Addoor Sticky

Las rebajas: la romería del descuento

descontos-bf_AnyMaking
Cuando aún no hemos superado los excesos del deporte de cuchillo y tenedor, casi sin solución de continuidad...

Cuando aún no hemos superado los excesos del deporte de cuchillo y tenedor, casi sin solución de continuidad, el año nos propina el primer rally de la temporada: las rebajas de enero.

Con las luces navideñas todavía colgando sobre nuestras cabezas ─y más de uno tentado a visitar una armería para cargarse las bombillas a tiro limpio y, de paso, ahorrar el trabajo de la desinstalación iluminaria─, la vorágine festiva se disuelve en la tómbola del saldo. Ahí vamos, cual rebaño, avanzando disciplinados y como mansas ovejitas hacia el abrevadero del descuento.

En un ejercicio de inconsciencia suma, acudimos como locos a los centros comerciales y grandes almacenes, a sabiendas de que la tarjeta bancaria sufre una tiritera de espanto ─una hipotermia que la ha llevado a la UVI directamente por alcanzar el estado crítico─. Ya no convive ni con el DNI ni con el carné de conducir en la cartera, sino que se recupera en el área de reanimación del cajón de la mesilla.

Nuestra ingenuidad y, cómo no, el autoengaño, nos empujan a la absurda creencia de que disponemos de mayor margen de maniobra usando el plástico rectangular del establecimiento en vez del financiero.
Una estupidez como otra cualquiera, porque no hacemos sino retrasar el pago un par de meses, en el mejor de los casos, para volver a estar con el agua al cuello a las puertas de la Semana Santa. Nos convertimos, antes de tiempo, en penitentes… sí, pero del consumo, porque iniciamos nuestro particular Vía Crucis.

Mas como somos así de empecinados y emulamos, una y otra vez, a Paco Martínez Soria en Don erre que erre, no nos paramos en barras. Nos lanzamos a la aventura como la protagonista de “Confesiones de una compradora compulsiva” que se deja la hijuela en compras de todo tipo.

Derrochando que es gerundio

No solo hacemos una oda a nuestro sentimiento cazurro, esa terquedad con denominación de origen, también parecemos corredores de fondo del gasto, sobre todo, por las vueltas y más vueltas que damos por los pasillos buscando oportunidades al 50 %. Porque no entramos en un comercio, no: accedemos al carrusel de la farfolla y del oropel. Nos convertimos en peregrinos desorientados que siguen destellos celestiales, aunque sean de neón.

Antes de ese acto pasamos por alto las señales de advertencia enviadas por nuestro sentido común, que nos repite machaconamente que no se dan “duros a cuatro pesetas” (siento desconocer su símil en euros).

Aun así, con el cerebro pidiendo la hora por la incesante matraca publicitaria, nos dejamos guiar por el olor a tela nueva y la urgencia mal entendida y, cuando queremos darnos cuenta… ¡zas! ya estamos a codazo limpio revolviendo cajones repletos de gangas.

Esto es solo el principio de la epopeya que bien pudiera titularse “La Divina Comedia” porque transitamos por el infierno, purgatorio y paraíso en una mañana. Tras el averno ─o batalla campal del “totum revolutum”, donde, qué casualidad, nunca encontramos nuestra talla─, atendemos con devoción mariana a los carteles de un rojo chillón que daña la vista.

No susurran: gritan. Con letras gruesas arrojan porcentajes como si fueran verdades reveladas. Te hacen dudar de si estás en un local comercial o en la bolsa. Esos anuncios, estratégicamente colocados, parecen simples anzuelos, pero en realidad son carnaza hipnótica que te subyuga.

Mención especial merecen los sufridos dependientes, quienes, curtidos en mil batallas, observan el comportamiento de la descontrolada marabunta humana con una mezcla de resignación y fortaleza mental, sabedores de que la temporada va a ser larga… muy larga. En la mayor parte de los parques temáticos de la compra impulsiva, el telón de las rebajas no cae hasta bien entrado febrero.

Vendedores con una capacidad de aguante envidiable, especialmente cuando asisten al baile de manos que rebuscan con ansia entre perchas, como quien trata de encontrar pepitas de oro. Los probadores se convierten en confesionarios donde negociamos con nosotros mismos si realmente necesitamos una “imprescindible” cuarta chaqueta o si el descuento es excusa suficiente para absolver el exceso que estamos a punto de cometer.

Que siga la fiesta

Las escenas caóticas se repiten por donde quiera que vayamos. Cuerpos que se esquivan haciendo escorzos imposibles, miradas que fulminan, prendas que desaparecen a velocidad de ciberespacio. En nuestra cruzada particular no vemos más allá de nuestras narices porque para nosotros solo existe el ahora o nunca y la última unidad. Ahí nos batimos en duelo si hace falta, y sin padrinos.

Cuando, exhaustos, alcanzamos la caja, sentimos un sabor engañoso a victoria. Hacemos juegos malabares para sostener incontables prendas, sin reparar en que llevamos material suficiente para abrir una tienda en casa y hacerle la competencia al comercio de la esquina.

Cargamos como mulas con ni se sabe cuántas bolsas, atentando ─una vez más─ contra el medio ambiente. Pero, qué más da, nos llevamos media tienda y eso es lo que cuenta. Esa compra compulsiva es nuestro triunfo particular.

Una vez que abandonamos la verbena adictiva de la bicoca y salimos a la calle, notamos que hace un frío que pela que nos devuelve a enero, aunque igualmente nos hace sospechar que, pasado el fervor, lo que hemos adquirido ni era tan necesario ni tampoco tanto chollo. Incluso dudamos de tener armario suficiente para albergar tanto género.

No importa: hemos cumplido con el objetivo y el atracón obsesivo e incontrolable vuelve a estar servido. De nuevo ─ mira que no aprendemos─ inauguramos el año, amigo lector, con el bolsillo temblando y la conciencia de vacaciones, adorando a Santa Ganga.