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Humildad, la bella desconocida

«Espejito, espejito mágico, quién es la mujer más bella del reino?» se pregunta la reina malvada en Blancanieves...

«Espejito, espejito mágico, quién es la mujer más bella del reino?» se pregunta la reina malvada en Blancanieves. Pensarás que te voy a contar un cuento. En cierto modo por ahí van los tiros. 

Cada mañana, no pocos mortales, caminamos a paso ligero, como abducidos, a ese tabernáculo moderno donde, si los hebreos, en otro tiempo, colocaban el Arca de la Alianza, nosotros ubicamos ahora un objeto mucho más mundano: un sagrario de cristal donde se guarda el sacramento del «yo mejorado».  

Una hostia que se autoadministra, cual oblea, para convencernos unos de que la arruga no existe, otros de que la papada es un mito y, los más avezados, de que la dignidad puede estirarse, con la misma facilidad que un chicle de menta. Aunque nos cueste admitirlo, todos, absolutamente todos, comenzamos el día con esta solemne ceremonia. 

Este culto privado a la imagen lo llevamos a rajatabla. Nos acicalamos como si ese día se fuera a caer el cielo sobre nuestras cabezas. Cubrimos, con medio frasco de perfume, esos lugares corporales que anuncian nuestra presencia a varios metros de distancia. Somos presumidos por naturaleza, no lo vamos a negar, pero algunos ahí nos paramos. 

Aprovecha y admírale. Es gratis 

Hay otra encopetada caterva para la que no es suficiente. Verás, amigo lector, en algún punto indeterminado entre el gimnasio, la terraza pública de moda o el espejo del ascensor, se extiende un territorio donde florece la casta más abundante de nuestro tiempo: el ser humano envanecido.  

No es un escenario complejo. Basta verlos con un móvil en la mano, un gesto ensayado o la convicción absoluta de que el mundo entero está esperando, con respiración contenida, la próxima demostración de su grandeza. El elenco de este edén no necesita agua ni sombra: se nutre de atención, se reproduce por imitación y muere —simbólicamente— cuando deja de ser admirado.
 
Bienvenidos al vergel de la jactancia, un lugar donde nadie envejece, nadie duda y nadie, por supuesto, se equivoca. Aquí todo el mundo es protagonista de su propia epopeya, como en “El cantar de Roldán”, donde el héroe muestra una arrogancia extrema al negarse a tocar el olifante para pedir ayuda a Carlomagno en la batalla de Roncesvalles.

La inmodestia, en su versión moderna, ya no es un capricho: es una industria. Una maquinaria que produce inseguridades en masa para vender soluciones individuales. La autoestima no se construye: se mide en los “me gusta” de las redes sociales.  

En este nirvana del siglo XXI, la vida cotidiana se ha convertido en un concurso permanente de exhibicionismo. No uno honesto, de esos que al menos tienen la decencia de admitir su intención, sino otro más sofisticado: el postureo. Acrobacia social de alto rendimiento que consiste en fingir naturalidad mientras se calcula el ángulo exacto para que la foto parezca espontánea.

El pavoneo es la gimnasia espiritual de nuestro tiempo: exige flexibilidad moral, equilibrio emocional y una capacidad infinita para sostener la pose incluso cuando la realidad se derrumba alrededor. Todo esto sucede ante tu incrédula mirada. Tu cerebro se cierra en banda ante este desorden y se pregunta: «¿qué diantres pasa aquí?» Nada. Simplemente que la zarabanda de la suficiencia transita sin dar explicaciones.  

Bio profunda, mente plana 

La petulancia ha dejado de ser un defecto para convertirse en un estilo de vida. Antes, presumir era algo que se hacía en sobremesas largas, con café, copa y puro; era cuando el ego se calentaba y la memoria se volvía creativa. Ahora se alardea a todas horas, en cualquier formato y sin necesidad de testigos. Basta con lanzar una frase altisonante al vacío digital: «Proyecto nuevo». «Semana intensa». «Cerrando etapas». «Abriendo caminos».  

No hace falta que sea verdad. Ni siquiera hace falta que signifique algo. Lo importante es que suene a grandeza. 

La presunción se ha democratizado hasta extremos insospechados. El valor de lo auténtico tiene que pedir permiso para existir porque no puede cohabitar con la altanería. Se lo han prohibido quienes abrazan el mantra de que ya no es necesario haber logrado nada para fantasear. El mérito no reside en la acción, sino en la expectativa.  

Es el triunfo del condicional: «alcanzaría», «estaría», «tendría», «sería». Verbos que no comprometen a nada, pero que permiten inflar el pecho cual ave macho fragata, en época de cortejo, para atraer a las hembras. En esta jarana de la bambolla, la intención vale más que el resultado y la apariencia más que la sustancia. 

Y hablando de enjundia: la cualidad de lo vano es el verdadero motor de este lugar idílico. Lo ilusorio es ligero, brillante, fácil de consumir y aún más sencillo de olvidar. Es perfecto para una sociedad que teme la profundidad como si fuera una enfermedad que se contagia por el aire. Lo aparente no exige reflexión, ni contexto, ni memoria. Solo pide atención inmediata y aplauso rápido. Es el equivalente emocional de una bolsa de patatas fritas: cruje, entretiene y no te sacia, al minuto ya tienes hambre. 

Lo más asombroso es que esta cultura del engreimiento hueco no se sostiene sobre grandes mentiras, sino sobre pequeñas exageraciones. Una tarde normal se convierte en «día inolvidable». Un café corriente se transforma en «momento que hay que institucionalizar». Un paseo anodino se eleva a «trance único». 

La vida se hincha como un globo, pero basta un leve pinchazo para que todo vuelva a su tamaño real. Tú lo sabes, porque de ingenuo no tienes un pelo, pero aun así te prestas al juego. Aceptas incluso que el pulpo pase por animal de compañía, refrendando comportamientos que poco tienen que ver con los valores tradicionales.  

El ERE del Ego 

En esta burbuja impostada, la sencillez es un bien escaso. No porque no exista, sino porque no luce. La sinceridad no genera aplausos. La humildad no acumula seguidores. La vulnerabilidad no se viraliza. Por eso te quedarás pasmado al observar cómo este elenco, tan variopinto, interpreta papeles que no le pertenecen, como actores aficionados en una obra que no ha ensayado. Fingen seguridad, éxito, plenitud. Y lo hacen con tanta convicción que a veces se lo creen.  

Pero la realidad —esa aguafiestas profesional— siempre encuentra la manera de colarse en escena. Llega sin avisar, sin filtros y sin intención de agradar. Y cuando aparece, el paraíso de las vanidades se tambalea. Porque la realidad no entiende de poses, ni de frases grandilocuentes, ni siquiera de épicas inventadas. La realidad es tosca, torpe, contradictoria, tozuda y, ojo, nunca se equivoca. Precisamente por eso, es lo único que merece la pena. 

Salir de la fastuosidad no es sencillo. Requiere renunciar al brillo, al aplauso imaginario y a la ilusión de importancia. Implica aceptar que la vida no siempre es interesante, que no todo tiene que ser memorable y que la grandeza rara vez coincide con lo que se presume.  

Pero también ofrece una recompensa inesperada: la posibilidad de vivir sin la presión constante de aparentar lo que uno no es.  

Quizá, al abandonar este entorno artificial, algunos descubran que lo valioso no necesita escaparate. Que la profundidad no compite con la ligereza, pero la supera. Que la autenticidad, aunque no genere la validación efímera ni se viralice, aporta algo que está cayendo en desuso: paz.  

Y que, al final, constaten que lo único verdaderamente irrelevante es la obsesión por impresionar a quienes no recordarán su nombre cinco minutos después de haberse ido.  

Porque la humildad ni se compra con dinero ni necesita alardes para mostrarse.  

En cambio, la vanidad, sin público, no es nada.