Pacto de Estado ya
Los gravísimos incendios forestales en las provincias de Guadalajara, Ávila y Madrid, que afectan a tres comunidades autónomas, han llevado a declarar la emergencia nacional una vez que el fuego acecha a varias localidades madrileñas, cuya población ha sido desalojada preventivamente. Cuando apenas ha transcurrido un mes del verano en curso, el número de hectáreas quemadas en todo el país este año se cifra en 120.000, más del triple que en el mismo periodo del año anterior.
España vuelve a ser, con bastante diferencia, la nación mediterránea con más superficie forestal quemada, uniéndose este verano a la lista Francia, la menos afectada hasta ahora por estos desastres. Desde hace algunos años, vistos los incendios cada vez mayores que cada verano vienen sumando centenares de miles de hectáreas calcinadas, se viene insistiendo en la necesidad de un pacto de Estado para que el gobierno central y los gobiernos autonómicos promuevan un plan ambicioso de prevención y extinción.
Tanto el presidente del Gobierno como algunos presidentes autonómicos suelen repetir esta intención o propósito cada vez que el fuego arrasa nuestros bosques año tras año, con un balance récord como el que se registró en la provincia de León en 2025. Con este tipo de desastres formando parte como riesgo de la vida cotidiana en no pocas localidades del país, y con el diagnóstico de que en lugar de remitir puedan incrementarse si no se toman medidas de consideración, es inconcebible que el pacto de Estado que reclama la ciudadanía, con la lógica de una gestión acorde con la dimensión de un grave problema cuya magnitud no deja de crecer, no se haya suscrito ya.
¿A qué diablos se está esperando? ¿A que en lugar de árboles, animales y viviendas calcinadas, como ocurrió el verano pasado en algunas localidades de la región leonesa, las vidas humanas sean lo siguiente en mayor proporción que ya lo fueron en 2025 y veranos precedentes?
El pacto de Estado no admite más dilación y es de políticos nefastos para el porvenir de nuestro patrimonio natural que, en lugar de hacerlo efectivo de una puñetera vez, se nos participe verano tras verano su necesidad sin que nada se concrete, más que la magnitud creciente del fuego arrasando nuestro territorio forestal.