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León necesita una nueva gobernanza...

...los datos que explican su declive

La escena podría parecer poca cosa. Un dibujo, una broma rápida en el periódico. Pero en la viñeta “Gato por liebre”, del dibujante Jaime Gutiérrez en Heraldo de León, hay algo que se queda dando vueltas. Una ironía sencilla que, de repente, toca un nervio. Porque resume bastante bien una inquietud que desde hace tiempo circula por la provincia: esa sensación rara de que el territorio se gobierna con un plano que no coincide del todo con lo que pasa fuera.

No es exactamente una discusión ideológica. Ni siquiera un debate administrativo. Es más bien una intuición colectiva. Algo que se va colando en conversaciones cotidianas: en el bar, en la sobremesa, en reuniones vecinales. Una sospecha que durante años fue difusa. Hasta que empezaron a aparecer los números. la sensación de que el marco territorial actual no está funcionando para la provincia.

El VII Observatorio Económico de Proyecto León, elaborado por los economistas Javier Callado Cobo, Carlos de la Puente Llorente, María Teresa Fernández González, Roberto Fernández González y Anselmo Reguera Pinilla, pone cifras a esa sensación. Y las cifras, cuando se miran despacio, cuentan una historia larga. No hablan de una crisis puntual ni de un ciclo económico desfavorable. Hablan de otra cosa: de un desgaste lento, constante. De un declive que lleva décadas avanzando casi sin ruido.

Entre 1983 y 2025 León ha perdido 79.668 habitantes. Casi 80.000 personas menos. Un 15,13 % de la población desaparecido en cuarenta años. Dicho así parece una línea más en una tabla estadística, pero basta mirar el mapa humano de la provincia para entender lo que significa. Pueblos más vacíos, escuelas que cerraron, barrios donde cada año hay menos niños.

Entre 1983 y 2025 León ha perdido 79.668 habitantes. Casi 80.000 personas menos. Un 15,13 % de la población desaparecido en cuarenta años.

En España solo Zamora presenta una caída mayor, cerca del 27 %. Salamanca supera ligeramente el 10 %. El conjunto del antiguo territorio de la Región Leonesa aparece, una vez más, entre las zonas con peor evolución demográfica del país.

Pero la cuestión no es solo cuánta gente se va. El problema es lo que ocurre alrededor de ese movimiento. Menos empleo empuja a emigrar. Cuando la gente se marcha, la población activa se reduce. Con menos población activa cae el consumo, y con menos consumo la inversión empieza a retirarse. Así, poco a poco, el sistema económico pierde velocidad.

El mercado laboral confirma ese proceso con bastante crudeza. Mientras en el conjunto de España el empleo ha crecido en las últimas décadas, León se mueve a otro ritmo. Más lento. Entre 1999 y 2026, el número de cotizantes a la Seguridad Social en Castilla y León ha aumentado alrededor de un 30 %. En la llamada Región Leonesa, el incremento apenas llega al 24 %. Y si se mira solo la provincia de León, la cifra baja todavía más: 18,7 %.

Son unos pocos puntos porcentuales de diferencia. Sobre el papel parecen poca cosa. Pero en economía territorial esas diferencias se acumulan con el tiempo. Año tras año. Como capas de sedimento. Y al final el paisaje cambia.

La comparación con otros territorios ayuda a verlo mejor. Navarra o Álava, por ejemplo, han vivido en el mismo periodo un crecimiento tanto en empleo como en población. No es casualidad.

La comparación con otros territorios ayuda a verlo mejor. Navarra o Álava, por ejemplo, han vivido en el mismo periodo un crecimiento tanto en empleo como en población. No es casualidad. Comparten una característica clave: cuentan con instrumentos propios de gobernanza territorial que les permiten diseñar políticas económicas ajustadas a su realidad productiva.

León, en cambio, tiene un problema más sutil, casi estadístico. Sus datos económicos se diluyen dentro de la media autonómica de Castilla y León. Cuando se agregan las cifras, la fortaleza de algunas provincias castellanas suaviza el conjunto. El resultado es una media más o menos aceptable que esconde diferencias muy fuertes. Una especie de superficie lisa que tapa las grietas. Y eso tiene consecuencias prácticas. Muchos fondos públicos estatales y europeos se reparten utilizando esos promedios. Si el cálculo se hace a escala autonómica, territorios con menos renta o mayor pérdida de población pueden quedar invisibles dentro de una media que no refleja su situación real.

La renta per cápita lo ilustra con claridad. En la provincia de León se sitúa en torno a 27.200 euros por habitante. La media española supera los 30.900. Y la media de la Unión Europea ronda los 38.000. En Zamora las cifras son todavía menores. Salamanca se aproxima algo más al promedio nacional gracias al peso de su capital universitaria y del empleo público. Pero en el oeste de la comunidad la tendencia general sigue siendo la misma: retraso económico.

Aquí entra en juego otro elemento técnico que en Bruselas pesa bastante: el sistema estadístico NUTS que utiliza la Unión Europea para clasificar regiones y asignar fondos de cohesión. Aquellas cuyo PIB per cápita se sitúa por debajo del 75 % de la media comunitaria pueden acceder a ayudas más intensas. la provincia de León podría situarse en ese umbral. Sin embargo, al integrarse dentro de la media autonómica de Castilla y León, esta situación queda parcialmente oculta, lo que limita el acceso a recursos destinados a corregir desigualdades territoriales.

Algunos análisis del Observatorio apuntan algo interesante: si León fuera considerada una región estadística independiente una NUTS-2 se abriría la puerta a más recursos europeos para impulsar su desarrollo. Pero al integrarse dentro de la media de Castilla y León, esa opción queda bastante diluida.

El Consejo Comarcal del Bierzo ofrece un ejemplo bastante revelador. Se creó con la idea de dotar al territorio de una herramienta propia de gestión y coordinación. Sin embargo, su presupuesto anual ronda apenas ocho millones de euros.

Mientras tanto, dentro de la propia provincia el mapa económico se vuelve desigual. Más del 55 % de los cotizantes se concentran en dos polos urbanos: León capital y Ponferrada. El área metropolitana leonesa actúa como motor económico, con una mezcla de servicios, administración pública y actividad universitaria. Fuera de esos núcleos el paisaje cambia rápido. En el occidente El Bierzo, Laciana, La Cabrera todavía pesa la larga sombra del cierre de la minería. En el sureste ocurre algo parecido. Valencia de Don Juan ha conseguido cierto dinamismo gracias a iniciativas industriales locales. La Bañeza, pese a su posición estratégica y su potencial agrícola y logístico, crece mucho más despacio. La conclusión empieza a repetirse: las infraestructuras ayudan, pero por sí solas no generan desarrollo si no existe una estrategia territorial clara detrás.

El Consejo Comarcal del Bierzo ofrece un ejemplo bastante revelador. Se creó con la idea de dotar al territorio de una herramienta propia de gestión y coordinación. Sin embargo, su presupuesto anual ronda apenas ocho millones de euros. Para comparar: la Junta de Castilla y León maneja cada año cerca de 15.000 millones. La diferencia es tan grande que explica muchas cosas. Sin competencias estratégicas ni recursos financieros suficientes, resulta difícil impulsar transformaciones económicas. Y ahí aparece la pregunta de fondo que atraviesa todo el informe: cómo se gobierna el territorio. Quién decide. Desde dónde se planifica. Con qué prioridades.

Cuando los mismos datos aparecen una y otra vez durante décadas, dejan de ser números sueltos. Se convierten en algo más incómodo: un diagnóstico. Y el diagnóstico, mirado sin rodeos, acaba señalando siempre el mismo punto. Cómo se gobierna el territorio.

La planificación económica, el reparto de recursos, las decisiones importantes siguen concentradas en estructuras bastante lejanas del terreno que luego tiene que vivir con sus consecuencias. Se decide en abstracto; los problemas, en cambio, aparecen en lugares muy concretos. Un valle, un municipio, una comarca. Ahí es donde la teoría se vuelve vida cotidiana.

En términos económicos, León y Zamora presentan rasgos propios de territorios en emergencia socioeconómica dentro del mapa español. Pero las cifras no cierran la historia. También dejan entrever que el futuro no está escrito.

De ahí que cada vez más economistas y analistas repitan lo mismo, aunque con palabras distintas: el problema ya no se arregla con programas sueltos ni con medidas de temporada. La cuestión es más profunda. Tiene que ver con el marco de gobernanza, con la forma en que se organizan las decisiones. Porque cuando todo se calcula con promedios grandes estadísticas autonómicas las diferencias reales del territorio se diluyen. Y lo que es específico desaparece dentro de un número medio que no se parece demasiado a la vida de nadie. Por eso empieza a abrirse paso otra idea: acercar la arquitectura institucional al terreno que pretende ordenar.

En términos prácticos, eso significa varias cosas. Primero, más autonomía funcional para gestionar inversiones estratégicas, impulsar proyectos productivos y diseñar políticas de empleo que encajen con la economía real del territorio. No con una economía imaginada desde un despacho lejano.

Segundo, mirar el propio mapa interno de la provincia con algo de realismo. Favorecer la cooperación entre municipios, compartir servicios, coordinar estrategias. Generar escala donde ahora hay dispersión. No para crear más administraciones, sino para que las decisiones y los recursos circulen. Al final, gobernar un territorio Es algo bastante simple, aunque rara vez se hace bien: escuchar lo que un lugar necesita antes de decidir por él.

En términos económicos, León y Zamora presentan rasgos propios de territorios en emergencia socioeconómica dentro del mapa español. Pero las cifras no cierran la historia. También dejan entrever que el futuro no está escrito. Hay margen de actuación si se revisa la forma de gobernar el territorio. Y, sobre todo, de implicar de verdad al tejido económico local: empresas, cooperativas, asociaciones. Porque detrás de cada número hay algo muy concreto. Un pueblo donde la escuela cerró hace años. Un joven que se marchó buscando trabajo. Una tierra fértil esperando un proyecto. Por eso la viñeta inicial no era tan trivial. A veces el humor tiene una forma muy directa de señalar lo que los discursos tardan en admitir. Y cuando una sociedad empieza a sospechar que durante demasiado tiempo le han dado gato por liebre, lo importante no es solo el dibujo. Es la pregunta que queda flotando después.