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Gachupines

Cada vez que sale México en los papeles, no tengo más remedio que acordarme de mi padre...

Cada vez que sale México en los papeles, no tengo más remedio que acordarme de mi padre. Siendo yo muy niño, permaneció en aquel país para un asunto comercial que le retuvo alrededor de seis meses. Prácticamente no soy consciente de aquella ausencia, a pesar de leves retazos y fogonazos de memoria que han permanecido en mí. Pocos, que por entonces contaba apenas con dos años.

Pero lo que sí conservo fresca en la memoria es la retahíla de anécdotas y sucedidos con los que ilustraba muchas veces las tertulias hogareñas con un par de chavales que le escuchaban atentos y una esposa que, ojos en blanco, ya empezaba a cansarse de tanta hazaña ultramarina que, por mor de la obligada crianza de mi hermano y mía, no pudo desplazarse a disfrutar. Lo de mi padre con aquellas narraciones, goce; lo de mi madre, creo que fastidio.

Volvió de México con una palabra mágica que nos dedicaba con prodigalidad: “gachupino”. Así se dirigía a cualquiera que cometía alguna necedad

Les ruego disculpen la referencia personal, pero el título de esta columna homenajea, hasta cierto punto, a mi padre. Volvió de México con una palabra mágica que nos dedicaba con prodigalidad: “gachupino”. Así se dirigía a cualquiera que cometía alguna necedad, recriminándosela: “no seas gachupino”. Un uso absolutamente impropio del término, que entre los mexicanos se usa para referirse a los españoles peninsulares asentados en su país, si bien de un modo despectivo.  Históricamente la palabra comenzó a usarse por parte de la mayoría criolla para referirse a los españoles que llegaban a México para ocupar puestos de poder desde la metrópoli. Estaba yo bien lejos, en aquella infancia feliz y despreocupada, de saber cual era el real significado del “palabro” paterno. Cumplía su función recriminatoria y punto. A esto de la ignorancia del contexto y de la eficiencia del improperio contribuía en buena medida el que, a veces, mi padre introducía la variante “cachupino”, bastante más asimilable con “cacho pino”, o sea tarugo. Calificativo que, seguramente, me venía al pelo más de una vez. Aún hoy, si soy objetivo.

Como venir a casa de uno y, en vez de dar los buenos días, ciscarse en su madre. Y aunque la madre sea fea, ladrona o falsa, es la madre, y no se le falta

Y entonces, Ayuso. Que ha tenido que poner pies en polvorosa al haber insultado gravemente la dignidad de un país que ha hecho relato heroico de su resistencia al imperio español. Como venir a casa de uno y, en vez de dar los buenos días, ciscarse en su madre. Y aunque la madre sea fea, ladrona o falsa, es la madre, y no se le falta. No otra la afrenta.

La incomprensión por parte de esta peonza política que es la presidenta madrileña de los sentimientos patrios de los mexicanos es solo fruto de su absoluta ignorancia, soberbia y falta de empatía. El mensaje de hispanismo basado en una interpretación colonialista es un mensaje claramente insultante. Ayuna de diplomacia, encima va y se ayuda de ese dechado de portento musical, Nacho Cano, que ha hecho de la “conquista” del Imperio Azteca un musical edulcorado, la relación entre Cortés y “Malinche”, como si no hubiera existido Cholula, la “Noche Triste” o el tocho que se marcó Bernal Díaz del Castillo sobre la “Verdadera historia de la conquista de la Nueva España”. Faltarle a la madre, y con recochineo. El insulto les ha costado a los madrileños como medio millón de euros que iba destinado al patrocinio de un festival a la que la ínclita estaba invitada. El despropósito es de proporciones siderales y tiene, cómo no, conexiones con el sionismo, vía el ubicuo Hatchwell, productor del “musical-truño” de Cano. Quede todo en casa y a beneficio de inventario.

Esto de la consideración de la conquista como exterminio o, al revés, como una fraternal mezcla de sangres vía reproductiva, no es una historia de verdades absolutas. De españoles sanguinarios en el imaginario indigenista o de justos varones, ecuánimes y cristianos, en esa doctrina un poco bastante falangista que se ha promovido en España desde siempre, con hitos como el ”Día de la Raza”, que manda narices. O el relato de la Hispanidad hasta televisiva con aquel programa, canas peino, “300 Millones”, donde se tapaba la diferencia política con folclore y alusiones a la Madre Patria. Que hasta alguna vez se oyó, arrebolado el orador, que el rey de España lo era también de “América Latina”. Confusión, alusiones a lo común y, a la par, destacar lo indígena como valor propio después de habérselo pasado por la piedra.

Los grandes perdedores de este proceso histórico han sido los pueblos indígenas. Primero sojuzgados y, hasta cierto punto, exterminados por la fuerza colonial española

Porque ahí está el “quid” de la cuestión y el sustento ideológico del discurso de Ayuso y demás diplomáticos del desorden. Los grandes perdedores de este proceso histórico han sido los pueblos indígenas. Primero sojuzgados y, hasta cierto punto, exterminados por la fuerza colonial española por doble vía: eliminación directa y mestizaje y alienación cultural. En segundo orden, tras los procesos de independencia, liderados por la “aristocracia” criolla, ninguneados y apartados al margen de la sociedad. Paradojas del destino, ambas fuerzas han usado el indigenismo como arma, pero se han pasado a los indígenas por el forro. Y siguen. Que si Ayuso pudiera, después de llenarse la boca de Hispanidad, expulsar a todos los migrantes, igual da su procedencia, lo haría sin mirar atrás ni a los ojos de Miguel Ángel Rodríguez.

Pero todo ello no quita para que se respete el relato establecido y se sea educado en las visitas. Si ahora viniera Sheinbaum y nos dijera que el Cid era un poco malandrín y que parece mentira que la reconquista se confiara a mercenarios que lo mismo usaban mandoble que cimitarra, no dejaría de parecernos mal. Y eso que en León Rodrigo Díaz tiene peor fama que si hubiera dejado a deber una ronda, pero el imaginario colectivo lo tiene endiosado, lo mismo que casi condenado a Bellido Dolfos, que, en el fondo, tiene de traidor lo que yo de Obispo de Aquisgrán. En esto del relato, queridos, el asumido es el que vale, y no el veraz.

Sobran en este nuestro panorama político leonés bastantes “gachupines”

Y me he venido a León y a Castilla, como el que no quiere la cosa. Y en León lo mismo teníamos que hacer como los mexicanos, cuando nos viene a decir cualquier gerifalte de esta descomunidad que somos ejemplo de éxito, que parece mentira que no veamos más que esfuerzo colonizador y expolio de recursos en eso que ellos hacen por nuestro bien y viabilidad. Que no, que no están intentando aburrirnos y hacernos desaparecer por decadencia y falta de presupuestos… Claro, que nosotros también tenemos nuestra propia “nobleza criolla”, pero ésta no nos quiere sacar de ser colonia, sino lucrarse con nuestra condición. Sobran en este nuestro panorama político leonés bastantes “gachupines”.