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Todología: La pseudociencia de la tontería aplicada

«La humanidad, partiendo de la nada y con su solo esfuerzo, ha llegado a alcanzar las más altas cotas de miseria»...

«La humanidad, partiendo de la nada y con su solo esfuerzo, ha llegado a alcanzar las más altas cotas de miseria». ¡Qué razón tenía el ilustre e inigualable Groucho Marx! Desde luego que era un visionario.

El género humano presume de haber desarrollado tecnologías y materias fascinantes como la física cuántica, la biología molecular, la secuenciación del genoma humano o la arqueología subacuática, por poner solo unos ejemplos. Pero ninguna ha alcanzado —si Groucho levantara la cabeza— el nivel de expansión, popularidad, regodeo y descaro de la “todología”, la pseudociencia de la estulticia.  

Una disciplina sin método, sin rigor y sin vergüenza, cuyo único requisito sine qua non es tener boca —en su defecto teclado— y una seguridad en uno mismo que sonrojaría al Oráculo de Delfos, santuario de la Antigua Grecia considerado el ombligo del mundo. Esa convicción la imitan, con entusiasmo y en la actualidad, los eruditos de barra de bar, empeñados en ser siempre el centro de atención y en explayarse sobre cualquier temática como si cada caña de cerveza les otorgara un nuevo grado académico. Para nuestra desgracia, no es su existencia el mayor de los males, sino su extraordinaria capacidad para multiplicarse. Parecen Gremlins en un parque acuático.

La “todología” no se estudia: se contagia. Y una vez inoculada, el afectado se convierte en un generador automático de opiniones, capaz de disertar sobre cualquier asunto con la misma soltura con la que tú respiras. Así. Sin más. Tal cual. Se queda tan pancho. Nietzsche, frente a semejante lumbrera, sería un simple aficionado.

Sabios universales de pacotilla

El todólogo es un ser alucinante. Lo mismo te explica la inflación que la cría de jirafas, la geopolítica de Oriente Medio o la receta definitiva de la tortilla de patatas. Te analiza el PIB, te corrige la alineación de Luis de la Fuente y te diseña un plan de pensiones en una servilleta de papel. Todo ello sin despeinarse, claro, sin dudar y, sobre todo, sin escuchar. Porque si algo le define es su impermeabilidad: los criterios ajenos rebotan en él como pelotas de goma contra un frontón.  

No distingue entre temas porque, para él —bendito el día en que nació— todos somos igual de simples y mentecatos: basta con tener una opinión y decirla con tono rotundo. La duda es para débiles y sinsustancia; el matiz, para cobardes; el silencio, para ignorantes. El maestro del humo, en cambio, es un experto universal, un sabio renacentista, pero sin renacimiento y sin sabiduría. Su frase favorita es «esto es así», seguida de «yo lo tengo clarísimo», expresión que suele anunciar que no tiene ni repajolera idea.

El “sabelotodismo”, término que ya tenemos que inventar para no ser repetitivos, ha encontrado en las redes sociales su laboratorio perfecto. Ni el profesor Bacterio, personaje creado por el inolvidable Francisco Ibáñez, se hubiera atrevido a probar uno de sus famosos inventos en ese Corral de la Pacheca virtual. Antes, para soltar una barbaridad, necesitabas al menos un interlocutor. Ahora basta con un móvil, un rato libre y la vacuidad mental que tanto caracteriza a estos seres. Cada “me gusta” es una validación científica; cada retuiteo, un texto con bula académica.  

El sofista de cafetería se expande cual virus pandémico: rápido, silencioso y sin control. Y lo más espantoso es que se retroalimenta, creando un entorno donde la estupidez no solo prospera, sino que se celebra por todo lo alto.  

Doctores honoris causa de la ocurrencia

Luego están los todólogos profesionales, los de tertulia, los de plató, los que cobran un “pastizal” por emitir juicios a troche y moche. Hoy te analizan la macroeconomía, mañana la neurociencia, pasado mañana la erupción de un volcán y, la semana siguiente, que el VAR miente como un bellaco en un fuera de juego. Algunos son tan agradables que, mirando fijamente a la cámara, te lanzan una filípica a grito pelado que te dan ganas de tirar el televisor por la ventana.  

Son navajas albaceteñas del comentario: siempre tienen una herramienta a mano, aunque no sepan usar ninguna. Su talento consiste en hablar durante minutos sin decir absolutamente nada, pero con una firmeza y un aplomo a la altura del Doctor House. Eso sí. No le llegan ni a la suela de los zapatos.  

Si mañana se pusiera de moda la apicultura urbana, no tengas ninguna duda de que aparecería uno explicando cómo salvar a las abejas desde un décimo piso con una caña de pescar truchas.  

Mientras tanto, los verdaderos expertos —esos especímenes raros que estudian, investigan y hasta dudan por su condición humana— parecen condenados a la irrelevancia. Hablan con cautela, explican matices, reconocen incertidumbres y sopesan cada palabra que pronuncian. Vamos, justo lo contrario de quienes enarbolan la bandera de la osadía.  

En un mundo que premia la rotundidad, la prudencia suena a inseguridad. El especialista auténtico dice «depende» porque pondera riesgos y por eso es considerado un bicho raro. El todólogo dice «por supuesto» porque su egocentrismo adquiere tintes de Champions League. Y claro, siempre gana el segundo: es más rápido, más contundente y, sobre todo, más entretenido. La duda no vende; la majadería, sí.

Polímatas domésticos

Pero no hace falta irse a la televisión para encontrarlos. No. Qué va. Todos tenemos un analista de cercanía: el cuñado que domina la geoestrategia, el vecino que descubrió la pólvora o el amigo que predijo todas las crisis económicas desde 1982. Son inofensivos hasta que abren la boca. Entonces empieza el espectáculo. A diferencia de los polímatas —individuos con conocimientos profundos y excepcionales en diversas disciplinas— los charlatanes de cabecera son especialmente peligrosos porque te conocen.

Saben dónde pincharte, qué temas te sacan de tus casillas y dominan, como nadie, el arte de llevarte al huerto de la discusión absurda. Y tú, pobre infeliz, caes una y otra vez.  

Eres el tigre de la fábula. El burro te dice que la hierba es azul y tú que es verde. Aquí no hay león que te castigue: ya lo haces tú mismo cuando te das cuenta de que estás discutiendo con un necio cuya terquedad no tiene límites. Pierdes el tiempo y la energía en debatir con alguien que solo busca tener la razón por encima de todas las cosas.

La gran pregunta es de dónde sale tanta confianza en sí mismos. ¿Qué fuente secreta alimenta esa persuasión inquebrantable? Estos charlatanes son inasequibles al desaliento. Algunos dicen que es ignorancia; otros, narcisismo; otros, simple necesidad de aparentar.  

Posiblemente sea un cóctel de todo, aderezado con un toque de pereza intelectual. Pensar cansa. Sentar cátedra, no. Y la “todología”, para estos “doctorados en Google”, ofrece respuestas rápidas, sencillas y equivocadas a problemas complejos, lentos y reales.

Silencio, todólogos pensando

Quizá algún opinólogo profesional —hoy, sin duda, batimos el récord de invención de palabros— esté leyendo esta columna y dispuesto a preparar su réplica magistral. Dirá que son exageraciones, que no es para tanto o que él sí sabe de lo que habla. Lo hará con la misma tranquilidad y certeza con la que explica la fotosíntesis, las excelencias del vino tinto o la fórmula mágica para reducir el paro. No pasa nada. Tiene que haber de todo: expertos, ignorantes, curiosos… e intelectuales de mostrador. Al fin y al cabo, alguien tiene que llenar las tertulias, animar las sobremesas y recordarnos que la soberbia humana es infinita, pero la tolerancia y el aguante no.

Tal vez no se trate de combatir a estos pedantes de ocasión con grandes discursos, sino de reivindicar algo más sencillo: el valor de escuchar antes de opinar, de dudar antes de sentenciar y de aceptar que la complejidad rara vez cabe en un comentario rápido.  

En un mundo saturado de voces, a lo mejor la verdadera inteligencia consiste, simplemente, en no tener siempre la última palabra. Porque si algo consume esta verborrea del que todo lo sabe, además de oxígeno, es tu tiempo, un bien demasiado valioso para dejarlo escapar entre discursos vacíos. Ese tiempo, al fin y al cabo, es oro puro y solo tú deberías decidir cómo gestionarlo.