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‘La vejez de Heliogábalo’. Manuel de Hoyos y Vinent y el decadentismo

Fragmento de la portada de 'La vejez de Heliogábalo' (Amarillo Editora).

A pesar de que son muchos los críticos con estudios muy interesantes sobre la literatura española de finales del XIX y el primer cuarto del siglo XX, no son sin embargo numerosas las ediciones modernas de obras de autores comprendidos en ese espacio temporal; una de ellas, recuperada en una elegante edición por Amarillo Editora, es ‘La vejez de Heliogábalo’, de Antonio de Hoyos y Vinent

Afirmar que Antonio de Hoyos y Vinent (Madrid,1882-1940) es un auténtico desconocido para la mayoría de los lectores contemporáneos es una obviedad. Aun cuando en su tiempo fue un escritor conocido. Habría que precisar que tal vez fue un escritor probablemente más conocido por su carácter de singular y extravagante aristócrata que por su producción literaria. Nada diferente a lo ocurrido con otros muchos de sus contemporáneos que pronto quedaron pasados de moda, bien por el contenido de sus textos bien por el cambio de tendencias literarias, o que resultaron condenados al ostracismo por el régimen después de la Guerra Civil.

Precisamente por ello, es muy de agradecer el excelente prólogo que Eduardo Pérez Rasilla escribe para ‘La vejez de Heliogábalo’: medio centenar de páginas que nos presentan con exhaustividad la vida y la obra de Manuel de Hoyos y Vinent con precisas referencias a estudios de que han sido objeto su figura y su producción literaria tanto en su propio tiempo como en momentos posteriores, algunos bien recientes. Una manera de poner al lector en antecedentes y ayudarle a la comprensión de lo que va a encontrar en una novela publicada en 1912.

León y Manuel de Hoyos y Vinent

De ese prólogo quisiera yo rescatar tres datos que me han llamado la atención en tanto que vinculados con la provincia de León. El primero de ellos el hecho de que haya sido nuestro gran poeta y crítico Eugenio de Nora (Zacos,1923-Madrid, 2018) uno de los estudiosos de Antonio de Hoyos. El segundo, su amistad con Ángel Pestaña, que le mostró el anarquismo en que el autor militó y que le costaría la vida. El tercero es más sorprendente si cabe: que una de las obras de teatro escritas por el autor, ‘El fantasma’ se estrenase precisamente en la ciudad de León, en el Teatro Principal el 28 de julio de 1912.

Portada de 'La vejez de Heliogábalo' (Amarillo Editora).

Tengo constancia del anuncio que la prensa leonesa recogió el día 26 de ese mes:

“El próximo domingo celebra su función de beneficio la simpática y elegante primera actriz Anita Martos. El programa no puede ser más sugestivo, pues se estrenan dos obras, una de ellas del inspirado autor Jacinto Benavente, titulada ‘Sacrificio’ y la otra original de Antonio de Hoyos, que lleva por título ‘El fantasma’, en un acto estilo Grand Gigud [sic, por Guignol] y escrita expresamente para Anita Marcos.”

La noticia aludía a las distinguidas familias que estaban dispuestas a acudir a la representación esa noche. Entre ellas es bastante probable que estuviese María Sánchez Miñambres, que me consta conocía o conoció posteriormente al escritor: de él conservó una tarjeta de visita en la que con su letra inconfundible anotó la nueva dirección del escritor en la calle Príncipe de Vergara.

La decadencia de la aristocracia

‘La vejez de Heliogábalo’ es una novela que tiene como protagonista a un aristócrata llamado Claudio Hernández de las Torres, conde de Medina la Vieja, que el autor nos presenta en las primeras páginas a través de la visión de dos de sus trasnochadas, solteronas y casamenteras primas: Semíramis y Cleopatra. Nada es casual en esta obra, tal como el lector irá comprobando página tras página: ni los nombres de las primas Pastor Cordero, ni el apodo de Heliogábalo, ni el propio nombre del protagonista, ni el modo en que nos ofrece toda la información que nos sitúa de lleno, para empezar, en aquellos veranos aristocráticos y ostentosos de San Sebastián y Biarritz.

Como nada se censura mejor que lo conocido, Antonio de Hoyos realiza en su novela un dibujo descarnado de la clase social a la que pertenece cuyo comportamientos describe de manera irónica y hasta cruel. Y si en esa parte de la novela el lector no se siente incómodo sino que puede hasta divertirse imaginando un ambiente muy bien descrito, poco a poco el tono va cambiando, cediendo el protagonismo a lo sórdido, a cuadros del Madrid de los bajos fondos, a la nocturnidad en la que se mueven personajes innobles, miserables, primarios y pendencieros, a los parásitos y a las corruptelas.

Todos ellos rodean a un protagonista desganado y abúlico que se enfrenta a una senectud que se sugiere prematura y patética, instalado en el tedio, despreciado por la clase social a la que pertenece y que, camino de la pobreza inmediata, ha tocado fondo en todos los aspectos posibles. Un protagonista que aparece, casi sin remedio, condenado desde las primeras páginas:

“Luego descendió un hombre alto, pálido, delgado, con rota apostura y rostro de extrañas oquedades de calavera”

Pese a los largos periodos, las increíbles y prolijas descripciones, la tristeza y el pesimismo que sobrevuelan las páginas de la novela o la fatalidad a la que se intuye que el personaje está abocado, merece la pena leer ‘La vejez de Heliogábalo’. Para descubrir a un buen escritor, políglota y cosmopolita, luminoso y capaz de presentarnos la amargura de una vida desperdiciada y de describirnos la sociedad de su tiempo con notable intensidad:

“El triste cortejo reanudó su marcha y, arrastrado por sus compañeros, el conde de Medina la Vieja siguió andando…”

La vejez de Heliogábalo

Antonio de Hoyos y Vinent
Amarillo Editora, 2026
324 páginas