, estás íntimamente conectado con lo que has sido en un momento”, concluye.