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Amor propio

“Es peligroso asomarse al exterior”. Las canas que uno va peinando me permiten recordar aquellos carteles en los viejos vagones de la RENFE...

“Es peligroso asomarse al exterior”. Las canas que uno va peinando me permiten recordar aquellos carteles en los viejos vagones de la RENFE. Usuarios del Expreso Rías Altas, no éramos pocos los que hacíamos ojos ciegos a aquella advertencia y, abriendo la guillotina de la ventana, osábamos asomarnos al espacio en aquella, comparada con la de hoy, baja velocidad de viaje. Buscábamos el aire, el viento en el rostro y sacudirnos aquel raro “olor a choto”, a multitud, a sudor… Pronto muchos abandonamos el vagón por la independencia del automóvil. Años ochenta de primera bonanza, esperanza y ganas de vivir. Vamos, como para no haberse asomado al exterior. Cualquier tiempo pasado fue. Y punto.

Hoy las ventanas están clausuradas, y menos mal, que a trescientos por hora no hay peluca ni dentadura postiza que aguante. Pero tampoco hay muchas ganas de asomarse al exterior, ese medio hostil que se empeña en hacernos cada día un poco más mezquinos y miserables, más egoístas y ensimismados. Esa atmósfera de ruido y confusión en la que unos pocos, eso sí con gran poder, han decidido que vivamos, que sobrevivamos. Y estamos, como ahora se dice, comprando el relato.

El dardo anestésico del egoísmo nos ha hecho mella y la empatía, característica que nos hizo avanzar en nuestra civilización, ha desaparecido del panorama

Tenemos un claro comportamiento de plaga a nivel planetario, y no hay plaga que no colapse. Signos de eso van apareciendo a medida que avanzamos en nuestra huida hacia adelante sin hacer caso de evidencias como el cambio climático, el acceso de autócratas al poder, fascismo rampante e idiocia generalizada por mor de la manipulación del algoritmo, las redes sociales y la indiferencia ante las tragedias de nuestros congéneres. El dardo anestésico del egoísmo nos ha hecho mella y la empatía, característica que nos hizo avanzar en nuestra civilización, ha desaparecido del panorama. Y hablo de la empatía como inherente virtud a nuestro avance como especie porque fue lo que nos permitió recuperar al compañero herido en aquella expedición de caza, sin dejarlo a su suerte. Primer impulso gregario que generó nexo social auténtico, por encima de la llamada de la sangre. Hoy, por el contrario, estamos a la moda si al caído le pisamos la cabeza.

Es por eso que estos días siento viva repugnancia por Donald Trump. No voy a lo geopolítico, que se meta el petróleo por salva sea la parte, convertido en bitcoins de lodo imperialista. Me da igual. Es solo dinero. Que bajo su mandato se haya constituido un régimen de terror para los seres humanos es una gran abyección. Ya sé que ha habido antes de Trump terror sobre la Tierra. Claro. Mucho. Demasiado, seguro. Desde que el Mundo lo es y, sobre todo, desde que está organizado, casi no ha habido otra cosa. La Inquisición, Stalin, Mao, Pol Pot, Milosevic, Mladic, Netanyahu. La ideología es indiferente si la víctima es el género humano. Y con las fuerzas ICE las víctimas son mujeres y hombres, ustedes o yo, como Renee Nicole Good, que pasaba por allí.

Hacer de los distintos, de los migrantes o sospechosos de serlo, enemigos, no es sino cambiar el foco de atención. Cuando el verdadero enemigo eres tú

Pero Trump ha montado este tinglado, aparte de para llevárselo crudo (y no es un chiste), en buena medida, como cortina de humo. Hacer de los distintos, de los migrantes o sospechosos de serlo, enemigos, no es sino cambiar el foco de atención. Cuando el verdadero enemigo eres tú. Tendremos que desechar las evidencias para seguir pensando que los Estados Unidos son una democracia.

Hablando de cortina de humo, Trump y sus implicaciones en los papeles de Epstein, recomiendo el visionado de una, para mí, gran película: “Wag the dog” (literalmente “mover el perro”, figuradamente, cortina de humo o “distraer la atención”). Un film de Barry Levinson de 1997 con guion de David Mamet y unos cuantos actorazos que lo bordan, como Dustin Hoffman, Robert de Niro, la tristemente desaparecida Anne Heche, una joven Kirsten Dunst, y hasta el cantante Willie Nelson parodiándose un tanto. La almendra del argumento no es otra que tapar las vergüenzas de un presidente estadounidense pillado en flagrante pedofilia. La que lía este grupo de “fontaneros” para echar tierra encima al caso es, ni más ni menos, que una guerra de liberación en Albania. No les hago más “spoiler”, que temo herir susceptibilidades cinéfilas.

Tiempos aquellos en que Hollywood no gastaba en tanto super héroe ni superchería imperialista. Años raros de conciencia donde no todo era alharaca al “American Dream”. Una propinilla: si pueden, échenle un vistazo a “Primary Colors”, casi coetánea, y reconcíliense con el mejor Travolta encarnando a un trasunto de Bill Clinton atribulado en medio de una suerte parecida a la que tuvo el demócrata con el evidente “Caso Levinsky”.

Y todo eso en una ficción no muy forzada, sin pretensiones y visitable por el gran público. Sutileza, toda. Y mucha verdad.

La realidad en el maquillaje y la cortina de humo correspondiente pueden llegar más allá

Si ponemos en contexto actual ambos filmes y vemos hasta dónde puede llegar un guion cinematográfico sin que te lo tumbe la censura, entenderemos que la realidad en el maquillaje y la cortina de humo correspondiente pueden llegar más allá.

Concretando. Teniendo en cuenta que Sodoma y Gomorra debían ser como una fiesta de pijamas comparado con la Isla de Epstein, ¿hasta dónde no podrá llegar el aparato trumpista para salvar el anaranjado trasero? Yo creo, francamente, que bastante lejos. Al punto, diría, de podernos hacer perder completamente la perspectiva con su campaña mediática, guerrera y xenófobamente aporofóbica. Narcisista megalómano, no hay más que ver cómo se comporta para descubrirlo, tiene a su alrededor una cohorte que se esfuerza en halagarlo, nadando y guardando la ropa, para que del naranja no pase al rojo incandescente. Casi lo que consigue el otro día el directivo de la petrolera Halliburton cuando le recordó que la empresa no estaba en Venezuela, no tanto por la presión de Maduro, como por las sanciones del propio Trump. Gobernar a golpe de mosqueo es lo que tiene.

Y así estamos en nuestro particular camino al colapso, dando carta de naturaleza y hasta aprobando conductas como las de Trump, Milei, al que “se le quema la Patagonia” para podérsela vender barato a fondos y propietarios sionistas, Kast en Chile, justificando a Pinochet, y un etcétera agotador y vertiginoso. Derecha y ultraderecha en España jaleando a estos tótems del apocalipsis.

De amor propio andamos muy escasos. No voten a unos tipos a los que ni confiarían que les guarden el turno en la cola del pescado. Que señales dan, y no pocas, que de fiar no son. Pero ni un pelo.