Nevadona
Leo el titular en este periódico: “Llega 'la nevadona': alerta naranja, nieve en cualquier cota y espesores de 20 centímetros”. Me sumerjo en el cuerpo de la noticia. La Aemet avisa de un descenso pronunciado de las temperaturas y de la posibilidad de nevadas en cotas de 400 metros con espesores en torno a 20 centímetros.
Mi primer pensamiento, aún en estado de la alarma, es para la reunión que tengo mañana por la tarde en la Casa de Cultura de Oteruelo sobre la Ampliación del Parque Tecnológico (lo mismo me inspiro y en cualquier momento les comento en otras mil palabras las particularidades de San Somacyl), y para el coche de cortesía de tracción trasera que tengo aparcado en el garaje (el mío sigue en el concesionario, pendiente de arreglo después de tres meses de espera, lo que puede dar lugar también a otra parrafada de mil palabras). Nunca me he enfrentado a la cuesta de acceso al pueblo con tanta nieve ni con un coche de tracción trasera. Habrá que buscar alternativas como ver la reunión por video conferencia, acudir andando pertrechado con cortavientos, gorro, guantes y botas de montaña, o encomendarme a San Cristobal y a la Virgen del Camino juntos, para no dar mucho trabajo a ninguno de ellos, echarle huevos y tirar con el coche.
Allá en la infancia, en tiempos de las Escuelas de Oteruelo, la de las niñas en la parte de abajo y la de los niños en el centro del pueblo, y de don Amable...
Más allá de esas reflexiones inmediatas, lo que me atrapa de verdad de la noticia del descenso brusco de temperaturas, que viene siendo lo normal en esta época del año, o del espesor de nieve previsto, que puede ser mayor, igual o ni siquiera existir si se produce un cambio atmosférico inesperado, es la palabra “nevadona”.
Esas ocho letras remueven el archivo de las neuronas y aparecen distintas imágenes de momentos con otras “nevadonas” que sí que fueron memorables.
Allá en la infancia, en tiempos de las Escuelas de Oteruelo, la de las niñas en la parte de abajo y la de los niños en el centro del pueblo, y de don Amable, el maestro que se regalaba siestas interminables en aquel sillón de cuero verde que presidía el aula, hubo nevadas que mantenían la casa aislada varios días por lo que no podíamos subir al colegio y nos dedicábamos a disfrutar de la estampa de árboles camuflados en el blanco del paisaje y de los juguetes que desperdigábamos en la alfombra de la galería, mientras el Pater, pala en mano, talaba un sendero en el metro de nieve hasta la carretera general para poder ir en bicicleta a trabajar y, de paso, traer la leche y el pan tierno. No había tele en color, ni series de Amazon, ni teléfonos móviles, ni comida a domicilio y para ocupar el tiempo había que tirar de imaginación y de artes manuales.
En el baúl de los recuerdos también encuentro historias del abuelo ferroviario. En aquella época, en la ciudad, el trabajo te lo daban Antibióticos, Renfe o la Azucarera Santa Elvira. Había otras empresas, claro, pero estas las recuerdo como las más importantes. Volviendo al abuelo y a las “nevadonas”. Contaba mi tía en tardes de tertulia, con café de puchero y pastas caseras de manteca de cerdo, que el abuelo fue uno de aquellos trescientos aguerridos de la sección de vías y obras de la Renfe que se enfrentaron a la “nevadona del 54” que mantuvo cerrado el Puerto de Pajares durante semanas. Aquella sí que fue gorda. La ventisca tapó trenes enteros que tuvieron que desenterrar espalando ingentes cantidades de nieve para dejar libres los caminos de hierro. Seguramente no había otra forma. En el Nodo quedó inmortalizado el asunto.
Dejamos el coche en alguna parte de Rodiezmo y caminamos disfrutando de la blancura infinita de la nieve intacta hasta un lugar desde el que veíamos el valle...
Hubo otra “nevadona” reciente. Posiblemente en el 2015. No lo recuerdo con exactitud. Llegamos en coche al Villamanín que todavía no había dividido la suerte de la Lotería de Navidad por una carretera ya limpia y paramos a tomar un café en ese bar donde lo mismo te lo ponen con pasta y rosquilla que te atizan un plato de embutido con pan de pueblo. Allí nos decidimos por ir al valle de Arbás. Dejamos el coche en alguna parte de Rodiezmo y caminamos disfrutando de la blancura infinita de la nieve intacta hasta un lugar desde el que veíamos el valle. Lo que contemplamos a lo lejos nos dejó ojipláticos. Lo que parecían ardillas saltando sobre la nieve se fueron convirtiendo en cuernos de vacas invisibles que hacían surcos en la infinita blancura camino de los pesebres cercanos que ya estaban llenos de hierba seca.
Seguramente he vivido otras “nevadonas”, pero las ocho letras removiendo neuronas no las han encontrado. Veremos qué sucede mañana. Lo mismo tenemos que suspender la reunión en la Casa de Cultura que tengo que subir andando la cuesta del pueblo porque no encontré la forma de que el tracción trasera que tengo en el garaje se mantuviera firme sobre una alfombra de 20 centímetros de nieve. Lo de acercarme a tomar café a Villamanín casi que lo voy a dejar para cuando la Comisión de Fiestas consiga pacificar el pueblo a base de cheques firmados con toda humildad.
Ya les contaré. Si el tiempo lo permite.