Héctor, Héctor
El humorista Héctor de Miguel fue detenido el otro día en Salamanca y, conducido a comisaría, dio con sus huesos en un calabozo para pasar la noche en forma muy distinta, seguramente, a la que tenía planeada. Con su puesta a disposición del correspondiente juez a la mañana siguiente, que lo dejó en libertad tras breve declaración, terminaba la aciaga aventura de momento. Tal situación se debía a que Héctor no se había presentado con anterioridad ante requerimiento judicial por el caso de haber atentado contra el honor del periodista, o así, Alfonso Rojo. Grave imprudencia del humorista, encausado por haber llamado “gilipollas” al periodista que, por cierto, también es licenciado en Derecho y algo debe saber de la protección de su honor, si bien respetando poco el de los demás habitualmente, que se suele despachar y quedar muy a gusto contra los que no son de su cuerda.
Que el motivo de la causa también sea una gilipollez no exime del cumplimiento de plazos y presentación ante el juzgado, que el no personarse en estas cosas suele traer peores consecuencias que el propio hecho punible. Héctor, cuidado, que ya tienes bastante en contra, después de haberte hecho abandonar tu brillante y fresco programa en la “nueva” SER, “Hora veintipico”, por presiones insoportables, y aun después también has sufrido el violento boicot ultraconservador de los muy poco cristianos abogados allá donde has pretendido “perpetrar” un bolo. Evidencia palmaria de que, dependiendo de a qué lado de la barrera esté uno, sus opiniones pueden ser objetivo de acciones judiciales o no, que estadios enteros mentándole la madre a Sánchez, por muy ignominioso presidente que les parezca, quedan sin siquiera un apercibimiento. Así nos va a acabar luciendo el pelo, que, por decir verdades como puños, que en el caso de Rojo me abstendré de valorar, puede uno verse en el brete judicial dependiendo a quien moleste. Ya les adelanto que a mí pueden llamarme gilipollas o más grueso calificativo, que me abstendré de acudir a los colapsados juzgados o a la policía, que tiene algo más que hacer que escuchar lamentos de amor propio herido. Llámenme “sobrao”, pero creo que no insulta quien quiere, sino quien puede, y de alguien cuya opinión no aprecias, como temo será el criterio de Rojo sobre de Miguel, inquina, más que defensa del honor, me parece.
Listas de espera
Y, mientras tanto, la lista de espera de los juzgados hace buena la de la sanidad pública. Que manda narices. Que seguimos queriendo dilucidar nimiedades y obviedades vía judicial, con pieles finas y ofendiditos buscando castigo ejemplarizante. Ya se pueden convocar plazas a lo loco y en patines, que no saldremos del atolladero mientras no racionalicemos el “servicio”.
Y lo he llamado “servicio” adrede. Para meterme en un jardín solo de cardos y abrojos, de esos que se te meten en el calcetín y te hacen el andar práctica de faquir, o te pinchan la rueda de la bicicleta. Porque a partir de aquí obviaré el desequilibrio ideológico de una profesión en la que debe primar la ecuanimidad y asepsia, que alguien me dirá que mi declarada rojez (con negros matices de anarquismo) me nubla la vista y la objetividad. Y voy.
Por lo que nos vienen contando, escogemos a quien nos gobierna, que me río yo, y también a quien legisla, que aquí echo yo de menos alguien con más profesionalidad, celo y previsión. Pero no escogemos, bien se ve, ni siquiera indirectamente, a quien nos juzga. Tres poderes, tres, y ninguno plenamente independiente y a día de hoy haciéndose la guerra cada uno por su cuenta. Que sean los partidos mayoritarios los que, en un enjuague habitual, escojan los órganos máximos de gobierno de la judicatura dista mucho de ser una elección directa y libre, que sería lo deseable.
'Independencia' judicial
Los jueces trabajan, y mucho, que solo se nos enseña el empeño en uno u otro sentido (últimamente más bien en uno) de figurones a los que “les han caído en suerte” los casos más llamativos. Sí, esos que han sido resueltos sin tener en cuenta testimonios, que han abierto la figura del “entorno del reo” como actor de delito imputable al mismo, o que juzgan prevaricación y tráfico de influencias cuando el prevaricador no estaba ni en posición de traficar. Esta parte del poder judicial, que da poca sensación de independencia, está costando muy cara a la imagen que de la Justicia deberíamos tener los ciudadanos. Es una verdadera lástima que uno de los poderes del estado parezca no respetarse a sí mismo cuando hay detrás mucha labor ardua de jueces llevándose a casa el trabajo de redacción minuciosa de expedientes que parecen guiones de novela turca por entregas.
La política, eso que debería ser el arte del manejo de la cosa pública (res pública, ¡qué tentación!), es percibida como un elemento contaminante allá donde toca y hace que la ciudadanía desista de su práctica y legítimo ejercicio. Y aquí cabe decir que la renuncia ciudadana lo único que hace es perpetuar este sistema clientelar y caciquil que llevamos milenios sufriendo y del que no somos capaces de sustraernos. Bien se ocupan los poderes del estado de perpetuar la situación y de que no se altere el “statu quo” que beneficia a los mismos apellidos, poderes y clases desde ya no sabemos cuándo.
El poder y el territorio
Soñar es gratis. Una verdadera representación territorial en los tres poderes del estado sería más que deseable. Elecciones directas en lista abierta de representantes en las correspondientes cámaras legislativas y también una elección, si bien restringida a profesionales de la judicatura, para las fiscalías territoriales, distritales o llámenle ustedes x, también en lista abierta, mejoraría la representatividad popular en el aparato judicial. Y de ahí, por supuesto, saldría la elección de un consejo general representativo, al modo y manera que se escogen diputados y senadores para formar las cámaras. Que después éstas diluyan su representatividad por el provecho partidista es algo que se contrarrestaría con la apertura de listas.
Pero está el patio como para darle la vuelta al calcetín y que nuestro voto, finalmente, se refleje en la defensa del territorio. Tengo este anhelo, tanto, que muchas veces lo sueño. No sé, Héctor, con qué soñarías en ese calabozo salmantino.