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Bienvenido al parque de atracciones financiero

En la era de la banca digital, entrar en una sucursal se ha convertido en una experiencia tan surrealista como pedirle a un mago que te explique cómo saca un conejo de la chistera...
En la era de la banca digital, entrar en una sucursal se ha convertido en una experiencia tan surrealista como pedirle a un mago que te explique cómo saca un conejo de la chistera. Entre citas previas telefónicas, trámites imposibles y nuevas tecnologías que desafían la lógica humana, el banco ha pasado de ser un lugar de confianza a un parque temático del despropósito financiero.  

El banco es ese lugar que, con los años, ha dejado de ser un espacio de confianza para reconvertirse en el mercado persa del seguro, la tómbola del plan de pensiones o la barraca del producto financiero más disparatado que jamás te has podido imaginar. Aquellas oficinas donde gestor y cliente mantenían una conversación cercana, distendida y familiar, sin límite de tiempo, parece que ya pertenecen al Pleistoceno. Hemos pasado de la charla relajada plagada de complicidad, a la frialdad con que ahora te reciben: «¿tiene usted cita previa?»  La cita: ¡Dios mío que te hemos hecho! 

Si, querido lector, esa buena amiga de esta columna de opinión que, por arte de birlibirloque, adquiere más protagonismo del que desearíamos todos. Y es que sin ese mandado directamente ni te atienden. O llevas esa puñetera cita hecha de antemano o te despachan a lo Larra, «vuelva usted mañana».  

Y, hombre, en estos tiempos tecnológicos no todo el mundo está capacitado para realizar esa diligencia. Especialmente los octogenarios, y no pocos septuagenarios, que tienen que recurrir a sus hijos, nietos o al vecino de enfrente para gestionar esa operación previa. Cuando por fin consigues sentarte frente al empleado se produce, el llamémosle, laberinto del trámite imposible. Te explica, con una sonrisa forzada, que “eso” que venías a hacer no puede hacerse ahí, sino por la aplicación (App) o por la web. O por un formulario oculto en un recoveco digital que solo se revela en noches de luna llena cuando aúllan los lobos. Y vuelta a empezar.  

Lo sorprendente es que nadie quiere darse cuenta de este carajal. Ni siquiera los empleados, esas personas que parecen guardianes de la Cita Previa Sagrada, cuando en realidad son más bien sacerdotes agotados haciendo juegos malabares entre el cliente enfurecido, el sistema informático que se cae cada dos por tres y el supervisor que les recuerda, con sonrisa de dentífrico, que la venta cruzada es «una oportunidad para crecer». Crecer, sí, pero en úlcera de estómago.

El QR

Aunque cueste creerlo, las entidades no han sustituido la conversación humana por un QR por puro capricho. No. Entre el Fintech —la nueva devoción tecnológica que promete abrirte una cuenta con solo pestañear—, las aplicaciones que te conceden un préstamo antes de que empieces a pensar en él y las normativas europeas que exigen 27 formularios para mover 20 euros, los bancos viven en un caos digno de una reunión de comunidad de vecinos donde hablan todos a la vez y nadie escucha.

También hay que admitir que muchos clientes han abrazado la tecnología con un fervor casi religioso. No quieren volver al banco ni, aunque repartan lingotes de oro en la puerta. Lo hacen todo desde el móvil; pagan, invierten, piden hipotecas…y si el banco les obligara a acudir personalmente convocarían una manifestación, digital por supuesto, portando memes reivindicativos.

Si ya de por sí el agobio generado por la dichosa citación previa adquiere tintes surrealistas, no menos sorprendente es la visita a una sucursal sin cita telefónica. Ahí ya se produce un acontecimiento sideral. Si tienes la intención de cobrar un recibo y no eres cliente, ¡prepárate!, vas de cabeza al cajero automático como res de camino al matadero. Si pretendes hacer un reintegro (sacar dinero) hay horario acotado de caja en la mayoría de las oficinas; generalmente ofrecen este servicio durante tres horas, ahí es nada. Si quieres cerrar una cuenta corriente donde te abrasan a comisiones, te tienes que encomendar al santo del día para conseguirlo.  

La jarana financiera

Y todo, rodeado de carteles motivacionales que proclaman: “Estamos aquí para ayudarte”, mientras un altavoz anuncia promociones de hipotecas como si fueran las rebajas de enero. A veces piensas que solo falta que aparezca, dando saltos por el vestíbulo, el interventor con un megáfono gritando «¡Me lo quitan de las manos oiga!» para completar la experiencia en modo mercadillo. Mal que nos pese, las oficinas bancarias ya no son catedrales del ahorro, sino casetas donde parece que entras a jugar al pim pam pum. Eso sí, cuando abres una cuenta corriente sales con una vajilla de porcelana o con un televisor LED que promete más píxeles que intereses; incluso si firmas un contrato financiero participas en un bingo de electrodomésticos. El director de la sucursal se ha convertido en maestro de ceremonias, repartiendo folletos como boletos de rifa y sonriendo como quien anuncia el premio gordo en una verbena. Semejante dislate no pasa, ni mucho menos, desapercibido. Un buen amigo, tabernero de pro y amante del infierno mercantil, estudia seriamente responder a los bancarios con su misma medicina. Así, cuando pidan una caña y su tapa, educadamente les comentará que tienen a su disposición el grifo y el cuchillo con su tabla para cortar embutido. Luego pueden depositar el importe exacto de la consumición en la caja registradora.

Sea como fuere, si Kafka levantara la cabeza seguro que escribiría “El proceso 2.0”, la angustiosa historia de un ciudadano que es arrestado en una sucursal sin saber por qué y se enfrenta a un sistema bancario absurdo e injusto.  

El banco ya no guarda tu dinero, tiene en depósito tu paciencia…y la consume a plazos.