"Eres esclavo de lo que tú has creado"
Toda decisión humana nace de la búsqueda de un bien. Lo complicado, a veces, no es elegir, sino comprender la naturaleza de aquello que perseguimos. Es, justamente cuando tratamos de hacerlo, el momento en el que surgen las preguntas verdaderamente importantes de ¿qué es lo que quiero? o ¿por qué lo quiero? Para mí, la pregunta más fundamental sería ¿es este un deseo verdaderamente mío o simplemente el que creo que debería tener?
Una inquietud bloqueada
Guille Carnicero siempre ha destacado por su innata curiosidad y deseo por hacer cosas. En el Colegio Leonés San Isidoro fue cuando descubrió su amor por la tecnología, una que no solo permitía al estudiante distraerse las perezosas tardes de domingo, sino que, también, le otorgaba la posibilidad de aprender lo que quisiese con un par de clics y algunas horas en YouTube. Aunque la magia de los ordenadores era cautivadora, Guille nunca pensó en ser un simple ingeniero de software. Él quería usar esa magia para algo mejor que los simples trucos.
Al reflexionar sobre su futuro, durante el bachillerato, parecía una salida obvia el estudiar informática, pero ese rechinar de dientes que le producía el pensar en el tiempo perdido, resultado del estudio exhaustivo de particularidades sin sentido de los ordenadores, era una sensación algo amarga.
La ULE, vanguardista, le abrió una ventana
La realidad de la Inteligencia Artificial se empezaba a hacer patente en nuestras vidas y la gente ya empezaba a hacer sus porras acerca del fin del mundo, pero entre tanto, Guille veía en ello una oportunidad única. En cuanto la Universidad de León presentó su novedoso grado en Ingeniería de datos e inteligencia artificial, el leonés ya tenía en su mano un bolígrafo, preparado para firmar su inminente incorporación a la vanguardia de la carrera como primera promoción.
Es verdad, comentaba Guille, que “el temario ha ido cambiando” con las promociones y los años, destacando la concreción a temas de inteligencia artificial en la clase de su hermano Jaime (segunda promoción), así como los pragmáticos trabajos del cuarto y último año. Aunque la vanguardia conllevara alguna decepción, como “asignaturas que no han servido para mucho” o el hecho de poder reducir a “solo 2 años” la materia verdaderamente relevante, Guille hace un balance positivo de la carrera, explicando que no había una mejor opción. “Mirando más a futuro”, esta carrera no tenía nada que ver con informática, pues al final “los informáticos acabarán especializándose en datos e inteligencia artificial”, decía el leonés.
Preparación para un futuro incierto
La constante en el análisis de los “pros” y los “contras” parecía ser eso, el futuro. Algo que Guille, confiado, veía coloreado de oportunidades, cosa que por otra parte no se trataba de ninguna locura, pues ¿cómo debería ser el futuro de alguien que desde el minuto uno se encuentra cultivando en este?
El estudiante destacó, del cómputo de la carrera, tanto el Erasmus como el ya comentado cuarto último año. El Erasmus, en Pavia, sigue ocupando mucha parte de los pensamientos de Guille, pero ciñéndose al ámbito académico, era sorprendente como, al ser la primera promoción de una carrera muy vanguardista, las asignaturas convalidables de tercero de carrera eran, en la universidad italiana, de másteres y especificaciones mucho mas avanzados. Un relato en el que se asumía la “buena preparación” que la ULE, por lo tanto, ofrecía.
La forma de dar clase allí recordaba a Guille al último año en León, pues los diferentes trabajos, así como las prácticas, configuraban un modelo de aprendizaje totalmente aterrizado a la aplicación de conocimientos adquiridos, por lo que, al final, “te acuerdas mucho mas de ellos” que de las clases y el temario. Ese fue para Guille el mayor de sus aprendizajes, algo práctico y aplicable que fundó en su cabeza diferentes formas de poder llegar al bien mayor por el que el leonés estudiaba la carrera: la libertad.
Proyectos que liberan
El TFG del leonés destacó desde el primer momento entre los de su promoción, obteniendo una de las calificaciones más altas de la clase (9,3 sobre 10). Su proyecto, titulado “Neuroevolución de Redes Neuronales Aplicadas al Trading Cuantitativo”, consistió en el desarrollo de un modelo de IA capaz de optimizar estrategias de inversión mediante técnicas de aprendizaje evolutivo, buscando igualar la rentabilidad de los grandes índices bursátiles, como el S&P500 mientras reducía significativamente su riesgo. Este trabajo resultó ser una aplicación más de los conocimientos aprendidos a lo largo de la carrera, con la importante diferencia de que, Guille, tuvo que adquirir conocimientos propios del campo de la economía y la inversión para que pudiese funcionar.
No fue casualidad que el trabajo terminase por tornarse casi en un intento por ganar dinero o enfocarse hacia esa meta. Al final, el leonés entiende la libertad, primero como el fundamento indispensable de la felicidad, y segundo como lo hace Isaiah Berlin con la libertad negativa, es decir, la ausencia de interferencia. El dinero, o mejor dicho, la falta de este en el mundo de hoy, parece suponer la mayor traba para cualquier decisión realmente libre, como si el dinero fuese la exacta institucionalización de la libertad.
Guille lo termina por explicar al preguntarle directamente por cómo se ve así mismo en 5 años. “No me veo más de 3 o 4 años trabajando en el mismo sitio”, querría “ir a Australia”, obtener “más experiencia con la IA”, incluso “estar empezando un negocio”, explica. El alma emprendedora del leonés sale a relucir en esas proyecciones de sí mismo con intención de obtener la libertad, aunque en verdad, finalmente busque la felicidad.
Si le preguntas por cómo se ve dentro de 50 años, ahí cambia la propuesta. Parece que esa sensación de “que con la edad que tengo ahora mismo debo aprovechar muchísimo” desaparece, entonando recuerdos y no proyectos, el verdadero balance de la edad que se tiene. “Me gustaría haber creado algo a nivel España, arreglar problemas de la sociedad, tener una familia…”, “pero eso, sí, sentir que he creado algo”, narraba. Parece que el para qué real no es la libertad, sino la felicidad, que aunque equiparada, no puede reducirse a un nirvana insípido, sino a una sensación de control, realización personal y darse a uno mismo.
“Vivir en Madrid me daría más libertad”
Pero ¿y dónde ser feliz? La respuesta parece estar también en el tiempo de la carrera, justamente en el momento del Erasmus. “Cuando te tiras un año fuera valoras mucho León”, pero quiero “seguir comprobando fuera que León es lo que quiero”, comentaba Guille. Para él, una de las características mas positivas de León es también su faceta más negativa: la familiaridad de las cosas. “Aquí es más familiar”, pero necesito “conocer gente diferente”. “En el Erasmus, en tres semanas, conocí a 80 personas diferentes, y claro que entiendo que trabajar fuera no vaya a ser lo mismo”, pero “vivir en Madrid me daría mas libertad”.
Las palabras del leonés resonaban en mí. Esa percepción positiva del entorno familiar, paradójicamente unida a la crítica del mismo por una supuesta privación de libertad, y sumado todo ello a un deseo de descubrir y escapar, denostaban una fuerte personalidad.
Ser esclavo de lo que has creado
¿Quién fue el primero que decidió que la libertad era ausencia de interferencia? ¿quién la institucionalizó en forma de billetes y nos montó en la estática empujándonos a la carrera de la rata? ¿quién nos hizo creer que lo que creíamos que era un bien digno de alcanzar lo era realmente? ¿quién?
La IA, comentaba el leonés, tiene la peculiaridad de que es muy oscura, en parte indescifrable, “como una caja negra”. Los modelos específicos que él crea, no cargan con tantos problemas éticos como los de grandes extensiones (ChatGPT, por ejemplo), pero aún así, hay partes en ellos en las que “no se puede saber lo que ocurre”. Casi podemos decir que “eres esclavo de lo que tú has creado”.
Muchas veces pensamos que algo nos hará libres, pero acabamos siendo esclavizados por esa misma cosa. El balance debe ser personal, pero bueno. Con proyección a la felicidad, pero fiel. Guille ya se daba cuenta de que la felicidad no era la libertad, sino el control, la independencia y la realización personal. Jorge Bucay se sentiría orgulloso al ver que un somnoliento esclavo más, preferiría ser despertado de ese sueño de libertad, para vivir la amargura del control. La amargura de la felicidad.