Nicanores: la flor de hojaldre que 'bautizó' Boñar
En Boñar, una villa de la montaña oriental leonesa ligada históricamente al río Porma y a los caminos hacia Asturias, hay un producto que funciona como seña de identidad desde finales del siglo XIX. Los nicanores, pequeñas flores de hojaldre reconocibles a simple vista, no son solo un dulce típico: representan una continuidad familiar ininterrumpida de cinco generaciones que han mantenido intacta una receta creada hace cerca de 150 años.
El origen de esta especialidad se sitúa en la figura de Nicanor Rodríguez, pastelero nacido en La Velilla de Valdoré que, tras formarse en León capital, acabaría estableciendo su obrador en Boñar alrededor de 1880.
Del aprendizaje al obrador propio
Rodríguez se formó en la histórica confitería Camilo de Blas, fundada en 1876 y referente absoluto de la repostería del noroeste peninsular. Allí adquirió el dominio del hojaldre en una época en la que la mantequilla —abundante en la montaña leonesa gracias a la ganadería vacuna— marcaba la diferencia frente a otras tradiciones dulces del país.
Instalado en Boñar, y ya casado con María Díez, maestra del municipio, Nicanor abrió su propio obrador y comenzó a desarrollar una oferta repostera vinculada al entorno. Entre sus creaciones destacó también la conocida tarta de trucha, una elaboración singular que aprovechaba la riqueza piscícola del Porma y que hoy sigue presente en restaurantes de cocina leonesa dentro y fuera de la provincia.
La pieza que dio nombre al creador
Entre todas aquellas elaboraciones, una pieza individual terminó imponiéndose con el paso del tiempo. Inicialmente vendida como “hojaldra”, acabó adoptando el nombre de su autor. El nicanor es una flor de unos seis centímetros de diámetro, formada por finísimas capas de hojaldre de mantequilla, huevo y harina, cortadas con moldes estrellados y abiertas en el horno como un acordeón. El toque final llega con una ligera capa de azúcar.
Su éxito se vio favorecido por el contexto: Boñar era entonces destino estival de visitantes atraídos por las aguas termales y punto de paso para quienes cruzaban hacia Asturias por Tarna o San Isidro. El dulce ligero, poco empalagoso y fácil de transportar encontró rápidamente su público.
Del relevo familiar a Madrid
Tras la muerte de Nicanor Rodríguez en 1910, fueron sus hijos quienes continuaron el negocio. Décadas después, a finales de los años cincuenta y anticipándose al declive demográfico del medio rural, dos de sus nietos, José María y Luis Rodríguez, optaron por dar el salto a Madrid. En 1959 abrieron la Pastelería Boñar y, ya en los años setenta, un obrador propio en el barrio de la Guindalera, desde donde reforzaron la producción de nicanores sin romper el vínculo con León.
Durante años, aquel establecimiento madrileño fue también un escaparate informal del dulce, muy recordado por generaciones de clientes que asociaron el nombre de Boñar a aquellas flores de hojaldre.
Producción y fidelidad al origen
Hoy, el legado continúa en manos de Guillermo Alonso, tataranieto del fundador, que mantiene activo el obrador original de Boñar. Desde allí salen cada año alrededor de 50.000 cajas de nicanores, elaborados todavía con los moldes tradicionales y siguiendo el mismo proceso artesanal que definió el producto desde su nacimiento.
Aunque se distribuyen en tiendas especializadas, establecimientos del noroeste y áreas de servicio, la compra directa en el obrador sigue siendo parte esencial de la experiencia.
Un sabor ligado al territorio
Más allá de su expansión comercial, el nicanor conserva una cualidad cada vez menos frecuente: su identidad sigue ligada al lugar que lo vio nacer. En un tiempo de recetas reinterpretadas y producciones deslocalizadas, esta flor de hojaldre continúa brotando donde siempre lo hizo, recordando que, en ocasiones, el camino más directo hacia el sabor pasa por las carreteras secundarias.