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Antes de que nos olvidemos

Uno de los mayores temores que albergo sobre mi futuro es la posibilidad de sufrir cualquier tipo de demencia motivada por la edad...

Uno de los mayores temores que albergo sobre mi futuro es la posibilidad de sufrir cualquier tipo de demencia motivada por la edad, y, conservando la salud física, ser carga onerosa para aquellos a los que les toque en, mala, suerte. Casi todos tenemos experiencia en esto: padres, abuelos, conocidos de avanzada edad, coetáneos. Signo de unos tiempos en que nuestra longevidad, edad prolongada gracias a la ciencia y el estado de bienestar accesible, no impide el deterioro físico paulatino, y, la mayoría de las veces, otro más cruel, que es el cognitivo.

Lo que recordamos de nosotros mismos es lo que constituye nuestra personalidad y lo que ayuda a construir nuestras relaciones de animales gregarios

De las pruebas que la vida me ha ido poniendo por delante, he llegado al convencimiento de que somos, en muy alto porcentaje, casi solo memoria. Lo que recordamos de nosotros mismos es lo que constituye nuestra personalidad y lo que ayuda a construir nuestras relaciones de animales gregarios. De lo aprendido y de la experiencia cuelga nuestro bagaje profesional y de conocimiento intelectual. Es por eso que perder la memoria, la capacidad de recordar y evocar, de reproducir aprendizaje y extrapolar experiencias constituye una maldición para el final de la propia existencia, vivida con antelación a la propia muerte física. Si en esto quieren más desarrollo, mejor que a este juntaletras, se cogen a Henri Bergson y se pegan un buen viaje.

Y hablando de ser completo, yo no me concibo sin los demás. De este modo acabo siendo, aparte de memoria, lo que hago por, para, con los que me rodean. El argumento tampoco es nada original y lo pueden encontrar leyendo a Heidegger, cosa que ya no tengo tan clara en recomendarles, que siempre se me ha hecho bola.

Y estas consideraciones al hilo de haberme, literalmente, merendado el cómic “Arrugas” de Paco Roca, obsequio de un buen amigo y vecino de estos imaginados papeles que ocupamos y cuya lectura recomiendo desde aquí: Jaime Gutiérrez, el de los “Compadres leoneses”. No me canso de repasar su cómic, bastante existencialista en el fondo, “Tejemanejes de un hombre en chándal”. Mucho más festivo que el de Roca, que narra precisamente los últimos meses de existencia de un hombre atacado, bastante joven, por el Alzheimer. De cómo su propio ser y lo que le rodea se desdibuja, mezclado con recuerdos del pasado, cada vez quizá más vívido, en un viaje final a un fundido en blanco. Me ha conmovido al punto del llanto y me ha puesto una vez más delante de la propia insignificancia.

Así que venero la memoria, el recuerdo, la Historia. Ese guion escrito unas veces en manuales pedagógicos, en sesudas tesis, otras en diarios, otras en simple memoria colectiva, hasta en leyes recogida. Y de esta veneración deriva el casi religioso respeto por los que se dedican a investigar en el pasado, única referencia fiel de porqué somos lo que somos y en qué condiciones hemos llegado hasta aquí. Con todo y al no ser ciencia exacta, el estudio de lo pasado puede ser bastante sesgado y servir a intereses que no son la verdad ni la fidelidad a lo ocurrido. Y de eso en León tenemos para aburrir con la óptica “pancastellana” que prácticamente nos hace desaparecer en 1230. Así que tienen mucho mérito personas como Hermenegildo López con sus reconstrucciones de las Cortes de 1188 o la Curia de Toledo; los “Amigos de los Decreta”, que cada año reivindican para León la Cuna del parlamentarismo, hito reconocido por la UNESCO; Juan Pedro Aparicio, con sus “episodios nacionales leoneses”, alumbrado ya segundo tomo con “Zafadola, espada de la dinastía” de obligada lectura.

Tengo la intuición de que tales remembranzas se viven como algo festivo, faltaría más, pero dejan poco poso. Es como si estuviéramos recordando por encima de nuestras posibilidades

Pero en León provincia vivimos rodeados de ese permanente recuerdo y evocación del hecho histórico, que lo mismo nos liamos la pata del romano, que la justa medieval, que los templarios, que el levantamiento contra la invasión napoleónica… Y a veces me pregunto para qué tanto. Tengo la intuición de que tales remembranzas se viven como algo festivo, faltaría más, pero dejan poco poso. Es como si estuviéramos recordando por encima de nuestras posibilidades. Y no es que lo critique, pero creo que falta la contrapartida de reflejo en el presente o proyecto de futuro.

A León se le ha borrado de la Historia un par de veces por lo menos. La primera arranca en 1230, con esa ahora cacareada unificación que propala la Junta de Mañueco como hito identitario de esta su “descomunidad”, pero fue haciéndose más sangrante con la posterior unificación bajo el cetro Trastámara, mito de la Hispanidad global incluido, glosado y alabado hasta en poesía contemporánea e ideario falangista. La segunda, heredera directa de esto último, el mapa autonómico de 1983, urdido, tramado o llámenle como quieran, a mayor gloria del campeón mesetario “pancastellano”, modelo de indudable éxito según nuestros lerdos gobernantes, fracaso absoluto a ojos vista hasta para Rompetechos.

Esto en nuestro “desgobierno” lo saben bien: no hace falta aleccionar, que no entre la letra con sangre, sino que, ausente el pensamiento crítico, se compre el mensaje más repetido

Se acerca el octigentésimo aniversario de la mal llamada unificación. Espero de la Junta un tirar la casa por la ventana para a fuerza, aunque sea, de Omar Montes, Juan Magán o cualquier otro charrán con “autotune”, el borrado de León ya pueda ser tildado de decapado. “Panem et circenses” mientras se reescribe la Historia y de León no quede ni traza. Esto en nuestro “desgobierno” lo saben bien: no hace falta aleccionar, que no entre la letra con sangre, sino que, ausente el pensamiento crítico, se compre el mensaje más repetido.

La verdad es que preferiría oír hablar menos de pasado y más de compromiso con el futuro. Creo que llevamos ochocientos años “llorando y suspirando”, y a mismos métodos, mismos resultados

Y ahí me parece a mí que es por donde fallamos. Yo apostaría por un método que, por cada alusión al pasado, iluminase una opción de futuro viable y tangible. A la lectura de cada “Decreta” contraponer un artículo de nuestro estatuto de autonomía. Por cada vez que ponemos a Urraca en los papeles como hito del feminismo (¿?), un esfuerzo real para que las jóvenes leonesas tengan igualdad de oportunidades. Por cada lanzada de Don Suero, un grito por eliminar estos otros portazgos y peajes que se nos imponen. La verdad es que preferiría oír hablar menos de pasado y más de compromiso con el futuro. Creo que llevamos ochocientos años “llorando y suspirando”, y a mismos métodos, mismos resultados. Que la respuesta siempre sea a lo que nos quitan y no a lo que hacemos por nosotros mismos creo que ya cansa. La rebeldía debe cifrarse en términos positivos, y aquí nos cabe aquello, tan manido, de JFK: “no preguntes qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país”. Y otra, tan de moda, pero qué bien les va: ”el que pueda hacer, que haga”. 

Poder, podemos todos. Antes de que nos olvidemos hasta de lo que somos.