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Llega la segunda parte de los 'episodios nacionales' de Juan Pedro Aparicio: Zafadola

El escritor leonés Juan Pedro Aparicio, en una imagen de archivo.
El escritor leonés presenta este viernes en el salón de actos de Alfonso V la continuación de 'El sueño del emperador', publicada en 2024

Regresa Juan Pedro Aparicio con una novela histórica. Este viernes 16, a partir de las 19 horas, en el salón de actos del Ayuntamiento de León (C/ Alfonso V), acogerá la presentación del libro 'Zafadola. Espada de la dinastía' del escritor leonés, que estará acompañado por Marta Prieto Sarro, colaboradora de Heraldo de León.

Zafadola es la segunda entrega de 'Los episodios nacionales del siglo XII'. La primera entrega fue 'El sueño del emperador' que se publicó en 2024. Ambas han sido publicadas por la leonesa Eolas Ediciones dentro de la colección 'Narrativa histórica'.

'Zafadola. Espada de la dinastía'

En el corazón de la vieja Hispania existió un poder que no se fundaba en la guerra, sino en el entendimiento. Mientras Roma levantaba su cruz sobre los reinos del norte, un soberano cristiano y un príncipe musulmán imaginaron un pacto distinto: una frontera que no separara, sino que uniera.

Aquel proyecto, sellado entre el emperador Alfonso VII y Zafadola, último heredero de los reinos andalusíes del valle del Ebro, representó un ideal de equilibrio político y religioso que desafiaba los designios pontificios. Fue un tiempo breve, pero luminoso, en el que la autoridad civil quiso imponerse a la guerra santa y la diplomacia buscó sustituir a la espada.

Esta novela evoca ese instante suspendido entre la razón y la fe, entre la historia y el mito. Con rigor histórico y mirada literaria, explora la vida de quienes creyeron posible otra idea de Hispania: un espacio común donde la diversidad no era amenaza, sino principio de concordia.

Olvidado por los cronistas y diluido en los relatos de la Reconquista, aquel sueño dejó sin embargo una huella indeleble: la certeza de que hubo, alguna vez, un poder que quiso ser puente antes que cruzada, y un destino que pudo ser distinto del que heredamos.

Portada de 'Zafadola' (Eolas).

Ficción y novela histórica

En toda novela histórica la ficción y la historia han de amalgamarse con naturalidad. Un excelente ejemplo entre nosotros serían los episodios nacionales de Benito Pérez  Galdós. El gran escritor supo trazar con mano maestra una línea de ficción que navega sobre los hitos históricos como el barco sobre las aguas. Llevar este modo de novelar a periodos muy alejados en el tiempo agrava la dificultad novelesca, pues el conocimiento de la época ha de ser necesariamente fruto de la investigación, no de la memoria personal.

Del siglo XII, en el que se desarrolla la acción de El Sueño del Emperador, es obvio que nadie ha podido contarme de viva voz sus recuerdos ni hablarme de su experiencia (como sí ocurrió con mi novela sobre la guerra civil, La Forma de la Noche, deudora de tantas cosas que escuché a mis padres cuando era niño), por lo que ha sido preciso un estudio exhaustivo de la época, siempre bajo el estímulo y el deseo de completar tres novelas; ésta sería la primera, que, como episodios nacionales del siglo XII, ayudaran a entender por qué somos así y no de otra manera como nación. 

Desde que el medievalista estadounidense Charles Homer Haskins publicó en 1927 un ensayo titulado El Renacimiento del siglo XII la inmensa mayoría de los historiadores ha aceptado la verdad que se contiene en ese título. Siglo inquieto, renovador, que conoce cambios profundos, en el que la mujer se idealiza mediante el llamado amor de lonhdana, una forma espiritual y poética que, a pesar de su vacuidad, sirvió para dar mayor visibilidad y respeto a un segmento de la población tradicionalmente apartado del protagonismo público. Sabemos que desde mediados del siglo anterior las mentes europeas más abiertas se habían acercado a Toledo y a Córdoba, atraídas por los avances de los musulmanes españoles en matemáticas, medicina y astronomía. Sabemos también que fue a través de al Andalus como Europa redescubrió a los filósofos de la Grecia clásica.

Pero el XII es también el siglo de las Cruzadas. El papado aspira a consolidar su poder sobre el orbe cristiano, temeroso del islam, que se ha propagado con suma facilidad por el territorio asiático y africano del imperio romano (gracias en parte a su proximidad con la doctrina del obispo Arrio, creyente de un único Dios y negador de la Santísima Trinidad, como el islam). Las Cruzadas -convocadas por primera vez en 1094 por un papa francés, Urbano II, socapa de expulsar a los turcos de Jerusalén- se proponen la reunificación manu militari de las tierras que un día formaron parte del imperio y, en anticipado lebensraum (espacio vital) hitleriano, la anexión por conquista de nuevos territorios.

El pegamento del Imperio

Desde siglos antes, el cristianismo, como religión oficial y única, es el pegamento del imperio. Pero son frecuentes las controversias sobre a quién corresponde la primacía del poder, si a quien gobierna los cuerpos, el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, o a quien gobierna las almas, el papa. Esta pugna llega al siglo XII, cuando, en lo más agrio de esa disputa, surge con fuerza un elemento nuevo: los habitantes de las ciudades, o sea, los ciudadanos. Un dicho alemán de la época proclama que “el aire de la ciudad hace al hombre libre”. En la misma Roma se oyen voces airadas que inquietan a los dos poderes. La comuna romana, cuyo principal tribuno es un hombre de iglesia, Arnaldo de Brescia, no solo reclama la autonomía de un poder político propio, sino que también denuncia los excesos de la Iglesia, por contrarios a la verdadera doctrina de Cristo.

¿Qué ocurría en la península Ibérica por entonces? El Reino de León era hegemónico y dos condados le servían de contrafuertes: el de Portugal y el de Castilla. Su rey, Alfonso VI, proclamado Emperador de las dos religiones tras la toma de Toledo, ha de hacer frente a un ejército invasor africano. En ese contexto, el 30 de mayo de 1108 se produce una muerte, la del heredero del trono leonés, el infante Sancho Alfónsez, un niño todavía; se dice que ha muerto en combate, en Uclés (Cuenca), donde los almorávides africanos cortan tres mil cabezas de guerreros cristianos. 

Incertidumbre tras la muerte del infante Sancho

El suceso es de enorme trascendencia. Se suceden años de inestabilidad e incertidumbre, en los que la configuración política de la península Ibérica da un completo vuelco. Las circunstancias de esa muerte son a día de hoy todavía un misterio que es obligado relacionar con el protagonismo ascendente de una nueva entidad política que, sin fronteras precisas, sin poder orgánico centralizado, más bien dividido y disperso, se constituye en la fuerza dominante de la península a través de un constructo ideológico, la corona de Castilla, que recibe el impulso de las potencias hegemónicas del otro lado de los Pirineos: la Roma del papa y el mundo franco, heredero del emperador Carlomagno.

Nuestra historiografía tradicional lo ha despachado sin demasiados matices, bajo el expediente confortable de la Reconquista, un concepto alumbrado en el siglo XIX, coetáneo significativamente de la basílica de Covadonga que, iniciada en 1877 y concluida en 1901, fue diseñada a partir de un modelo románico-gótico.

Cierto es que no se debe exigir al novelista lo que es tarea prioritaria y casi exclusiva del historiador. Pero es igualmente cierto que, cuando el historiador, por falta de soporte documental, no puede o no quiere ir más allá de la conjetura, al novelista se le debe permitir -y aún exigir- dar ese paso, siempre que no incurra, como advertía el gran medievalista Henry Pirenne, en elucubraciones que los hechos ya han desmentido. 

La novela histórica no debería ser un caprichoso juego narrativo, sino el intento de iluminar la realidad del pasado desde la ficción, sin atentar contra la verdad documental. En lo que a este El Sueño del emperador respecta me gustaría advertir al lector que el islamismo radical de hoy, que tanto daño y conmoción causa, nada o muy poco tiene que ver con el modo de entender y practicar la religión de los musulmanes españoles de Al Andalus en el siglo XII.