Rotondas y rutinas
Paso a diario por el antiguo cruce de Trobajo del Camino, lo que hoy ya es la Rotondona de Trobajo, en Asturianu si me permiten la licencia, en la N-120. No sé si eso entrará dentro de las rutinas a las que se refieren con insistencia mis asesores en materia de jubilación, que no son más que otros jubilados con experiencia suficiente en materia de cobrar por respirar, porque la jubilación es, en esencia, eso: seguir respirando para poder seguir cobrando.
Pero vamos por partes. Allá por el 2023, algún despistado, le resacudió a uno de los semáforos del antiguo cruce (semanas antes el mismo semáforo había sufrido otra sacudida), y lo dejó fuera de juego. Lo que en circunstancias normales hubiera sido un parte al seguro del vehículo para que se hiciera cargo del desaguisado y repusieran los desperfectos, en este caso se encontró con un impedimento mayor que desbarató el normal proceder: el semáforo caído carecía de repuestos. Con el pasar de los días y las semanas, después de barajar otras soluciones como reutilizar un semáforo que apenas tenía uso en otro cruce que no aspira a rotonda en el Municipio de San Andrés, se decidió por una solución innovadora ante la previsión del inminente inicio de las obras de la Rotondona: cercenar las intersecciones y, posteriormente, arrancar de raíz los otros semáforos que quedaban en el cruce para desviar el tráfico a la nueva rotonda de Oteruelo como paso previo para tomar el desvío a Trobajo del Camino. No hay vida sin aventura, ya saben.
Algunos conductores, para celebrarlo, daban esta mañana dos o tres giros seguidos como los toreros hacen la vuelta al ruedo después de una gran faena en la Maestranza de Sevilla
La aventura ha durado hasta hoy que ha entrado de manera completa en servicio. Han sido meses, creo que veinte, de obras y a mi juicio muchos de ellos fueron de obra invisible (al menos en cuanto a maquinaria y trabajadores se refiere). Por mucho que te fijaras al pasar no notabas cambios de un día para otro. Menos mal, que luego se pusieron en serio y la terminaron en plazo. Algunos conductores, para celebrarlo, daban esta mañana dos o tres giros seguidos como los toreros hacen la vuelta al ruedo después de una gran faena en la Maestranza de Sevilla. Me he quedado con ganas de hacer lo mismo cuando bajaba del centro, pero sigo con el coche de cortesía de tracción trasera (el mío aún está en el concesionario después de tres meses y diez días), y me parece una temeridad, no tanta como subir la cuesta del pueblo en plena Nevadona, pero casi.
Un borrón en el diseño de tan magna obra por parte del mejor escribano del que esperamos, por el bien de todos, que encuentre la mejor solución a esta encrucijada, por no llamarla ratonera
De la abuela centenaria, que hizo todos los másters que se pueden hacer de la vida, recuerdo muchas frases que en un momento dado te la explicaban o al menos te la hacían más sencilla. Una de ellas era la manida “no hay pan sin afán” que decía con una sonrisa socarrona cada vez que bajabas a la huerta (esta ya se la comió San Somacyl a cuento del Parque Tecnológico), y te ponía delante de un surco con una azada en la mano para que encontraras sentido a deslomarte abriendo la tierra y sacar las patatas. Otra, que es la que traigo al caso, era “el mejor escribano hace un borrón”. Y todo, para tratar de entender por qué se ha abierto la Rotondona cuando queda un asunto sin resolver. El desvío hacia las viviendas colindantes se ha hecho poco antes de llegar al anillo central con lo que los ansiosos conductores que lo toman pensando que se trata de un acceso directo hacia Trobajo quedan atrapados en una calle sin salida, formando atascos de los que pretenden salir dando marcha atrás para volver a incorporarse a la nacional, poniendo en peligro el normal discurrir del tráfico, o saltando el bordillo para buscar camino por donde al ingeniero se le acabó el lapicero. Un borrón en el diseño de tan magna obra por parte del mejor escribano del que esperamos, por el bien de todos, que encuentre la mejor solución a esta encrucijada, por no llamarla ratonera.
Yo creo que eso es una tarea para expertos y, aunque me dice que cuando me lee le parezco mayor, yo me veo joven para transitar esa vereda
Mientras asistimos al desenlace, aprovecharé para ir a ver a Elena. Le gustan las cañas de pescar, los ríos y las truchas. Quiere que me dedique a ayudar a otros jubilados a sacar provecho del tiempo libre. Yo creo que eso es una tarea para expertos y, aunque me dice que cuando me lee le parezco mayor, yo me veo joven para transitar esa vereda.
El antiguo sueño al que nunca tuve la valentía de enfrentarme quizá porque no construí ninguna rutina para hacerlo
También quedaré para tomar un café con Daniel, el emigrante afrancesado de Montuerto que cruzó despechado los Pirineos para conquistar, con la ayuda de un ángel, un pequeño reducto de la tierra de Voltaire y fundar una familia a la vera del Atlántico. Y con Nacho, su hermano de la Cepeda, que lo mismo arranca un motocultor que recita poemas subidos de tono para sonrojo de las damas de una tertulia con aroma a tortilla. Los dos me hablan de las bondades de las palabras animándome a escribir, el antiguo sueño al que nunca tuve la valentía de enfrentarme quizá porque no construí ninguna rutina para hacerlo.
No sé todavía si esta costumbre de opinar cada quince días perdurará, ya veremos con el tiempo. Claro que si les gusta habrá que intentarlo. De momento, me voy a nadar un rato. He comprado auriculares nuevos y tengo que estrenarlos haciendo unos largos al ritmo de Mozart y Zimmer, aliñados con el último disco de Rosalía, para romper el paso.