Mi cuñado, las uvas y otros milagros
Llega enero y, como cada año, toca redactar la carta a los Reyes, ese ritual de fe laica en el que pedimos lo imposible, paz familiar, regalos racionales y un planeta que no se derrita mientras buscamos el contenedor correcto
Llega enero y, como cada año, toca redactar la carta a los Reyes, ese ritual de fe laica en el que pedimos lo imposible, paz familiar, regalos racionales y un planeta que no se derrita mientras buscamos el contenedor correcto.
Queridos Reyes Magos:
Un año más me dispongo a escribir mi carta. No por ilusión, que también, sino porque redactarla sale más barato que una sesión de terapia y tiene efectos similares: te desahogas, te ríes y, con suerte, recibes un regalo inesperado. Normalmente un pijama del rastro, talla incorrecta, color discutible…pero menos da una piedra.
Este año he sido un ciudadano ejemplar.
He reciclado los envoltorios con la solemnidad de un ministro de Medio Ambiente. He mostrado una euforia desmedida al desenvolver mi regalo del amigo invisible en Nochebuena como si del Santo Grial se tratara. Era un paraguas a rayas que los odio.
He sobrevivido a varias cenas familiares, con mi cuñado opinando sobre todo el espectro conocido del universo mientras devoraba gambones como si fuera la cúspide de la cadena alimentaria.
Un triunfo
He logrado ingerir doce uvas tamaño pelota de golf en doce segundos, una gesta que debería figurar en el Libro Guinness. No digo más que me atraganté en la quinta, vi luces de discoteca en la séptima y, en la undécima, juraría haber alcanzado temporalmente otro plano astral. Pero lo logré, entré en el Año Nuevo con un triunfo que nadie me podrá quitar, ni siquiera Hacienda.
Y, ya venido arriba, como en banderillas, conseguí asar un pollo que, mirado de reojo, parecía un cochinillo. La receta era sencilla: 1) meter en el horno y 2) rezar. Funcionó. A veces la ciencia culinaria es pura fe.
Así que, tras pensarlo con el rigor científico de alguien que come polvorones y mazapanes por castigo, he preparado mi lista de peticiones:
- Solicitar una cita previa que no implique acabar en el psicólogo. Solo quiero presentar documentación, no una crisis existencial.
- Carros de supermercado con ruedas que no interpreten una sinfonía de chirridos…o que, al menos, suenen afinadas.
- Luces de Navidad proporcionadas a la ciudad y no al ego del alcalde. Que no parezca Las Vegas ni se vean desde la Estación Espacial Internacional.
- Un manual de instrucciones que se entienda, aunque sea en esperanto y con dibujitos si no es mucho pedir.
- Un cuñado con función “mute” incorporada. Y, de paso, con modo “reposo” en las sobremesas largas.
- Un jersey navideño que no pique, no brille y no tenga renos con mirada psicótica. Los que siguen con los ojos al usuario por el pasillo deberían estar ilegalizados.
- Un planeta que no se derrita mientras discutimos si el plástico va al amarillo o al azul. Lo digo sin acritud, pero con cierto temor a un apocalipsis.
Queridos Reyes, sé que no es un listado sencillo, pero ustedes son magos y en ello confío. Además, si recorrieron medio mundo siguiendo una estrella sin GPS, aunque ahora se hayan modernizado y usen el AVE, podrán, al menos, conseguir que un carro no chirríe y, sobre todo, que mi cuñado reduzca la escala de decibelios antes, durante y después de la cena.
Manual de instrucciones
No reclamo grandes milagros. Con que se cumpla uno de estos deseos me conformo. Y si no es así, siempre me queda la satisfacción de hacer lo que hago cada enero, escribir, reírme un poco de mí mismo y seguir creyendo, con la inocencia justa y necesaria, que tarde o temprano las Navidades vendrán con manual de instrucciones. Lo que desconozco es si será vengativo.
Por cierto, si me van a traer otro pijama del rastro, por favor, que sea de mi talla y que no tenga un estampado de osos bailando claqué. No estoy preparado para eso a las tres de la mañana; bastante tengo ya con los renos psicóticos del jersey navideño.
Querido lector, si has llegado hasta aquí, no solo eres más héroe que yo con la ingesta de las uvas, eres la prueba viviente de que todavía queda esperanza para quienes sobrevivimos a la Navidad con sentido del humor.