"Me fui a Irlanda perdida y hoy vivo en un pueblo de 50 habitantes cerca de La Magdalena"
Elisa Alonso, leonesa de 26 años, hoy vive en un pequeño pueblo de 50 vecinos cerca de La Magdalena, rodeada de naturaleza y lejos del ruido de la ciudad. Pero no siempre fue así. “Estaba bastante perdida, no sabía qué quería hacer con mi vida ni dónde quería vivir”, recuerda. Con esas dudas y sin apenas inglés, en 2019 se marchó a Irlanda para realizar unas prácticas que cambiarían su vida. Allí no solo se formó, sino que viajó, conoció a gente de todo el mundo y aprendió a mirarse de otra manera.
Irlanda le dejó huella -“allí dejé una parte de mí”-, pero también le dio claridad. Al volver, regresó una Elisa distinta, con ilusión renovada y ganas de vivir. “Volví con la mentalidad de cuando eres niña: soñadora, con pasión. Porque si no tienes sueños, ¿qué gracia tiene la vida?”, reflexiona.
Del desconcierto a la calma rural
Aunque es de Azadinos, Elisa tenía claro que su futuro no estaba en una ciudad. Ni tráfico, ni prisas, ni ruido. “Yo quería irme a un pueblo pequeño, estar tranquila, rodeada de naturaleza. Siempre me han gustado los animales y la vida de pueblo”, explica.
Ese nuevo rumbo tomó forma cuando conoció a su pareja. Sin grandes discursos ni decisiones impulsivas, hablaron y decidieron compartir vida. Él vivía en un pequeño pueblo de 50 habitantes del municipio de Carrocera. Allí, Elisa empezó de cero.
Entre relinchos, zumbidos y mugidos, comienzan cada día. “Mi suegro tiene un montón de animales y nos dedicamos a cuidarlos”, cuenta. Las mañanas transcurren entre alimentar caballos y vacas, revisar las colmenas y atender a todos los animales que llenan su hogar: perros, gatos, aves y los que se van sumando en cada temporada.
Colmenas, redes y velas
Las colmenas ya estaban allí antes de que ella llegara; eran el proyecto de su pareja. Elisa se sintió fascinada desde el primer momento. “Es un mundo poco conocido y poco valorado”, afirma. Por ello, decidió implicarse desde donde mejor sabía: la comunicación. Abrió perfiles en Instagram, Facebook y TikTok para mostrar el trabajo apícola y el entorno que los rodea.
De esa curiosidad nació otra idea: aprovechar la cera de opérculo, una cera natural que producen las abejas y que tiene un aroma intenso a miel y propiedades especiales. “¿Por qué no hacer algo con esto?”, pensó. Así empezaron las velas artesanas. Al principio como experimento, luego como pequeño proyecto que se reinvierte continuamente: nuevos moldes, fragancias con aceites esenciales y detalles cuidados.
Él se ocupa de la miel; ella, de las velas y la presentación. “Me gusta la decoración, que la gente se vaya a gusto con su tarro de miel y su vela”, dice.
Un trabajo, un sueño mayor
Elisa estudió algo relacionado con laboratorio y sigue trabajando en ese ámbito. Es su base, la forma de sostener económicamente lo demás. Porque, aunque su vida parece tranquila, no es estática. “Soy inquieta, tengo muchas ganas de comerme el mundo”, reconoce.
Hace justo un año tomó una de las decisiones más importantes de su vida: comprar una casa. No en su pueblo actual, sino en Camplongo de Arbás. No conocía a nadie allí. No tenía raíces previas. Pero el lugar encajó. La cercanía a la estación de esquí de Pajares, los pinares, la Vía Carisa, la montaña. Todo apuntaba a una idea clara: crear una casa rural.
Hoy el proyecto está en marcha, despacio y con aprendizaje constante. “No tenía ni idea de nada, lo estoy haciendo yo sola, a mi ritmo”, explica. Graba vídeos del proceso con la idea de, en un futuro, documentarlo en YouTube. Su sueño va más allá: un pequeño complejo de apartamentos rurales. Sabe que requiere tiempo y dinero, así que avanza paso a paso.
Quedarse para construir
Elisa no idealiza la vida rural, pero la elige. Vive rodeada de animales, trabaja en un laboratorio y dedica cada hueco a levantar proyectos propios. “Mi idea es, en un futuro, poder ser autónoma y trabajar para mí”, afirma.
Su historia no va de huir, sino de volver sabiendo a dónde. De marcharse lejos para entender que el sitio estaba cerca. En un pueblo pequeño de León, entre colmenas, velas de cera natural y una casa que aún está por terminar. Una vida sencilla, pero llena de intención. Y de sueños que, esta vez, tienen raíces.