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El acuerdo Mercosur-UE y la tierra: raíces que no se venden

Mercosur.
De nuestra tierra sale la economía, aquí es así, pero también una identidad y una manera concreta de estar en el mundo. Hundir las manos en el suelo es el pan de cada día, caminar con azada al hombro es como imaginamos y hacemos real el futuro.

En León, la tierra no está de fondo. Está delante. Marca el ritmo. Lo ha hecho siempre. Basta ver amanecer sobre los campos para entenderlo sin explicaciones: ese silencio estruendoso antes de que el día arranque del todo, el olor a suelo húmedo, la certeza que los abuelos te han contado, la que no aprendimos en los libros, que nos dice que el tiempo no va solo de relojes. Va de cosechas. De esperar. De acertar o fallar mirando al cielo. 

De nuestra tierra sale la economía, aquí es así, pero también una identidad y una manera concreta de estar en el mundo. Hundir las manos en el suelo es el pan de cada día, caminar con azada al hombro es como imaginamos y hacemos real el futuro. Y ese mismo campo que sostiene nuestros pueblos, se enfrenta ahora a una decisión impuesta que cambia todas las reglas del juego. Otra puñalada más en el corazón de nuestra humilde, modesta pero digna forma, con la que los leoneses afrontamos la vida.  El acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur no es un trámite técnico ni una línea más en una agenda comunitaria. Es un cambio que nos hace cuestionarnos el modelo agrícola actual. No va de banderas ni de ideologías. Va del choque, esta vez brutal, La forma de producir y la forma de especular con la que se produce no están jugando en la misma liga, este acuerdo no apuesta por quien produce de verdead, desde su casa, con su patrimonio, con sus hijos, Apuesta por un modelo de fondos buitres, de usura, de especulación. Y deja a la economía del pan nuestro de cada día ante el robo y la quiebra. 

Lo que no se ve

Desde Bruselas, el acuerdo se vende bien. Crecimiento. Oportunidad. Eliminación de aranceles para la mayoría de las exportaciones europeas. Acceso a materias primas estratégicas. Más mercado para la automoción, la química, la farmacéutica, la maquinaria. En los gráficos de la economía de los mercachifles el resultado parece claro: la industria exportadora gana. El problema es lo que queda fuera del gráfico. Porque esa misma lógica deja a la agricultura europea expuesta, sin red, y coloca a territorios como León en el grupo de quienes asumirán los costes con el paso del tiempo. La pregunta no es si “Europa” sale ganando o perdiendo. La pregunta es quién gana y quién pierde dentro de ella. Pensar estos acuerdos como una carrera entre países es una simplificación que se nos impone para no entrar en el fondo. En realidad, compiten modelos. Y siempre ganan los mismos: grandes actores industriales, financieros y agroexportadores, capaces de operar a lo grande y aguantar golpes de mercado. Los perdedores en esta economía de casino, son los que producen de verdad, las explotaciones familiares, la agricultura pequeña y mediana, las economías rurales que viven de producir, transformar y vender cerca. Da igual si la finca está en el Páramo leonés o en la pampa argentina. El resultado es obscenamente familiar. 

León lo muestra sin necesidad de teorizar. Cada verano, las llanuras de Sahagún, La Bañeza o Tierra de Campos se cubren de cereal. Los regadíos del Órbigo y el Páramo sacan adelante maíz, alfalfa, remolacha. La montaña mantiene una ganadería extensiva que produce mientras cuida el territorio. El sector lácteo fija empleo y población donde ya no sobra nada. Se produce mucho. Pero la riqueza no se queda. El valor añadido se marcha hacia donde están la transformación, la gran distribución y los centros de decisión. Aquí se vende barato y se compra caro. Y el agricultor queda atrapado en una cadena en la que cada año tiene menos margen, mientras los costes suben y los precios bailan al ritmo de mercados que no saben lo que es pisar la tierra.

El acuerdo UE-Mercosur no viene a corregir esto. Viene a acelerar la pendiente. La entrada de carne, cereales, azúcar o etanol producidos con costes laborales y ambientales más bajos presiona directamente unos precios que ya eran inasumibles para cubrir los costes reales. Frente a eso, la gran distribución y la industria alimentaria refuerzan su posición. Negocian desde arriba. El agricultor, endeudado, descapitalizado y solo, vuelve a ocupar el lugar que conoce demasiado bien: el del eslabón débil. El primero en perder. El último eslabón de una cadena que ha decidido sacrificarlo por mantener una realidad que ya no existe. 

Impacto en el sector primario leonés

La ganadería leonesa también está totalmente perdida. La carne de vacuno y de pollo procedente de Mercosur, producida en sistemas intensivos y con normativas mucho más ligeras, compite con explotaciones familiares de montaña que cumplen exigencias ambientales, sanitarias y de bienestar animal enfocados a una producción alimentaria algo más saludable. Aquí no hay debate académico posible. La desigualdad normativa se vive a diario. Las promesas de armonizar estándares llevan años repitiéndose en acuerdos similares sin llegar nunca a concretarse. En la práctica, se aceptan reglas distintas y se empuja hacia una desregulación que siempre va en la misma dirección. Si A Europa de verdad le importa la seguridad alimentaria tiene que ejercer el mismo patrón a todo producto que se consuma aquí. 

El sector lácteo tampoco se libra. León produce leche de calidad, pero la transformación y la comercialización están en manos de grandes grupos que operan fuera del territorio. La apertura del mercado añade presión a unos precios en origen ya ajustados, mientras los costes de alimentación, energía y financiación siguen creciendo. El crédito, además, se concentra cada vez más en grandes agronegocios y fondos de inversión. Las explotaciones familiares quedan con menos margen para aguantar crisis largas y con poca capacidad real de adaptarse.

Cereal y regadíos siguen el mismo camino. La competencia con producciones con explotaciones concentradas, sostenidas por modelos intensivos, achica los precios generando un empobrecimiento que nos lleva hacia un futuro expolio donde curiosamente los fondos buitres y multinacionales acaparan todo el sector. Las pequeñas y medianas explotaciones, que han sido el amortiguador del campo leonés, se ven empujadas al abandono o a ser absorbidas. Cada explotación que desaparece es empleo que se pierde. Un pueblo que se vacía. Un territorio que se vuelve más frágil.

Desde las instituciones europeas se insiste en cláusulas de salvaguarda y mecanismos de compensación. En el campo, eso ya no tranquiliza a nadie. El campo sabe que llegan tarde, que son limitadas o que no tocan el problema de fondo: una competencia desigual entre modelos que no son compatibles. No se protege la agricultura familiar y se apuesta por la quimera de dotar de materias primas a las grandes empresas exportadoras europeas intentado mitigar su declive. Al final, lo que se protege es la estabilidad política del acuerdo, no la renta agraria ni el territorio.

Por eso el rechazo no nace de una postura ideológica, sino de una preocupación real. El temor no es inventado: es la caída continua de los precios, la imposibilidad de competir frente a producciones con costes inferiores y la convicción, de que la Unión Europea protege antes a su industria exportadora que a su propia agricultura. El acuerdo UE-Mercosur está realizado para favorecer a los grandes sectores industriales europeos orientados a la exportación, utilizando a la agricultura como moneda de cambio. Las pequeñas y medianas explotaciones, como las del campo leonés, son las más expuestas y las que menos capacidad tienen para absorber este golpe.

Esta orientación revela una profunda ceguera política y estratégica. Europa sigue errando en el diagnóstico de su crisis. El crash industrial europeo no se explica por la falta de materias primas, aunque esta exista, sino por el fracaso del modelo energético e industrial impulsado en los últimos años y por la ausencia de una política energética que garantice costes asumibles y estabilidad productiva. El tratado con Mercosur no corrige esa debilidad; la amplifica. En lugar de reforzar sectores clave internos y asegurar una base productiva propia, Europa huye hacia adelante, aumentando su dependencia de cadenas de suministro cada vez más largas, más frágiles y más expuestas a tensiones geopolíticas.

Un mundo que ya no existe

Bruselas actúa como si siguiera viviendo en un mundo que ya no existe: uno de abundancia ilimitada, logística global estable y materias primas baratas. La realidad actual es la de la escasez energética, la competencia geoestratégica y unas reglas comerciales que han cambiado de forma irreversible. Persistir en esta senda no solo pone en riesgo la renta agraria y la viabilidad de territorios agrícolas vulnerables como León, sino que empuja al conjunto de Europa hacia una mayor dependencia exterior, incluso de países cuya soberanía exportadora está siendo cuestionada ya en el presente por la presión estadounidense. Lejos de fortalecer la soberanía económica europea, este acuerdo profundiza su fragilidad y acelera una deriva que amenaza con llevar tanto al campo como a la industria a la quiebra.

En una provincia como León, donde la agricultura sigue siendo el corazón de la economía, este modelo resulta especialmente dañino. El reto no es producir más. Es quedarse con más valor. Transformar aquí lo que se cultiva aquí. Fortalecer industrias locales. Reforzar cooperativas con arraigo. Proteger al agricultor familiar como pieza central de la economía real. El acuerdo UE-Mercosur camina justo en sentido contrario: ensancha el espacio de las grandes corporaciones agroalimentarias y estrecha el margen de quienes viven del campo.

Si el acuerdo se consolida, León corre el riesgo de quedar definitivamente relegada al papel de productor barato para mercados lejanos, sin capacidad de decisión ni desarrollo. No es solo una cuestión económica. Es social, territorial y democrática. Defender la agricultura leonesa frente al acuerdo UE-Mercosur no es rechazar el comercio ni levantar fronteras. Es proteger un modelo de vida y de territorio que, una vez desmontado, no se vuelve a levantar. 

La tierra ya ha cumplido

El campo leonés no es un decorado ni un resto del pasado al que se le rinde homenaje antes de seguir con lo importante. No es un apéndice del progreso ni una nota al margen. No pide compasión ni aplausos tardíos. Lo que hace es señalar, con una claridad cada vez más incómoda, una verdad simple: no hay futuro industrial sobre un territorio agotado, ni economía que funcione cuando se vacía la base que la sostiene.

León no le da la espalda al mañana. Se niega a borrarse dentro de él. Se niega a ser solo suelo barato, paisaje útil mientras conviene y desechable cuando estorba. La tierra ya ha cumplido. Ha producido, ha aguantado y ha sostenido sin épica ni titulares. Lo que falta no es esfuerzo ni saber hacer. Falta una decisión política sin rodeos: elegir alimentar territorios vivos en lugar de administrar su desaparición.

El campo no es el problema que hay que gestionar con parches. Es la solución que incomoda porque obliga a cambiar prioridades. Y cuando eso se asume, la resignación deja de tener sitio. No se trata de nostalgia ni de volver atrás. Se trata de no renunciar a un futuro donde producir alimentos con dignidad siga siendo una forma de construir país. La tierra sigue ahí. No pide milagros. Pide algo más difícil: que se la escuche antes de que ya no quede nadie para hacerlo.