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365 leoneses | Verónica García, opositora

"Siempre supe que quería ser maestra: hacer felices a los niños en el colegio es mi prioridad"

La leonesa Verónica García.
A sus 23 años, la leonesa Verónica García Fernández prepara oposiciones al cuerpo de maestros tras una vocación nacida en la infancia, marcada por los juegos con pizarras en Villabalter y por profesores que despertaron su pasión por la enseñanza

Hay niñas que sueñan con escenarios o con batas blancas. Verónica soñaba con niños y una pizarra. Colocaba muñecos en fila, pasaba lista con total solemnidad y explicaba sumas y restas como si de verdad alguien fuera a examinarse al día siguiente. A veces incluso hacía controles. Y los corregía.

No era una fantasía pasajera ni un juego más de infancia. Era la forma en la que entendía el mundo. Mientras otros imaginaban futuros lejanos, ella ya ensayaba el suyo sin saberlo.

“Siempre supe que quería ser maestra”, afirma. No recuerda un momento en el que no estuviera rodeada de niños. En la piscina, en el parque o entre amigos, terminaba conectando con los más pequeños casi sin proponérselo. “Era algo mutuo. Me hace sentir muy bien estar con ellos”.

Ahí está la clave: antes de hablar de vocación, habla de felicidad. Antes de metodologías o especialidades, habla de cuidado. Porque enseñar, para ella, no es solo explicar contenidos: es acompañar, cuidar y conseguir que los niños se sientan bien en el lugar donde pasan tantas horas de su vida.

Los referentes que dejan huella

En su historia hay dos nombres que siguen presentes. Vanessa, su profesora de Infantil, fue la primera que le hizo sentir que el colegio podía ser un lugar seguro. “Nos transmitía tanta tranquilidad… nos hacía sentir tan bien”.

Años después llegó Miguel Ángel, en Primaria, y le enseñó otra lección más profunda: que un maestro no solo explica, sino que está. Innovaba, traía materiales diferentes, buscaba que todos comprendieran las cosas y, sobre todo, se preocupaba por que sus alumnos fueran felices. “No era solo dar la clase e irte. Él estaba con nosotros”, recuerda.

Esa idea se quedó grabada. “Una de las funciones más importantes que tenemos es acompañar todo el proceso. Y que los niños sean felices en el cole es algo primordial para mí”, confiesa.

Una pizarra en cada casa

Villabalter, el pueblo familiar al que acudía cada fin de semana o cada quince días, fue el escenario perfecto para alimentar su vocación. En su casa, en la de su prima, en la de sus abuelos y hasta en la de su bisabuela había pizarras. No era casualidad.

Ella y su prima convertían cualquier habitación en aula. Los muñecos eran alumnos aplicados y las camas o mesas hacían de pupitres improvisados. “Hacíamos hasta exámenes”, recuerda.

Aquella pasión compartida no se quedó en la infancia. Hoy su prima estudia Educación Infantil y su hermano Educación Primaria. En una familia donde no había tradición docente, ella ha abierto camino. Y eso, dice, le hace especial ilusión.

Confirmar que era el lugar correcto

Cuando llegó el momento de elegir carrera, no dudó. Siempre Primaria. Durante el grado descubrió una formación amplia: didáctica, organización, investigación y atención a la diversidad. Hoy, como especialista en Educación Física y en Pedagogía Terapéutica, entiende el aula como un espacio donde cada niño necesita algo distinto.

Las prácticas fueron el punto de inflexión. Las realizó en el Colegio Pastorinas y en el Colegio Vedruna Catedral. Allí sintió que todo encajaba. “Te hacen sentir que eres realmente profesora, aunque todavía no lo seas”. La acogida del profesorado y el cariño de los alumnos confirmaron que estaba en el camino correcto.

Si algo mejoraría del plan de estudios es el contacto temprano con los niños. “Hasta tercero no tenemos prácticas, y para quien no tiene vocación puede ser tarde cuando descubre que no es lo suyo”. En su caso, en cambio, cada paso reforzaba lo que ya sabía.

Presente con esfuerzo y pasión

Ahora prepara oposiciones al cuerpo de maestros de Primaria. Sabe que es un proceso largo, exigente y que quizá la lleve lejos de León en sus primeros destinos. No le asusta. “Si me tengo que ir, iré. Me va a sumar como persona y como maestra”, reconoce.

Compagina el estudio con el pádel, un deporte que forma parte de su identidad y que conecta con su especialidad en Educación Física. “No puedo dejar el deporte, me aporta muchísimo”. Además, imparte una actividad extraescolar de ábaco japonés en Jesuitas, llamada 'Aloha', que le permite seguir en contacto con el aula mientras persigue su plaza.

La felicidad como meta

Cuando habla del futuro, se ve en un colegio. Público si puede ser, aunque no cierra puertas. Pero más allá del destino, hay algo que no cambia: su forma de entender la educación.

Para Verónica, un maestro puede cambiar la vida de un niño. Puede marcar un recuerdo que dure años. Puede convertirse en ese referente que un día ella tuvo.

Y quizá dentro de un tiempo, en otra casa cualquiera de León, haya una niña colocando muñecos en fila frente a una pizarra. Y quizá, sin saberlo, esté ensayando su vida, igual que un día lo hizo Verónica.