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El cansancio que nos cuesta la libertad

Rusia no es la superpotencia que teme Occidente. Los datos llevan años diciéndolo

Durante los pasados días me he debatido sobre qué escribir en este ejercicio de redacción que hago todas las semanas. Me tentaba mucho esa nueva izquierda que es medio santa y medio rufián, pero en vísperas de unas fechas llenas de importantes efemérides he preferido centrarme en temas más serios. 

Y dado que nuestro amado líder nacional ha decidido usar la efeméride del 81 como su cobertura de ocultación para esta semana —un episodio sobre el que ya volveremos con la atención que merece—, me deja el camino despejado para centrarme en la efeméride más dolorosa y sangrante para Europa: la guerra de Ucrania, donde llevamos ya tres años contando cientos de miles de muertos y una destrucción que no tiene precedente en el continente desde 1945.

Una primera consideración, porque me parece honesto hacerla. Yo tengo un cierto cariño por Rusia y por los rusos. Durante un año estudié en Moscú ciencias políticas y económicas, en los lejanos tiempos de la perestroika, y fue una experiencia de la que guardo buenos recuerdos y algunos amigos. Lo cual me ha permitido conocer algunas de las realidades de ese país, algo de su carácter. Pero no se equivoquen en lo que es mi opinión sobre esta guerra: creo tener criterio suficiente para no dejarme cegar ni por la ideología ni por las afinidades personales, y tengo bastante claro quién es el agresor y quién el agredido. No hace falta extenderse en ello. Cualquiera de las excusas que Moscú ha utilizado para justificar la invasión queda en nada cuando se recuerda que durante años fueron precisamente ellos quienes financiaban y alentaban los conflictos locales que después invocaron como pretexto.

Rusia no es lo que parecía. Nunca lo fue del todo. El coste de seguir fingiendo que sí lo es lo estamos pagando en moneda de indecisión, de cesión y, en última instancia, de territorio ucraniano

Prefiero aprovechar este cuarto aniversario para algo más útil: reflexionar sobre las capacidades reales de Rusia, sobre lo que la guerra ha revelado de su ejército y de su economía. Porque hay una pregunta que debería descolocar a cualquier analista serio que haya pasado los últimos tres años hablando del "poderío ruso": ¿cómo es posible que la que era considerada la segunda potencia militar del mundo lleve desde febrero de 2022 sin poder tomar una ciudad media de Europa del Este? La respuesta no es cómoda para quienes construyeron su reputación sobre el mito del oso invencible. Pero es necesaria. Rusia no es lo que parecía. Nunca lo fue del todo. Y el coste de seguir fingiendo que sí lo es lo estamos pagando en moneda de indecisión, de cesión y, en última instancia, de territorio ucraniano.

El momento de mirar los datos sin el filtro del pánico es ahora.

Empecemos por la economía, que es donde los mitos se rompen con mayor crueldad. El Producto Interior Bruto de Rusia en 2024 rondó los 2,17 billones de dólares. Suena imponente hasta que uno lo compara: es apenas superior al de España, notablemente inferior al de Italia, y representa el 2% del PIB mundial. La undécima economía del planeta sostiene —o intenta sostener— la aventura imperial más costosa desde la Segunda Guerra Mundial. Así, dicho así, ya suena distinto.

Esto no es el perfil de una potencia en ascenso. Es el de una economía que ha empeñado el futuro de sus ciudadanos para alimentar la vanidad de un hombre

Dirán que el PIB ruso creció un 4% en 2023 y en 2024, y es cierto. Pero es una verdad que engaña con descaro. Ese crecimiento no viene de industrias que generen bienestar, innovación ni exportaciones competitivas. Viene casi íntegramente del gasto en guerra: de fabricar obuses que se consumen en el frente, de pagar salarios de combate que duplican el sueldo medio nacional, de contratos de armamento que inflan las estadísticas sin crear un gramo de riqueza real. Los sectores civiles —consumo, servicios, pequeña empresa, vivienda— llevan meses en retroceso. La patata y la cebolla subieron un 85% en un año. Las ventas de coches nuevos cayeron un 30% en el primer semestre de 2025. Esto no es el perfil de una potencia en ascenso. Es el de una economía que ha empeñado el futuro de sus ciudadanos para alimentar la vanidad de un hombre.

Y el futuro llegó antes de lo previsto. En 2025 la economía rusa entró en lo que sus propios analistas llaman, con ese eufemismo tan revelador, "estancamiento técnico". Los tipos de interés escalaron al 21%, el nivel más alto en dos décadas, intentando contener una inflación desbocada que superó ampliamente los dos dígitos. El crédito se contrajo, las pymes quebraron en cadena, la inversión civil se paralizó. Y entonces llegó la escena que ningún propagandista del Kremlin tenía guionizada: en junio pasado, durante el Foro Económico Internacional de San Petersburgo —el gran escaparate anual del capitalismo de Estado ruso, ese lugar donde se supone que Putin exhibe músculo—, el propio ministro de Economía, Maxim Reshétnikov, admitió ante los micrófonos lo que nadie esperaba escuchar allí: "Basándome en el sentimiento empresarial actual, me parece que estamos al borde de entrar en una recesión". Días después, la presidenta del Banco Central, Elvira Nabiullina, añadió que "muchos de estos recursos están agotados". Los institutos afines al gobierno ya pronostican recesión plena para el verano de 2026.

No es la imagen de una superpotencia. Es la imagen de un país que ha apostado el todo por el todo, pero creyendo que nadie se daría cuenta que solo era un viejo tahúr del Misisipí

No es la imagen de una superpotencia. Es la imagen de un país que ha apostado el todo por el todo, pero creyendo que nadie se daría cuenta que solo era un viejo tahúr del Misisipí, y el mismo empieza a descubrir que las cartas no eran las que creía tener escondidas en su manga.

El cuadro militar no es menos elocuente. La guerra de Ucrania ha sido, entre muchas otras cosas, la mayor auditoría independiente que se haya hecho jamás a un ejército. Y el veredicto para Rusia es de quiebra técnica.

Según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos de Londres, solo en 2024 el ejército ruso perdió más de 5.100 vehículos acorazados: 1.400 tanques de batalla —el equivalente a cuatro divisiones completas— y más de 3.700 vehículos de infantería. Desde el inicio de la invasión, Rusia ha destruido o perdido más del 50% del material blindado con el que contaba en febrero de 2022. Para compensar esas pérdidas produce unos 300 tanques al año. Destruye entre 1.400 y 2.000. El déficit es aritméticamente insostenible, y cualquier estudiante de primer año de economía lo vería.

Lo que realmente desvela el estado de las Fuerzas Armadas rusas no es ningún informe clasificado: es la imagen de sus propios tanques

Lo que realmente desvela el estado de las Fuerzas Armadas rusas no es ningún informe clasificado: es la imagen de sus propios tanques. Ante la imposibilidad de reponer pérdidas con equipamiento moderno, el ejército ha tenido que desenterrar literalmente de los depósitos tanques T-54 y T-62, modelos diseñados en la era de Stalin y Jrushchov, con más de sesenta años a sus espaldas. Mientras tanto, el T-14 Armata —ese tanque del siglo XXI que Putin presentó en 2015 como símbolo de la superioridad rusa, el blindado que iba a hacer obsoleto todo lo occidental— lleva tres años de guerra sin aparecer en el frente. Los motivos oscilan entre los problemas técnicos y el pánico a que Ucrania capture o destruya uno de los contados ejemplares operativos, convirtiendo el símbolo de orgullo en foto de vergüenza.

Las bajas humanas completan el cuadro. Las estimaciones más conservadoras hablan de cerca de un millón de soldados rusos muertos o gravemente heridos desde febrero de 2022, una cifra que supera las bajas combinadas de Estados Unidos en todas las guerras que ha librado desde 1945: Corea, Vietnam, Irak, Afganistán. Para sostener el frente, Rusia ha recurrido a la leva masiva, a contratos millonarios para atraer voluntarios de las regiones más pobres y, lo que debería encender todas las alarmas, a munición suministrada por Corea del Norte y drones iraníes. El "segundo mejor ejército del mundo" tiene que abastecerse en Pyongyang y Teherán. Cuesta reprimir la ironía.

Existe un aspecto de la situación rusa que merece párrafo propio porque afecta directamente al futuro del orden mundial: la relación con China. Se ha presentado como una alianza de potencias, como la consolidación de un bloque alternativo capaz de desafiar a Occidente. La realidad es bastante más prosaica y bastante más humillante para Moscú.

Rusia necesita a China para sobrevivir. China necesita a Rusia para tener petróleo barato y un peón geopolítico de usar y tirar

Desde 2022, China es el salvavidas económico de Rusia. El comercio bilateral alcanzó en 2024 los 240.000 millones de dólares, un récord que tanto Putin como Xi celebraron con grandes aspavientos. Pero los detalles cuentan otra historia. Rusia vende energía a Pekín con descuentos sustanciales —aceptó precios muy por debajo de los que obtenía de Europa— mientras importa de China automóviles, maquinaria, microelectrónica y componentes militares a precios de mercado. El Centro de Análisis de Políticas Europeas lo describió sin ambages: "Rusia se ha convertido claramente en un socio menor, principalmente debido a sus limitadas alternativas económicas". Moscú pensaba que giraba hacia un aliado. En realidad se encadenó a un acreedor. Rusia necesita a China para sobrevivir. China necesita a Rusia para tener petróleo barato y un peón geopolítico de usar y tirar.

No es una alianza. Es una dependencia. Y las dependencias siempre las paga el más débil.

¿Por qué importa todo esto? Importa porque desde hace meses se instala en los debates europeos y norteamericanos una narrativa de agotamiento que es exactamente lo único que le queda a la estrategia de Putin. Si Rusia no puede ganar militarmente —y los datos sugieren que no puede—, su única apuesta real es que Occidente se canse primero. Que el ciudadano europeo, agobiado por la inflación y la distancia psicológica de un conflicto que no ve ni siente directamente, decida que ya es suficiente. Que los gobiernos, mirando sus sondeos, concluyan que es hora de negociar.

En España, mientras tanto, el Gobierno de Sánchez sigue administrando este conflicto con la misma visión estratégica con la que gestiona todo lo demás: foto en Kiev, retórica de ocasión, y luego a otra cosa

Pero negociar con quién. Con un régimen que lleva tres años incumpliendo cada acuerdo al que llegó, que utilizó los Acuerdos de Minsk como tiempo de recarga para volver a atacar, que ha convertido el derecho internacional en papel mojado. Una paz que congele el conflicto en las actuales líneas del frente sería, en el mejor de los casos, un armisticio de conveniencia que dejaría a Ucrania mutilada, a Europa insegura y a Putin convencido de que la violencia funciona. En España, mientras tanto, el Gobierno de Sánchez sigue administrando este conflicto con la misma visión estratégica con la que gestiona todo lo demás: foto en Kiev, retórica de ocasión, y luego a otra cosa.

Hay algo más perturbador todavía. Si Occidente cede ante un ejército que desentierra tanques de los años cincuenta, que compra munición en Pyongyang y cuya economía está al borde de la recesión según su propio ministro, ¿qué mensaje enviamos al resto de potencias revisionistas que observan con atención? ¿Que el chantaje nuclear, aunque proceda de un arsenal cuyo estado real nadie ha verificado de forma independiente, es suficiente para paralizar a las democracias más ricas de la historia?

El gigante tiene pies de barro. Lo que falta determinar es si Occidente tiene la columna vertebral suficiente para no fingir lo contrario.

La historia no juzga a quienes se equivocaron al calcular la fuerza del adversario. Juzga a quienes, sabiendo ya la verdad, eligieron por dejadez mirar hacia otro lado.