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Astorga o el despertar del territorio

La mañana se abrió templada sobre Astorga, con un sol discreto que parecía posar la mano sobre los hombros de una ciudad aún entumecida por el largo invierno húmedo...

La mañana se abrió templada sobre Astorga, con un sol discreto que parecía posar la mano sobre los hombros de una ciudad aún entumecida por el largo invierno húmedo. Había en el aire una sensación de alivio físico, casi doméstico, como si la luz viniera a suturar el cansancio acumulado de meses de frío y silencios. Pero ese sosiego duró poco. En cuanto los colectivos comenzaron a desgranar sus inquietudes, la quietud se transformó en pulso. La soledad de tantas conversaciones dispersas se revirtió de inmediato en un murmullo compartido, en una conciencia que empezaba a tomar forma ante un público necesitado no solo de palabras, sino de respuestas frente a la avalancha de decisiones que siente caer sobre su territorio sin apenas margen de réplica.

La Biblioteca Municipal se llenó de algo más que sillas ocupadas. Había expectación, sí, pero también una especie de intuición: que cuando el territorio se nombra en voz alta deja de ser paisaje y se vuelve sujeto. El 28 de febrero no fue una mesa redonda más. Nueve plataformas sentadas juntas es síntoma. Algo se está moviendo.

No hay renovable que no tenga detrás minería, transporte, combustibles en su cadena. Y, sobre todo, hay una decisión política: optar por un sistema centralizado en vez de uno distribuido.

De los montes del Teleno a las vegas donde se discute el agua, los conflictos parecen distintos. Eólicos aquí. Fotovoltaicas allá. Lodos. Residuos. Acuíferos. El campo de tiro. Biogás. Biomasa. La lista es larga y desordenada. Pero debajo late una lógica reconocible: proyectos de gran escala que aterrizan como inevitables. Modelo energético industrial con nombre verde y maneras antiguas. Concentración de beneficios. Impactos repartidos. De ahí que la reunión no fuera solo un intercambio de diagnósticos, sino la afirmación de una necesidad: tejer una acción común, superar la fragmentación y articular una respuesta coordinada capaz de enfrentarse a los gigantes económicos y políticos que promueven ese modelo. Porque frente a estructuras de gran escala, la dispersión debilita y la unión, en cambio, empieza a equilibrar la balanza.

La llamada Renovable Eléctrica Industrial REI se presenta como vanguardia. En la práctica, reproduce inercias conocidas: escala grande, capital grande, actores grandes. La transición energética se vendió como ruptura con los fósiles. La realidad es menos limpia. No hay renovable que no tenga detrás minería, transporte, combustibles en su cadena. Y, sobre todo, hay una decisión política: optar por un sistema centralizado en vez de uno distribuido. No es lo mismo miles de tejados gestionados por comunidades que macro parques controlados por corporaciones. El debate no es si hay que cambiar el modelo energético. Es quién lo diseña y quién cobra.

En Astorga se habló de otra vía. Menos épica, más cercana. Devolver a las juntas vecinales capacidad real sobre sus recursos. Recuperar mini centrales hidroeléctricas donde tenga sentido.

El consumo eléctrico en España lleva años sin crecer como antes. Aun así, los macro proyectos siguen sumándose, incluso cuando la red no siempre puede absorber toda la producción. No parece solo una cuestión técnica. Cuando el sistema se organiza para asegurar rentabilidades financieras, la planificación territorial pasa a segundo plano. Las comunidades energéticas existen, sí, pero siguen siendo excepción. Y eso también dice algo.

En Astorga se habló de otra vía. Menos épica, más cercana. Devolver a las juntas vecinales capacidad real sobre sus recursos. Recuperar mini centrales hidroeléctricas donde tenga sentido. Reducir burocracia absurda. Apostar por escalas humanas. No como gesto nostálgico, sino como estrategia práctica para que el valor generado no se escape siempre hacia fuera. La tradición comunal dejó de sonar a reliquia y empezó a parecer herramienta.

Porque ahora mismo León se parece demasiado a una zona de sacrificio. Energía para otros. Residuos aquí. Infraestructuras que incomodan en áreas densas, pero encajan mejor donde hay menos población y menos servicios. La despoblación no es neutra: debilita la capacidad de respuesta institucional. Lo saben quiénes llevan años viendo cerrar escuelas y consultorios.

Cuando plataformas que antes actuaban por separado empiezan a reconocerse en un diagnóstico común, algo cambia...

La biomasa masiva y el biogás ligado a macro granjas añadieron más preguntas que certezas. Si la biomasa sustituye al carbón, ¿de dónde sale la materia prima? ¿Qué pasa cuando el bosque diverso se reemplaza por monocultivos rápidos y homogéneos? En un contexto de incendios cada vez más intensos, el paisaje no es solo decorado.

El binomio biogás–macro granja tampoco es inocente. Producción intensiva para mercados lejanos. Rentas concentradas. Olores, tráfico pesado, digestatos esparcidos en campos que ya arrastran presión. La palabra “economía circular” suena bien hasta que se traduce en miles de toneladas de residuos gestionados sobre acuíferos frágiles.
Lo cierto es que estamos asistiendo a un periodo de Colonialismo energético.

Colonialismo interno, cuando ciertas regiones asumen cargas para abastecer a otros territorios que asumen cargas para abastecer a otros. colonialismo europeo, cuando la península se proyecta como plataforma, con mapas de corredores de hidrógeno que atraviesan la península como si fuera simple plataforma logística. León aparece en esos mapas. La pregunta es si aparece con voz propia.

El cierre no fue grandilocuente. No hubo proclamas. Solo coordinación. Intercambio de teléfonos. Compromisos de seguir hablando. Puede parecer poco. No lo es. Cuando plataformas que antes actuaban por separado empiezan a reconocerse en un diagnóstico común, algo cambia. Cuando un territorio articula su relato y reconoce sus límites y potencialidades, deja de ser periferia pasiva y se convierte en interlocutor.

Criticar la REI, cuestionar la biomasa masiva o el biogás industrial no es negarse a la transición. Es exigir que no repita las mismas asimetrías con pintura verde. En Astorga no se resolvió el modelo energético del país. Pero sí se vislumbró otra transición, más silenciosa: la de una provincia que empieza a pensarse en voz alta antes de que la dibujen otros en sus planos.