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"¡Manda huevos!"

Hay expresiones que, con apenas dos palabras, resumen un estado de ánimo colectivo mejor que cualquier estudio sociológico...

Hay expresiones que, con apenas dos palabras, resumen un estado de ánimo colectivo mejor que cualquier estudio sociológico. En León, últimamente, muchos miran la realidad diaria, suspiran hondo… y sueltan aquello tan castizo de “¡Manda huevos!”. Porque manda, y mucho, ver cómo el poder adquisitivo se evapora mientras nos piden más paciencia, más impuestos, más comprensión y más sacrificios. Lo dicho: manda huevos.

Empecemos por lo básico, por la cesta de la compra, ese campo de batalla cotidiano donde el ciudadano libra su particular guerra contra unos precios que suben a un ritmo que da vértigo. No hablamos de caprichos: hablamos de leche, de aceite, de carne, de fruta… Y ahora, también, de los mismísimos huevos, convertidos en producto de lujo entre la gripe aviar, la reducción de granjas y el encierro forzoso de gallinas ponedoras. Cuatro o cinco euros la docena. La docena. Que uno no sabe si comprarlos para desayunar o ponerlos en una vitrina junto a las joyas heredadas. La historia registra guerras del té, motines del pan y revueltas por sombreros y capas. Lo que no habíamos vivido todavía era la rebelión de la tortilla. Todo se andará.

Pero lo sangrante es que, mientras el bolsillo se vacía, la provincia sigue acumulando realidades que ya no son problemas: son heridas. León se ha acostumbrado, mal que nos pese, a una incomunicación digna del siglo pasado. Y si hablamos del occidente leonés, ese que mira a Galicia y a Asturias desde su esquina izquierda del mapa, la cosa raya lo indignante. Una de las zonas más pobladas y con mayor potencial sigue esperando, año tras año, que alguien recuerde que existe. Carreteras insuficientes, vías férreas que se quedaron en el limbo, promesas de conexiones que nunca terminan de enlazar con nada. Ahí seguimos, en un territorio hermoso, rico, pero cada vez más apartado. Como si estuviéramos en un archipiélago al que se accede sólo con paciencia, devoción o GPS temerario, cuando funciona la red, que esa es otra.

Los servicios públicos, los que quedan,  se mantienen a duras penas, con presupuestos ajustados y una preocupación latente: ¿quién los usará dentro de diez años? ¿Cuántos jóvenes quedarán para sostener lo que aún funciona?

Mientras tanto, proyectos que se anunciaron como faros de esperanza se apagan, empresas se marchan, iniciativas “de futuro” se retiran en silencio y la despoblación avanza como una marea que nadie contiene. Los servicios públicos, los que quedan,  se mantienen a duras penas, con presupuestos ajustados y una preocupación latente: ¿quién los usará dentro de diez años? ¿Cuántos jóvenes quedarán para sostener lo que aún funciona? ¿Cuántos regresarán de donde tuvieron que marcharse para poder vivir dignamente?

La historia lo demuestra: una tasa al té hizo temblar imperios; un impuesto sobre la sal levantó países; un precio injusto del pan provocó disturbios. Hoy, quizás, no salgamos tanto a la calle, pero sí a las redes, donde el cabreo se viraliza en segundos.

En medio de todo esto, aparece la obligación de otro cacharro para el coche, otra norma, otro gasto más. Como si el conductor medio no tuviera ya suficientes sobresaltos con el combustible, las revisiones, los peajes encubiertos y los recargos varios. Otro dispositivo obligatorio para emergencias y averías. Otro gasto directo que se suma a los indirectos. Otra pieza del puzzle de “tú paga, ya veremos si recibes algo a cambio”. Cada vez cuesta más no sentir que León pone mucho… para recibir poco.

Porque aquí, entre montañas, páramos y valles, seguimos siendo una provincia que lo da todo y recibe migajas. Y aun así, uno intenta mantener la compostura, tirar para adelante, sostener el día a día con resistencia, orgullo y algo de humor, que es la forma leonesa de aguantar los golpes. Pero llega un punto en el que, cuando te cuentan que ahora hay menos huevos, que por eso te clavan cinco euros por doce, que la culpa la tiene la gripe aviar o el encierro de las gallinas, y que, por cierto, suben también los piensos, la luz, el transporte y todo lo demás… uno mira a su alrededor y piensa: ¿y si al final la chispa que encienda la indignación colectiva van a ser los huevos?

No sería la primera vez que una “pequeñez” desencadena una protesta más grande. La historia lo demuestra: una tasa al té hizo temblar imperios; un impuesto sobre la sal levantó países; un precio injusto del pan provocó disturbios. Hoy, quizás, no salgamos tanto a la calle, pero sí a las redes, donde el cabreo se viraliza en segundos. Y cada queja, cada meme, cada indignación compartida va formando un ruido sordo que crece, se extiende y avisa: la paciencia tiene un límite.

León no es una provincia que pida imposibles. Pide lo justo: infraestructuras dignas, servicios que no retrocedan, oportunidades reales para quedarse, precios razonables y un trato que no nos haga sentir ciudadanos de segunda. Pide que no olviden que aquí también se vive, se trabaja, se emprende, se piensa y se sueña.

Pero cuando la respuesta es otra traba, otro recorte, otro impuesto, otro cierre… cuando el silencio oficial se hace más evidente que la inversión… cuando ni siquiera una tortilla sale ya barata…

Entonces sí, no queda otra que repetirlo, con ironía, con rabia contenida, con humor o con cansancio, según el día: ¡Manda huevos!