Apilatio
Los cazurros, y seguramente los que no lo son también, con los asuntos de la vida tenemos la costumbre de hacer tres montones: los que no tienen solución, los que seguramente se resuelvan solos y los que son urgentes. Ni que decir tiene que este último es el menos crecido de los tres. Aquí apilamos solo lo que además de urgente tiene trazas de poder ser importante, como hacer la declaración de la renta, con desgana y en la última semana del plazo si toca pagar. El dinero mejor tenerlo escondido en la viga o entre la lana del colchón.
De rescatarlo siempre hay tiempo y nunca se sabe cómo puede venir la siguiente mano en la baraja de la vida. Ya saben lo que pienso, antes o después volveremos al terruño por obra y gracia de un meteorito tirado con acierto desde las estrellas, por una llamarada solar que nos deje fritos como chicharros o por una bomba a destiempo que enciende la mecha de otras bombas a destiempo.
Nuestros políticos, los de aquí y los de allá, también cumplen con esta costumbre de la "apilatio", permítanme la licencia, haciendo montones con los quehaceres pendientes, lo que no deja de ser una manera de organizar esos despachos
O por una epidemia de hantavirus, que añadiría el poeta con motocultor de la Cepeda. Al hombre le ha cambiado la voz y la mirada desde que se vistió de obispo para celebrar la Boda Antrueja de Celadilla (por encargo de un traspatián con alma de monologuista que le reclutó con una orden ministerial urgente ante la espanta vacacional del titular de la plaza). Sigue recitando versos picantes en las tertulias de queso y vino del Bierzo, pero le salen más de adentro, más devotos, teñidos de responso de misa de domingo.
Nuestros políticos, los de aquí y los de allá, también cumplen con esta costumbre de la "apilatio", permítanme la licencia, haciendo montones con los quehaceres pendientes, lo que no deja de ser una manera de organizar esos despachos donde las carpetas y los folios se apiñan hasta en las sillas y sillones para no dar lugar a que un administrado cualquiera los visite por sorpresa y pretenda sentarse a darle a la hebra y desahogar por lo mal administrado que se siente. En su afán de ser más listos que el común de los mortales, estos hijos de la hacendera, han conseguido simplificar la normal división reduciendo la clasificación a dos montones: los que dan votos y los que no los dan. Ya se pueden imaginar en qué montón estarán el teatro Emperador, las placas solares del tejado del Palacio de Congresos o los restos romanos del Ad Legionem de Puente Castro, entre otros.
Del otro montón de los asuntos de políticos, me viene a la cabeza la obra para renovar el pavimento de la Calle Ancha, la Plaza de Regla y alrededores. Casi cinco millones de euros para evitar el resbalón de los dignos viandantes, locales y foráneos.
En el que no da votos, sin importarles que las telas de araña proliferen entre las butacas, que el ingreso por la venta de energía solar se vaya por la bajante de los canalones o que unos restos romanos que sumarían al atractivo histórico-turístico de la ciudad permanezcan enterrados sine die ignorando que esta ciudad y la provincia son sobre todo historia y naturaleza con algún resto patrimonial mal conservado o medio destruido en favor del progreso. Si no, pregunten por las piedras de la Puerta Obispo, esa parte de la muralla que fue desmantelada para dejar pasar el progreso sin que nadie se planteara conservarla como se conservan otras puertas en otras ciudades: en jardines o en plazas, o almacenadas por si con el tiempo tuvieran que volver a su sitio.
Del otro montón de los asuntos de políticos, me viene a la cabeza la obra para renovar el pavimento de la Calle Ancha, la Plaza de Regla y alrededores. Casi cinco millones de euros para evitar el resbalón de los dignos viandantes, locales y foráneos. En esos dineros y en las piedras iba yo pensado mientras callejeaba por Granada, tierra también de reyes, con un patrimonio conservado y ríos de turistas que transitan por calles y plazas donde la solera de piedra de canto ya está pulida y desgastada por el paso de los años y el transitar de las suelas de los zapatos. Nadie se plantea levantarlas. De ahí el aviso de los guías de turismo: si llueve o está mojado vayan con cuidado, el suelo resbala. Avisar sale bastante más barato que meter máquinas y obreros. Pero puestos a poner piedras en la aceras, me declaro fan del empedrado portugués. Los calceteiros son capaces de crear figuras geometrías imposibles y jardines en gris y negro bellísimos que resisten el paso de los siglos sin que ningún lugareño se parta la crisma por un traspié en pleno aguacero.
Siguiendo con los políticos y sus "apilatios". Recientemente visitó estas tierras una política de fuera, no de las de allá si no de las del más allá. O sea, de Madrid. La Directora General de Aena ha dejado claro en que montón ha puesto el asunto de la terminal de mercancías del aeropuerto de León. Eso y que la fiesta taurina no ha muerto. Se esperaba que llegara con los planos debajo del brazo y cambiara el futuro de la provincia en una mañana, pero aterrizó pertrechada para la suerte de muleta y estoque dejando claro, a base de derechazos, manoletinas y pases de pecho, que de momento todo se queda como está. Dejó al toro vivo, eso sí, pero en el corral de la Diputación. Falta mucho por hacer: carreteras, almacenes, operadores de transporte y, lo más importante, algo que transportar. Vamos que hace falta industria y quitando a un señor de Villadangos del Páramo que envió miles de cartas a empresas de medio mundo durante muchas navidades ofreciendo terreno para asentarse, pocos se han subido a ese carro.
Pero ese tema afecta al planteamiento urbanístico y casi mejor dejarlo para otra historia.