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"¡Quietos todo el mundo!" y el berciano que disparó su Z-72 en el Congreso de los Diputados

Gonzalo Díaz (abajo a la derecha con su metralleta), uno de los guardias que irrumpió en el Congreso, relata en el libro 'Testimonio de un golpista' su papel armado junto a Tejero en el intento de golpe de estado hace 45 años.
Gonzalo Díaz, uno de los guardias que irrumpió en el Congreso, relata en el libro 'Testimonio de un golpista' su papel armado junto a Tejero en el intento de golpe de estado hace 45 años

Gonzalo Díaz, natural de El Bierzo, fue uno de los cerca de 200 guardias civiles que el 23 de febrero de 1981 entraron armados en el Congreso de los Diputados durante la votación de investidura de Leopoldo Calvo-Sotelo. Su figura quedó fijada en una de las imágenes icónicas del golpe: la instantánea en la que aparece junto al teniente coronel Antonio Tejero, en el momento del “¡Quieto todo el mundo!”.

Su historia y sus vivencias se reflejan en el libro 'Testimonio de un golpista', un libro de enorme valor histórico pese a su limitada difusión.

Aquel día, Díaz portaba una metralleta Z-72 y fue uno de los diez agentes que accedieron al hemiciclo. “Casi todas las balas son mías. Disparé 17 y muchas más no se tiraron; creo que fueron en total 20 o 22”, aseguraba en las entrevistas de la época sobre los disparos que retumbaron bajo la cúpula del Palacio de las Cortes y que interrumpieron la sesión parlamentaria.

Del cuartel a la Carrera de San Jerónimo

Destinado entonces en el Departamento Especial de Tráfico de Madrid, relataba entonces que acudió al servicio “como un día más”. Sin embargo, aquella tarde cambió el rumbo de su vida. “Cuando salimos del cuartel ya sabíamos que íbamos a algo muy gordo. Ni a los toros ni al fútbol”, explica.

El convoy se dirigió a la Carrera de San Jerónimo poco antes de las seis de la tarde. “Al bajar por Neptuno ya sabíamos que a las seis y media se votaba la investidura”, recuerda. Dentro del hemiciclo, afirmaba, el ambiente era de máxima tensión. “Ver a toda aquella gente tan importante delante de ti es una imagen muy fuerte”.

Además de los disparos al techo, reconoce haber destrozado cámaras de televisión. “Formaba parte de lo que había que hacer en una situación así”, sostiene.

El pulso con el Gobierno

Díaz evocaba en una entrevista en 'elespañoldigital' el enfrentamiento con el entonces vicepresidente primero del Gobierno, el teniente general Manuel Gutiérrez Mellado, como uno de los momentos más delicados. También menciona la actitud del presidente Adolfo Suárez y del líder comunista Santiago Carrillo, que permanecieron en sus escaños mientras sonaban las ráfagas.

Durante la madrugada, varios dirigentes fueron apartados del hemiciclo. Entre ellos citaba a Felipe González y a Manuel Fraga Iribarne, con quien admite haber tenido un encontronazo directo.

Mientras tanto, en Valencia, el capitán general Jaime Milans del Bosch sacaba los tanques a la calle, y horas después el rey Juan Carlos I comparecía en televisión para desautorizar la asonada. Dentro del Congreso, los golpistas seguían las noticias por los teletipos de la agencia Efe. “Sobre las doce y media empezamos a pensar que aquello había fracasado”, admitía entonces.

“Me reivindico como golpista”

En una entrevista concedida más de una década atrás al citado medio y sin ambages su papel y el contenido de su libro 'Testimonio de un golpista'.

—¿Qué supuso para usted participar en el 23-F?

“Un antes y un después. Pasé de una vida cómoda en Madrid a destinos rurales como Mondéjar, Zaorejas o Villalba. Perdí la gratificación de Tráfico y sufrí una transformación personal en todos los órdenes”.

—¿Sabía realmente a qué iba?

“Sencillamente no sabía nada de todo lo que ocurrió. Sí sabía que era un movimiento contrario a las leyes; pero había que hacer algo. La mayoría de la tropa no sabía dónde íbamos”.

—¿Por qué consideraba justificada la acción?

“Había una situación real de inseguridad por los continuos atentados terroristas que justificaban sobradamente una actuación así ante la ineficacia de los políticos”.

—Usted se define como golpista.

“Efectivamente. En mi libro me reivindico como golpista. Hice más de lo que se me pedía dentro del Congreso”.

—¿Sintió miedo?

“Ninguno. Estaba como pez en el agua”.

—¿Lo volvería a hacer?

“Es difícil contestar. Las circunstancias han cambiado. Pero si los políticos no salvan a España, alguien tendrá que salir a la calle a poner orden”.

Consecuencias judiciales y vida posterior

Tras el fracaso del golpe, Díaz fue juzgado y pasó dos meses en prisión. Sostenía entonces que su salida fue “un alivio” y recalca que actuó bajo órdenes. “No había orquestado aquella situación”, argumenta, aludiendo a la capitulación que permitió a muchos agentes abandonar el Congreso sin ser detenidos en el acto.

Su relación con Antonio Tejero se limitó, asegura, a una visita en el castillo de La Palma, en Ferrol, tras abandonar el calabozo, y a un intercambio epistolar posterior.