'Zafadola, espada de la dinastía'
Dar cuenta de un autor como Juan Pedro Aparicio resulta en este caso, y en este medio provincial, una pura formalidad. Pues nadie hay entre nosotros que desconozca la figura y la personalidad de quien es uno de los escritores leoneses más leídos y reconocidos en su tierra. Pero, al tiempo, un protagonista indudable e indiscutible del panorama narrativo nacional, al que avalan algunos de los premios de mayor importancia del país. Es bien conocida su versatilidad en el oficio de escribir, lo que le ha llevado a desenvolverse a lo largo de su carrera en una notable variedad de registros literarios. Una carrera fructífera en todos los aspectos en la que ha tenido cabida la defensa pertinaz de nuestra historia y la lectura apasionada, incluso novedosa, de determinados acontecimientos medievales relacionados con el Reino de León.
No resulta extraño, pues, su incursión en la novela histórica de la que, como se ha dicho, ‘Zafadola, espada de la dinastía’ es su segunda aportación que nace, de alguna manera, desgajada de la anterior. A Aparicio le gusta referirse a sus dos novelas históricas como “episodios nacionales del siglo XII” en un recuerdo al talento de Benito Pérez Galdós y al monumental proyecto literario inacabado que nos dejó 46 obras magníficas. El también leonés Ricardo Gullón nos explicó, con simplicidad meridiana y necesaria, su esencia: don Benito contó para todos las historias de la Historia.
Zafadola
Juan Pedro Aparicio nos coloca en un punto concreto del siglo XII, en el reinado de Alfonso VII, conocido como El Emperador, para dar vida a una novela en la que rescata a un príncipe de la dinastía de los Beni Hud, hijo de Abdelmálik, último rey taifa de Zaragoza. Uso la palabra rescatar porque es casi seguro que la mayoría de nosotros no hayamos tenido noticia de Zafadola hasta este momento. Y es, por supuesto, un personaje real cuyo nombre españolizado surge del original árabe Sayf al- Dawla al-Mustanşir.
Juan Pedro Aparicio ha construido una novela de lectura amable que comienza y termina sin amabilidad alguna. Pero que en el intermedio narra la historia de una amistad sorprendente: la del rey Alfonso VII y la del rey Zafadola quien, enfrentado religiosa y culturalmente a los almorávides, le ofrece su vasallaje y el castillo de Rueda de Jalón, su refugio desde la pérdida de Zaragoza. Y sobre todo su lealtad. Todo en el contexto de aquella alternativa andalusí que no pudo ser. Narra también el amor de un musulmán y una cristiana que es posible en el Reino de León, donde las mujeres solteras de la realeza son titulares de la institución de Infantado. E imagina también el autor que ya por entonces la morcilla o la cecina eran manjares reales y que los aluches estaban presentes en muchas ocasiones y lugares. Hasta en el pueblo de Lois.
Página tras página se nos presentan de manera sutil o explícita acontecimientos, situaciones y personajes que Juan Pedro Aparicio pinta, como debe ser, subjetivamente. A mí me ha gustado particularmente que el texto recoja la sugerente poesía de poetisas y poetas árabes que tanto recuerdan al mundo persa; que el ajedrez sea una referencia inexcusable o que haya espacio para las leyendas. Que haya también francos perversos, papas y antipapas, caballeros buenos o felones.
‘Zafadola, espada de la dinastía’ es novela, no historia. No lo olvide el lector. Fue algo que el autor recalcó en la presentación de su novela donde nos obsequió con una sonrisa franca y una frase para el futuro: “yo escribo para la posteridad”. Para cuando sea manifiesto que la historia de Reino ha de leerse con otras claves.