Addoor Sticky

Amnistía Internacional, la terquedad necesaria

Superado el primer cuarto del siglo XXI, parece mentira que la mayor parte de la humanidad siga mirando para otro lado ante las injusticias que se cometen en distintas partes de un mundo que camina cada vez más desnortado...

Superado el primer cuarto del siglo XXI, parece mentira que la mayor parte de la humanidad siga mirando para otro lado ante las injusticias que se cometen en distintas partes de un mundo que camina cada vez más desnortado. Son tiempos, los actuales, en los que la palabra derechos sufre un continuo desgaste por su interesado uso. Es un vocablo que, con solo pronunciarlo, debería respetarse.

Pero no es así. Los gobiernos más poderosos prefieren silenciar abusos a combatirlos. Las empresas multinacionales convierten la vulneración de libertades en un daño colateral aceptable. Y la sociedad desarrollada vive, en un alto porcentaje, de espaldas a la realidad incómoda. Es más placentero zambullirse en el exceso de un consumismo desarbolado que tender la mano a los más débiles.

La fiebre del derroche no tiene freno, como tampoco la deriva emprendida hacia el individualismo que impone su ley sin piedad. Es el momento del "yo, mí, me, conmigo", donde el éxito personal y la autonomía a menudo pasan por encima de la cohesión comunitaria y de la ayuda hacia quien más lo necesita.

Ante este dislate, sorprende que haya organizaciones dispuestas a no rendirse y seguir peleando por una civilización más justa. En esta etapa en la que los derechos humanos se han convertido en un comodín retórico —invocados por quienes los defienden y también por quienes los atacan o los vacían de contenido—, Amnistía Internacional mantiene una virtud que parece casi anacrónica: la obstinación. La obstinación de documentar, de denunciar, de acompañar y de no dejar que el silencio se convierta en norma. Esa terquedad, tan poco espectacular, es precisamente la seña de identidad que la hace imprescindible.

La incomodidad como principio ético

Esta ONG no está diseñada para agradar o entretener. No es su cometido. Su independencia financiera e ideológica —sostenida por activistas y socios, no por poderes públicos y corporaciones— le permite señalar a cualquiera, sin importar su bandera ni su poder. Y esa libertad, tan rara en el entorno institucional, tiene un precio: molesta de manera palmaria. Fastidia a gobiernos que preferirían informes más complacientes, a grandes grupos empresariales que desearían evaluaciones menos exhaustivas o a sociedades que, a veces, estarían más interesadas en desconocer la tozuda realidad.

Pero la incomodidad es, en este caso, un valor añadido. Una organización de derechos humanos ajena a este principio caería en la irrelevancia absoluta. Sería un adorno moral sin ninguna trascendencia. Amnistía, en cambio, asume el riesgo de decir lo que otros callan, de sostener la mirada donde otros la apartan o de convertir cada comunicado en una herramienta de presión social.

No basta con saber: hay que meter el dedo en la llaga. Y en un contexto saturado de información, donde la indignación se consume con la misma rapidez que un titular periodístico, esa perseverancia es casi un acto de resistencia.
La primera línea cotidiana

Si la investigación es un acto de memoria, la acción diaria lo es de presencia. Y en España, la institución hace ese ejercicio con una combinación de vigilancia garantista y persistencia cívica. No se limita a denunciar abusos en lugares remotos: examina también las fisuras domésticas, las más cercanas, recordando que las libertades públicas no son un patrimonio universal consolidado, sino una tarea que exige constancia a pie de calle.

En el ámbito estatal, insiste en cuestiones que afectan a la vida cotidiana: el derecho a la salud, la protección de las víctimas de violencia sexual, la situación de las personas migrantes y refugiadas, la libertad de expresión, el derecho a la vivienda o el cambio climático. Su función no es adornar discursos, sino exigir coherencia y recordar que las exigencias morales no pueden depender del territorio ni del ciclo político de turno.

Ese mismo espíritu se despliega en Castilla y León, donde ha reclamado a los partidos que sitúen los derechos fundamentales de las personas en el centro del debate público, especialmente en períodos electorales. Resulta llamativa la tendencia de algunas formaciones a apartar estas cuestiones durante buena parte del ciclo político y a recuperarlas únicamente cuando se acerca la renovación de los mandatos. Clama al cielo esta inacción prolongada de quienes utilizan las siglas para fomentar la confrontación social y para amplificar discursos xenófobos.

Las peticiones de este movimiento incluyen reforzar la atención primaria, mejorar infraestructuras sanitarias, garantizar la asequibilidad de la vivienda, controlar los alquileres en zonas tensionadas, reducir viviendas vacías y proteger a los hogares vulnerables frente a cortes de suministros. También demanda cumplir con el principio de solidaridad en el reparto de menores no acompañados y asegurar centros de crisis de 24 horas para víctimas de violencia sexual, tal como exige la legislación vigente.

No son reivindicaciones abstractas: son recordatorios de que la dignidad se protege en decisiones administrativas y presupuestarias, no en ocurrencias arbitrarias. Resulta sorprendente que, en la era en la que se desarrollan los mayores avances tecnológicos de la historia, las conquistas sociales se hayan enquistado hasta tal punto que, lejos de evolucionar, parezca que retroceden varias décadas.

La dimensión local del compromiso

Luego está León. Una ciudad que, al contrario de lo que pudiera parecer, sostiene un grupo local sorprendentemente dinámico y eficaz. Desde su sede, Amnistía Internacional León forma parte de un movimiento universal de más de diez millones de personas, pero que trabaja con la proximidad de quien conoce su territorio.

Su labor tiene un fuerte componente pedagógico: charlas en institutos, talleres de comunicación para activistas, ciclos de cine, actividades culturales que conectan lo global con lo local o encuentros con defensoras de la dignidad humana. Sin ir más lejos, la organización promovió la visita a la ciudad de Rosanna Marzán, abogada y activista, reconocida internacionalmente por su defensa de los derechos de la comunidad LGBTIQ+ en la República Dominicana.

Todo el esfuerzo de estos agentes cívicos, en cualquier parte del planeta, contribuye a una cultura de garantías que no depende de coyunturas políticas, sino de convicciones profundas. En una época marcada por la desinformación y la prisa, esta tarea silenciosa es tan necesaria como frágil.

Amnistía Internacional no sustituye a nadie: acompaña, interpela y recuerda que la dignidad humana no debería depender de la conveniencia del poder. No promete un mundo perfecto, pero sí un mundo más justo. Y en tiempos de tanto ruido y de relatos demasiado impostados, la terquedad de defender lo esencial sigue siendo la forma más civilizada de ganarse el respeto.