"León no puede ser una zona de sacrificio para el lucro de las eléctricas bajo el disfraz de la transición verde"
Macroplantas de biomasa, proyectos de biogás, promesas de hidrógeno verde. En León los anuncios energéticos ya no suenan lejanos ni abstractos: tienen ubicación, tienen fecha y generan conversación en pueblos y barrios. Lo que empezó como un debate técnico se ha convertido en algo más incómodo y más profundo: una discusión sobre quién decide el rumbo del territorio y qué papel juega la provincia en este nuevo mapa energético.
Mientras tanto, el debate ha salido de los despachos. Se oye en bares de pueblo, en asociaciones vecinales, en colectivos ambientales. No es una conversación académica; es una conversación incómoda. Por eso varios colectivos han convocado una manifestación el próximo 1 de marzo en León. Quieren un modelo energético descentralizado, con participación real y respeto por el territorio. Nada especialmente extravagante. Solo poder opinar sobre lo que pasa en casa.
En esta entrevista, Juan Antonio Gómez Liébana, Toño, miembro de ARBA, analiza sin rodeos los riesgos y las oportunidades de una transición que, bajo la etiqueta de lo renovable, puede abrir caminos de desarrollo o repetir viejos esquemas de dependencia. Más allá de megavatios y titulares, la cuestión de fondo es sencilla y decisiva: qué modelo quiere León y quién participa realmente en su construcción.
Toño, ¿puedes explicarnos por qué ARBA ha decidido convocar la concentración del 1 de marzo en defensa del territorio leonés y cuál es el objetivo principal de la manifestación? ¿Podrías decirnos cuantos movimientos convocan y cuáles son las problemáticas que hacen confluir hacia esta convocatoria?
La convocatoria ha sido organizada por la Coordinadora en Defensa del Territorio, espacio que aglutina a una serie de plataformas e individualidades del Noroeste, que están luchando contra la implantación de macroproyectos energéticos y extractivistas en sus zonas, con la disculpa de una supuesta transición energética que se ha demostrado falsa. Confluyen desde grupos afectados por la implantación de proyectos de renovable eléctrica industrial (fotovoltaica, eólica), con otros afectados por vertederos de sustancias tóxicas, extractivismo de recursos como el agua o minerales, macrogranjas y biogás, o incineradoras de biomasa, por ejemplo. Uno de nuestros objetivos es promover la unidad de acción entre todos los colectivos afectados. Juntos somos más fuertes, el poder nos quiere separados.
ARBA es muy crítica con lo que denomina el modelo de Renovable Eléctrica Industrial. Para empezar, ¿podría explicar de forma sencilla qué es este modelo y por qué considera que no es una solución real a la crisis ecológica y energética?
La REI es un modelo que prometía la generación de energías limpias que iban a sustituir a los combustibles fósiles, responsables como sabemos del calentamiento global. Sin embargo, la implantación de este modelo lo que ha demostrado es que, en primer lugar, no sustituye a las fósiles, ya que, para su fabricación, puesta en marcha, mantenimiento y desmantelamiento final (si es que se produce) se requieren enormes cantidades de combustibles fósiles. No hay “energías renovables” sin combustibles fósiles. Por otra parte, el gobierno central y el autonómico han optado por el modelo de renovables centralizadas, en muchos casos en manos de las mismas empresas que se están lucrando con los combustibles fósiles desde hace décadas, que además es un modelo depredador. Aquí no estamos hablando por tanto de una descentralización energética, en la que se pongan en marcha pequeños proyectos distribuidos y en manos de los consumidores, sino que se ha optado por un modelo centralizado, puramente especulativo y capitalista. Hoy día ya sabemos que el consumo eléctrico sigue cayendo en el Estado Español desde 2008, pero se sigue optando por macroproyectos de este tipo cuando en muchas ocasiones la producción eléctrica no se puede verter a la red y se pierde.
Se busca el negocio y cobrar la prima, no se busca facilitar el consumo a la población, eso requeriría una apuesta por las comunidades energéticas, que son puramente testimoniales porque al sistema no le interesa que se desarrollen. Otra posibilidad, que no es ninguna utopía en esta provincia, sería la de poner en manos de las juntas vecinales los medios para poner en marcha minicentrales hidroeléctricas, eliminando las trabas legales y burocráticas, para así aprovechar las inmensas posibilidades que dan los cursos de agua existentes, algo que como sabemos, existía hace unas décadas en gran cantidad de pueblos del norte del Estado con las llamadas “fábricas de luz”.
El mito de la sustitución: "No hay ‘energías renovables’ sin combustibles fósiles; el modelo actual no busca la descarbonización real, sino un negocio centralizado y especulativo que hereda los vicios del viejo capitalismo energético"
En provincias como León se están desplegando grandes proyectos eólicos y fotovoltaicos. ¿Corre el riesgo el territorio de convertirse en una nueva zona de sacrificio, esta vez bajo el discurso de la transición verde?
Indudablemente los diferentes gobiernos y partidos políticos han puesto en el tablero el noroeste peninsular (aparte de otras zonas) como zona de sacrificio para extraer sus riquezas, generar energía y acumular los desechos de otras zonas, para intentar mantener el modelo de crecimiento basado en conurbaciones y un modelo industrial que en gran parte está dirigido a fabricar productos en absoluto indispensables para el bienestar general, durante unas décadas más. Esto se produce cuando según el “Stockholm Resilience Centre” hemos traspasado 7 de los 9 límites planetarios, y el sentido común exigiría replantearse este modelo de crecimiento y frenar la inmolación de los espacios periféricos del país, donde se están aplicando políticas de vaciamiento poblacional perfectamente planificadas.
Es más fácil desvalijar los recursos naturales de una zona si no hay población fijada que los pueda defender. Es por ello por lo que llevamos décadas sufriendo, por ejemplo, políticas de deterioro y abandono de los servicios públicos que son un elemento fundamental para mantener a la población unida en su territorio. Si nos fijamos en la provincia de León, se está produciendo un proceso de concentración de la población en una decena de municipios, mientras se incrementa el abandono rural. Así es más fácil luego aplicar las políticas extractivistas para llevarse el agua, los bosques o lo que precisen. No se trata de que nuestros gestores sean tan inútiles como para no saber cómo mantener servicios públicos de calidad que ayuden a fijar población, se trata de deteriorarlos para empujar a la población hacia otras zonas. La estrategia no es gratuita.
Uno de los conceptos clave en su discurso es la escala. ¿Por qué es tan importante la escala de los proyectos energéticos y qué problemas genera apostar por infraestructuras cada vez más grandes y centralizadas?
La escala permite reproducir el modelo económico vigente. Se trata de grandes proyectos, técnicamente muy complejos que solo pueden ser gestionados desde lo que Mumford denominaba la “megamáquina”. Aparte, su objetivo es el de generar plusvalías, lo más rápidamente para los de siempre, nada nuevo. No se trata de garantizar las necesidades básicas de la población. El territorio se ha convertido, en esta fase de capitalismo del siglo XXI, en uno de los nuevos nichos de negocio y por tanto las luchas por la defensa del territorio han pasado a ocupar, en cierto sentido, un lugar central en la defensa de los intereses de los de abajo.
Los proyectos pequeños, a nivel local, con tecnologías descentralizadas y sencillas, y sobre todo con tomas de decisiones por parte de los que viven en esas zonas, ponen los recursos en manos de la gente y son una escuela de funcionamiento democrático de base, algo que el sistema no va a potenciar. Al sistema le interesa la delegación y que los afectados no se preocupen por lo que tienen alrededor. En ese sentido, recuperar el sentido del comunal, que desgraciadamente desapareció en la práctica con el abandono (planificado) de nuestras zonas rurales en la segunda mitad del siglo pasado, es una experiencia histórica que no hay que olvidar. Sin participación real en la toma de decisiones no hay democracia, y la democracia directa solo es posible en entornos a escala humana. El resto es delegación, que conlleva el abandono de los intereses generales y la explotación de los recursos por parte de intereses particulares.
La escala humana como resistencia: "Frente a la 'megamáquina' de los macroproyectos, debemos recuperar la tradición concejil y el sentido del comunal: pequeñas soluciones locales bajo el control directo de quienes habitan el territorio"
He leído, y sueles decir, que la pregunta no es cuánta energía podemos producir, sino cuánta necesitamos. ¿Cómo cambiaría la economía de León si se partiera de las necesidades básicas de la población y no de los mercados energéticos?
Tenemos que partir del tipo de energía que consumimos. Alrededor del 20 % de nuestro consumo es eléctrico y la parte restante, casi un 80 %, depende de los combustibles fósiles, de una densidad energética muy elevada y para los que no tenemos sustitutos. No parece que, pese a las promesas de una electrificación total de los usos sociales, esto vaya a ocurrir, y menos próximamente. Por otra parte, hemos pasado en unas pocas décadas, de utilizar muy poca energía a un despilfarro absoluto. Actualmente un noruego promedio consume 23.000 kWh de energía eléctrica al año, mientras un español consume unos 5.000 kWh y en 1980 consumíamos la mitad. En términos de kg de equivalente de petróleo, un qatarí consume más de 19.000 kg al año, mientras un español consume unos 2.500 y en 1960 solo consumíamos 530 kg. Por poner un ejemplo, a pesar de su exorbitado consumo energético, la esperanza de vida de Noruega y Qatar es inferior a la de nuestro país. Hoy día sabemos que, traspasados unos determinados consumos, tanto energéticos como materiales, los indicadores sociales, ya sean de salud, educación, vivienda o seguridad alimentaria no se incrementan en la misma escala, es más, se está produciendo un estancamiento, cuando no un deterioro de muchos de estos indicadores en los países occidentales.
Por otra parte, somos conscientes de que la sociedad de los países centrales acepta este modelo de hiperconsumo, aunque sea a costa de la explotación de los recursos de las zonas periféricas y de los países del tercer mundo. Pero eso no implica que tengamos que defender esas posturas. El crecimiento indefinido en un mundo finito no es posible. Son las leyes de la Física. Si le explicas a un niño pequeño los límites inherentes a nuestro sistema terrestre, entiende que no se puede crecer indefinidamente, algo que los políticos y gran parte de la sociedad no entienden o no quieren entender. El problema es que no podemos elegir, vamos a estar abocados a una reducción del consumo que nos va a venir impuesta y cuanto antes lo asumamos, mejor podremos enfrentar la situación. Y más en un contexto en el que las sociedades occidentales han perdido gran parte de la autonomía de la que disponía su población. Nuestros abuelos sabían cultivar lo básico para sobrevivir, cuidar animales, levantar una casa, convivir con el entorno. En pocas décadas hemos perdido esas capacidades con el proceso de urbanización y estamos mucho menos preparados que otros pueblos para enfrentar un proceso de ruptura de las cadenas de suministro, algo que no es descartable.
El mensaje positivo es que es posible garantizar una vida digna y la satisfacción de las necesidades básicas a toda la población con consumos energéticos sensiblemente inferiores. No se trata de volver a las cavernas como algunos tratan de hacernos creer.
En lo relativo a la economía de León, se echa en falta un estudio de la capacidad de carga de esta provincia y de la biorregión que se podría establecer con los territorios cercanos. Si los cientos de millones de euros que se están dedicando a financiar estos macroproyectos, muchos de ellos abocados al fracaso, como van a ser los de hidrógeno verde, se dedicaran a mantener los servicios públicos y a promover actividades agroecológicas del sector primario, fuera de la dinámica de los monocultivos y la PAC, para caminar hacia la estructuración de mercados locales o regionales en manos de los propios productores, podríamos ser un ejemplo de futuro.
Colonialismo energético: "El Noroeste peninsular está siendo diseñado como un proveedor de recursos y un receptor de desechos para el centro de Europa; es un vaciamiento poblacional planificado para que nadie defienda lo que nos roban"
Habla de una nueva economía necesariamente más austera y de menor escala. ¿Qué significa esto en la práctica para una provincia como León: menos consumo, menos movilidad, menos complejidad?
La energía es un elemento vital para cualquier análisis, y por lo general se obvia y no se cuestiona que en un momento determinado puedan darse problemas de disponibilidad como ya está ocurriendo en muchos países del Sur Global. Como he dicho más arriba no se trata de volver a situaciones de pobreza, sino de una cierta austeridad o, si lo quieres de otra forma, de utilización racional energética. Hay autores que hablan de que con una décima parte del consumo energético actual podríamos garantizar las necesidades básicas de toda la población, sin exclusiones. Indudablemente eso implica renunciar a determinados consumos que no son prioritarios: desde la hipermovilidad al consumismo compulsivo que guía nuestras sociedades, consumo de deseos creados por el sistema económico, en absoluto imprescindibles para una buena vida. Si nos encontráramos en una situación que tuviéramos que elegir entre mantener sistemas hospitalarios o educativos, o trenes de alta velocidad o aeropuertos, creo que, en un proceso de toma de decisiones democrático, la respuesta es muy clara. Interés general frente al particular.
También es cierto que las Tasas de Retorno Energético, que están disminuyendo y serán posiblemente aun menores a las actuales, no van a permitir mantener determinadas estructuras dilapidadoras de energía que no aportan grandes beneficios sociales, si es que los aportan. Por poner otro ejemplo, con TRE más bajas no sería posible mantener sistemas sanitarios altamente complejos como los que disponemos actualmente, pero eso no significaría el fin de la asistencia sanitaria, sino más bien una redefinición de las prioridades, que deberían de pasar de poner freno a la expansión de la medicina altamente tecnologizada y las promesas de la medicina genómica que nos promete vivir cientos de años, a la potenciación del primer nivel de atención y la lucha contra los productores de enfermedad, hoy día en gran parte conocidos gracias a la evidencia científica. Es decir, “prevenir lo que no sabemos curar”. La prevención y las medidas de salud pública son mucho más baratas que los sistemas altamente especializados, aparte de que van a incidir en el conjunto de la población y no en minorías, pero su desarrollo colisiona con el crecimiento y el sacrosanto PIB.
Por tanto, deberíamos de introducir en el debate la pertinencia de todo aquello que no aporta beneficios sociales y genera gasto económico y energético. Desde el consumir productos fabricados a miles de km de distancia, o de fuera de temporada, hasta el gasto militar, que está creciendo mientras los servicios básicos que aportan calidad de vida, se están dejando deteriorar.
En su discurso aparece con fuerza la idea de comunidades auto gestionadas. ¿Qué papel deberían jugar los ayuntamientos, juntas vecinales y colectivos locales en esta transición que usted propone?
Entiendo que la única forma de sociedad democrática posible a nivel local es aquella en la que los propios afectados toman sus decisiones directamente, sin intermediarios. Lógicamente hay estructuras necesarias para garantizar determinados avances sociales que deben de superar la gestión de un marco local, pero ahí siempre se pueden aplicar sistemas de delegación que permitan la revocación de los elegidos en el caso de que dejen de defender los intereses generales. Es posible, pero eso implica poner en manos de la sociedad las decisiones que le atañen.
Si tenemos que imaginar sociedades más descentralizadas, menos complejas, pero más democráticas y resilientes, tenemos mucho que aprender de la tradición de la sociedad concejil, comunal y consuetudinaria que existió en gran parte del territorio peninsular en los siglos pasados y que desapareció con el vaciamiento poblacional del siglo pasado. Sin ánimo de glorificar el comunal, y con todas las dificultades de aquellas épocas, eran sociedades por lo menos más igualitarias que las actuales en las que gran parte de las decisiones estaban apegadas al terreno y, sobre todo, por lo general no había muchas exclusiones, nadie se quedaba atrás, ni siquiera los incapacitados, que eran integrados en el espacio social, mientras la solidaridad era un valor central, algo totalmente contrario a los valores de las sociedades altamente urbanizadas del capitalismo actual.
Cuando hablamos de “transición energética” en León, ¿de qué estamos hablando realmente? ¿Es una transición hacia un modelo más sostenible o hacia una nueva forma de explotación del territorio?
La única transición real sería una que implicara la reducción real de la emisión de gases de efecto invernadero y del consumo de combustibles fósiles, todo lo contrario de lo que está ocurriendo, ya que los datos nos demuestran que las emisiones a nivel mundial siguen aumentando año tras año y se está produciendo una adición energética (de las nuevas fuentes) en lugar de una sustitución. Externalizar las emisiones a los países del Sur y no contabilizarlas como nuestras, de nuestro consumo imperial, es hacerse trampas al solitario, algo muy utilizado por la “izquierda del capital”, esa pseudoizquierda que apoya el desembarco de las macrorenovables y que lo justifica planteando visiones pragmáticas. El pragmatismo, el posibilismo y las visiones localistas (NIMBY, no en mi patio trasero) son la renuncia al futuro, han significado la desaparición real de parte de la izquierda al abrazar el modelo capitalista del crecimiento indefinido. En este sentido yo reivindico la radicalidad en el sentido de ir a las causas de los problemas, no quedarse en los síntomas, pero eso colisiona con los intereses de las minorías.
La pregunta debería de ser ¿Cuánto CO2 podemos emitir y para qué? Entre mantener un sistema de bomberos, o de ambulancias operativo 24 horas todos los días del año y mantener una brigada mecanizada del ejército, ¿cuál sería la decisión lógica? Entre un modelo de incineración de biomasa que va a poner en peligro nuestros bosques con la promesa de darnos calor, electricidad o producir más combustible de aviación para mantener el modelo de hipermovilidad ¿no sería prioritario un modelo de aislamiento de edificios? ¿o de rehabilitación del cada vez mayor parque de casas vacías en el centro de las ciudades en lugar de extenderlas más con nuevas construcciones en la periferia generando la necesidad de más automóviles?
Desde mi punto de vista, lo que se está produciendo es un nuevo empuje del modelo extractivista, cuyos resultados tangibles en el caso de la minería del carbón están a la vista, y que, una vez pasados los momentos de vacas gordas, solo ha dejado destrucción de la naturaleza, vacío y desmovilización. Eso sí, ha garantizado el enriquecimiento de una minoría con unos costes sociales brutales.
El modelo que se propone desde la Junta y las empresas energéticas apuesta por macro plantas de biomasa, biogás, cultivos energéticos y REI. Desde ARBA, ¿cómo veis este planteamiento? ¿Qué riesgos concretos supone?
Es un absoluto despropósito por las razones que he enumerado. Es la búsqueda del lucro privado inmediato a costa de algo que no tiene cuantificación monetaria posible: la Naturaleza. Aceptar la biomasa como el nuevo carbón va a suponer la tala de nuestros bosques y su sustitución por monocultivos de rápido crecimiento que van a ser un grave problema en un futuro marcado por el cambio climático. Si los bosques autóctonos fueron capaces, en parte, de frenar los incendios el verano pasado, un entorno artificial con especies inflamables como son las especies de rápido crecimiento van a ser una mezcla explosiva imposible de enfrentar. Y con las políticas actuales hay muchas posibilidades de que se reproduzca la catástrofe del verano de 2025.
En cuanto a la apuesta por el tándem biogás/macrogranjas, se trata de un modelo centrado en la exportación de productos cárnicos a miles de km, con la consiguiente huella de carbono y, que solo genera beneficios para determinadas multinacionales y arruina el medio ambiente de aquellas localidades donde se instalan. Desde la contaminación de los acuíferos hasta la de los suelos con la dispersión de los digestatos y su indispensable componente de sustancias toxicas y metales pesados con los que nos van regar. Recientemente investigadores de la Universidad Johns Hopkins revisaron la literatura sobre digestores de estiércol y descubrieron que, al esparcirse en los campos, el digestato puede contaminar las vías fluviales locales con fósforo, nitrógeno y patógenos, entre otros elementos.
Esta elección por parte de nuestros gobernantes responde a que, como la propia Agencia Internacional de Energía reconoce, se aproximan escenarios de disminución de la disponibilidad energética y ellos lo saben. Y para intentar mantener esta carrera hacia el precipicio están promoviendo todas las posibilidades de generación energética. Y ahí entran tanto las propuestas de quemar todo lo que crezca en vertical (biomasa), como de intentar generar energía con todo tipo de desechos (biogás), o las utópicas propuestas de captura y almacenamiento de carbono, o la no menos fantástica promesa de atestar la provincia de plantas de un maravilloso hidrógeno verde, vector que según ellos va a sustituir los usos del petróleo, y que nos va a permitir seguir en este modelo de consumo imperial indefinidamente.
El problema es que todos estos modelos solo funcionan con subvenciones públicas, es decir, detrayendo dinero de nuestros impuestos para que, en lugar de dedicarlo a las necesidades sociales, acaben en los bolsillos de los accionistas de turno. Lo único que hace que estos proyectos sean económicamente viables es el apoyo del Gobierno. Cuando nuestro dinero desaparece, los proyectos se abandonan como ha ocurrido estos últimos años en diversos países de nuestro entorno, sobre todo en el caso de los múltiples proyectos de hidrógeno verde que han sido abandonados a la carrera.
En nombre de la transición ecológica se están aprobando proyectos casi sin debate público.
Desde ARBA y la Coordinadora en Defensa del Territorio, organizaciones que no aceptamos subvenciones estatales para mantener nuestra independencia, venimos organizando actos con científicos y expertos para acercar a la población el debate de la supuesta “transición energética y ecosocial”. Uno de los problemas con el que nos enfrentamos es el miedo y la falta de compromiso. Muchos técnicos nos reconocen en privado que este modelo energético que nos están imponiendo no tiene ni pies ni cabeza, y que solo busca llevarse los miles de millones de euros de los fondos estatales y europeos. Sin embargo, no se atreven a salir del armario para informar a la población. Tenemos que agradecer a aquellos científicos que sí lo hacen y que han antepuesto el interés general a los particulares y a su propio futuro profesional, que estén al pie del cañón. No se trata de publicar muchos “papers”, se trata de que la ciencia sirva al pueblo.
Es imprescindible un debate abierto, sin cortapisas, en las que los diferentes expertos expongan los pros y los contras de estos modelos y que la población se pueda hacer una composición de lugar.
Por ejemplo, en el caso de la biomasa, saben que no hay evidencia científica que demuestre que la quema de biomasa es neutra en carbono, saben qué es tan peligrosa para la salud o más que quemar carbón, pero siguen avanzando en estos proyectos y negando la posibilidad de un debate entre científicos. Si los políticos y algún sector de la Academia están convencidos de que es lo mejor para la sociedad, lo que deben de promover es el debate abierto con aquellos que cuestionan ese punto de vista. Y tampoco es ninguna utopía. En estos momentos estamos sufriendo un recorte no solo de derechos sino también de libertades, dada la política de cancelación de todo aquello que no cuadra con los intereses del poder. Por poner un ejemplo, hoy día echamos en falta debates como los que se produjeron en su momento en los años 80, cuando había espacios como fue “La Clave” de Jose Luis Balbín, donde se podía hablar de bastantes cosas con un mínimo de libertad. Hoy día algunos periodistas nos han confesado: ”no puedo publicarte esto porque mi medio depende de los ingresos de determinadas empresas que están detrás de estos macroproyectos energéticos”. Todo un síntoma del pensamiento monolítico que nos quieren imponer.
La ciencia sin debate no es ciencia, es dogma, o peor aún, religión. La duda, la crítica a lo establecido, las discrepancias, el cuestionamiento de lo que provisionalmente damos por cierto ha sido históricamente el principal impulso para el avance de la ciencia. Lo que hoy es verdad puede ser mañana falso. Nos va la vida en el debate sin censuras.
Un futuro de necesidades, no de deseos: "La pregunta no es cuánta energía podemos producir, sino cuánta necesitamos para una vida digna. Estamos abocados a una reducción del consumo y cuanto antes lo asumamos, mejor podremos proteger el agua, los bosques y la vida"
¿Estamos ante una nueva forma de colonialismo energético dentro del propio territorio?
Si, ciertamente, y es tanto un colonialismo peninsular como europeo. Nos repiten incansablemente, hasta la saciedad, el mantra de que vamos a ser la punta de lanza de un proceso de descarbonización, proceso que no existe porque los datos son duros, están ahí. A nivel interno, el Noroeste se ha definido como la zona periférica, de sacrificio, para alimentar ciertos nodos industriales. A la vez quieren que seamos receptores de las sustancias tóxicas y desechos, que curiosamente con la ley en la mano, deberían gestionarse donde se producen, no aquí. Pero eso no les importa, las leyes solo se aplican cuando les interesa, por eso es imprescindible el debate y la movilización sociales.
A nivel europeo, nuestro puesto en el diseño de la arquitectura impuesta desde la CE es el de proveedores energéticos y de otros recursos para determinados países del centro de Europa, sobre todo Alemania y Países Bajos. Si con la entrada en el Mercado Común, en los 80, se decidió que debíamos de llevar a cabo una reconversión industrial, el desmantelamiento de gran parte de la industria pesada o de nuestro modelo agrario, condenándonos al ladrillo y al turismo, con los resultados que todos podemos ver, en este momento lo que se pretende es garantizar a esos países centrales los recursos necesarios para mantener su modelo industrial, algo que muy probablemente no sea posible, dado que el motor industrial, Alemania, está en claro declive industrial desde la voladura controlada de los gasoductos del “Nord Stream” y la sustitución del gas barato ruso por el caro gas licuado de los EEUU.
En este contexto es donde planean una supuesta reindustrialización, contando para ello con corredores de hidrógeno verde desde España y Portugal e incluso desde el norte de África, lo que no parece factible tanto por los problemas técnicos como por otros que escapan a esta entrevista. Ellos conocen las limitaciones del hidrógeno verde, no olvidemos un vector energético, como sustituto de los combustibles fósiles (no para otras aplicaciones industriales), y que se está demostrando un fiasco dado el gran número de proyectos abandonados, desde el de “Arcelor-Mittal” en Asturias, hasta el de Puertollano recientemente en el Estado Español y decenas de ellos en Europa. La razón: que la propia industria no lo ve rentable. Si el hidrógeno verde tiene unos costes de producción hasta el doble o el triple que las alternativas fósiles, no parece que vaya a encontrar compradores.
Si pudiera trasladar una idea clave a la sociedad leonesa frente al modelo económico que se nos está imponiendo, ¿cuál sería y por qué cree que aún estamos a tiempo de cambiar el rumbo?
Quiero ser positivo y defender que cuanto más territorio y recursos defendamos de la especulación, cuantos más proyectos de este tipo se paralicen o se ralenticen, en mejor situación estaremos para enfrentar los tiempos que vienen y para garantizar la vida a los que vienen detrás, los jóvenes que, por cierto, deberían implicarse porque van a ser los más afectados.
El modelo económico actual, basado en el extractivismo, tiene como objetivo la producción, no satisfacer las necesidades humanas o lograr el progreso social, y mucho menos cumplir con cualquier objetivo ecológico. Su objetivo es maximizar y acumular ganancias. Es la ley capitalista, que en esta fase del siglo XXI ya reconoce que una parte de la población no es necesaria para su modelo de acumulación, pero que por otra parte sigue necesitando el crecimiento perpetuo para mantenerse. El problema es que este modelo ya está colisionando con los propios límites planetarios, algo que no había ocurrido en anteriores crisis, que se habían sorteado con la apropiación de recursos en otras partes del planeta.
Ahora el problema es global, y el agua, los bosques, el aire, nuestras tierras… adquieren ahora un valor moral incalculable. Van a ser absolutamente necesarios para mantener la vida en un contexto de cambio climático donde las propias proyecciones del Gobierno nacional, y los estudios internacionales anuncian escenarios en los que estos elementos van a ser indispensables para garantizar desde la producción de alimentos, a la propia supervivencia. En ese sentido, por más que seamos una zona periférica, en proceso planificado de vaciamiento y sometida al extractivismo desde hace siglos, somos una zona privilegiada porque dispone de todos estos valores que las grandes zonas urbanas no tienen.
Si alguien duda en acudir a la concentración del 1 de marzo, ¿qué mensaje le enviarías para animarle a participar?
Habitualmente la gente de las ciudades, ya sea en Madrid, Bilbao, Oviedo o León, vive de espaldas a la realidad rural. Las agresiones que he citado están afectando a las zonas rurales, donde se están conformando diferentes plataformas con el apoyo, a veces, de juntas vecinales, más apegadas al terreno. Por lo general mientras las agresiones no afectan a zonas urbanas, no suele haber movilización en estos entornos. Es necesario romper esa dicotomía y hacer entender a los urbanitas que su modo de vida depende al cien por cien de las zonas periféricas. Sería interesante conocer la huella ecológica de León. ¿Qué porcentaje de lo que se consume en la ciudad se produce aquí? ¿desde cuantos kilómetros llegan esos productos? ¿Asumimos nuestros deshechos o los exportamos? Las ciudades actuales son grandes sumideros de recursos y energía y exportadores netos de residuos, de ahí su fragilidad.
Aparte, los efectos de la superación de siete de los nueve limites ambientales, nos demuestra que no existen fronteras. Expertos advierten que pueden estar en riesgo elementos que creemos absolutamente asegurados como es la alimentación. Estas nuevas crisis nos están afectando ya a todos, independientemente de donde vivamos, lo que deja claro, para quien lo quiera entender, nuestra absoluta interdependencia y la necesidad de implicarse en defensa del territorio, del agua, de los bosques, de la vida, en definitiva, estamos todos en el mismo barco.