Addoor Sticky

Patrimonio

Sigue lloviendo mientras escribo estas líneas atrincherado en un bar con café con leche caliente y una tapa de tortilla con cebolla bien reposada, o curada como le digo al dueño...

Sigue lloviendo mientras escribo estas líneas atrincherado en un bar con café con leche caliente y una tapa de tortilla con cebolla bien reposada, o curada como le digo al dueño. No recuerdo un invierno con tan poco sol, campos anegados de agua y socavones en el asfalto desde hace muchos años. Ni lo recuerdo yo ni lo recuerdan en Grazalema donde los torrentes amenazan casas y provocan temblores, desalojando vecinos que abandonan propiedades y enseres como si esa guerra mundial tan predicada, la tercera según las cuentas, estuviera llamando a la puerta. Me suena raro que los políticos, a la izquierda y a la derecha, no hayan sacado punta al tema para buscar responsables y mantenernos entretenidos en estas tardes de sofá, manta y chimenea. 

De camino al centro (ya he recuperado mi coche de tracción a las cuatro ruedas después de haber agradecido al tracción trasera la compañía y el servicio en estos largos tres meses y trece días), puedo certificar que la Rotondona de Trobajo sigue abierta y no hay vehículos varados allí donde al ingeniero se le acabó el lapicero. Lo que puede explicar que tampoco hayan aparecido jubilados dispuestos a acodarse en la infinita barandilla de acero inoxidable que la adorna para disfrutar del espectáculo. 

El histórico edificio de sindicatos de Gran Vía de San Marcos necesita un buen repaso. Tirando de inteligencia artificial, que viene a ser una cosa parecida a consultar a la vez el BOE, la Espasa y preguntar a la peluquera, me entero que pertenece a Administración General del Estado

Voy a ver a mi amiga, la pescadora de anzuelo sin muerte, que me espera, atrincherada también, en su despacho de ventanas de madera de mediados del siglo pasado, trabadas para que no las abra una brisa cualquiera y desmonte las torres de papel con asuntos pendientes que tiene sobre la mesa. Por si la brisa tornara vendaval de manera imprevista o el techo se abriera en goteras, ha colocado el paraguas a modo de pisapapeles. Es lo que se llama en gestión de riesgos tener un plan B. 

El histórico edificio de sindicatos de Gran Vía de San Marcos necesita un buen repaso. Tirando de inteligencia artificial, que viene a ser una cosa parecida a consultar a la vez el BOE, la Espasa y preguntar a la peluquera, me entero que pertenece a Administración General del Estado y que está adscrito al Ministerio de Trabajo y Economía Social, aunque es la Dirección General de Patrimonio la que tiene competencia en la necesaria y urgente reforma, reparación y puesta al día. 

No estoy hablando solo de chapa y pintura, que es cosa de los inquilinos, sino de algo más rotundo: reparar el tejado, las cañerías, la calefacción y tratar las humedades que derriten los cimientos. Y cómo no, cambiar ventanas para que sus habituales no tengan que usar pisapapeles ni radiadores de aire que caldeen el ambiente y la espalda. 

Esta casa de los obreros tiene que seguir en pie. En ello se ha empeñado mi amiga que está dispuesta, como el soldado que acomoda la trinchera, a llegar donde haga falta para vencer la desidia de Patrimonio en mantener en buen estado de forma lo que viene siendo de todos, como los colegios, las vías mal soldadas de los Aves, la sanidad y un largo etcétera.

Escribirá al Defensor del Pueblo, pedirá audiencia en Ministerios, peregrinará lo que haga falta con tal de que las cosas se hagan como tienen que hacerse. Y de paso, aprovechará para seguir defendiendo ese otro Patrimonio, el invisible de derechos y libertades, de justicia social, que es de todos también, y que se ha fraguado a lo largo de los años desde esas casas sindicales. Y es que, por mucho que parezca que los derechos, las mejoras salariales y los convenios colectivos caen del cielo en forma de programas electorales, leyes o decretos, nada de eso sería posible sin la labor y la entrega de cientos de personas como ella en cada rincón de este país. 

Creo que el patrimonio de esas familias de Oteruelo, atadas durante generaciones a una tierra dura en la que se labraron el sustento, no se valora proporcionalmente y que los vecinos, heridos en esa herencia de amor propio que hierve en las venas, se revuelvan también dispuestos a llegar donde sea

Ha sido escribir varias veces la palabra Patrimonio y se me han puesto los pelos como púas pensando en San Somacyl. En nombre del progreso, que siempre he defendido, está dispuesto a expropiar a precio de derribo más de cincuenta y ocho hectáreas (por poco más de dos millones y medio de euros), mientras destina bastante más de trece millones a la urbanización de dos calles principales, tres rotondas y el acceso desde el Parque Tecnológico actual hacia la ampliación. Las cuentas no cuadran y más después de leer en el presupuesto de la obra que la partida de zahorra es de casi medio millón de euros y el drenaje un millón trescientos mil euros. ¡Válgame el señó!, que diría un conocido.

Creo que el patrimonio de esas familias de Oteruelo, atadas durante generaciones a una tierra dura en la que se labraron el sustento, no se valora proporcionalmente y que los vecinos, heridos en esa herencia de amor propio que hierve en las venas, se revuelvan también dispuestos a llegar donde sea, como mi amiga, incluso al Defensor del Pueblo o en autobús a Bruselas si hace falta. Por no hablar de restos del paleolítico, del neolítico y romanos que van a quedar arrinconados o enterrados bajo naves de empresas farmacéuticas que tendrán el privilegio de asentarse en el histórico Monte Jano desde el que según me barrunta la neurona se definieron los orígenes del asentamiento de la Legio VII (después de un café con un historiador ya les cuento esta película en otra misiva). 

De retirada, la causalidad me hace caminar por la misma acera que un amigo que sabe de buenos coches, mucho, pero que entiende más de personas y de mecánicas del corazón. Nos abrazamos después de un saludo de sonrisas francas y nos despedimos con una de sus frases favoritas: “a otra cosa”.