Cerredo: la desgracia que no fue casualidad
Hace exactamente un año, Adrián Barbón se pronunciaba con solemnidad presidencial: «No es sólo la palabra del presidente del Principado de Asturias, sino la palabra del fíu de un minero. Vamos a llegar hasta el final. Caiga quién caiga». Días antes, cinco mineros leoneses habían muerto en Cerredo. Hoy, por boca de su portavoz, ese mismo Barbón anuncia que «no es jurídicamente posible» adelantar las indemnizaciones a las familias de los fallecidos y a los heridos. El viaje de una promesa solemne a su incumplimiento exacto ha durado trescientos sesenta y cinco días.
Detrás de cada asunto político hay personas con nombre, casa, hijos y pueblo. Jorge Carro, Rubén Robla, Amadeo Bernabé, Iván Radio y David Álvarez eran vecinos nuestros
Pero conviene empezar de otra manera. Las columnas de opinión tienden a la abstracción, a los marcos conceptuales, a las tesis elegantes, y acaban olvidando que detrás de cada asunto político hay personas con nombre, casa, hijos y pueblo. Jorge Carro, Rubén Robla, Amadeo Bernabé, Iván Radio y David Álvarez eran vecinos nuestros. Cinco nombres leoneses, cuatro de Laciana y uno del Bierzo. Bajaron a una mina en Degaña el 31 de marzo del año pasado y no volvieron a salir. Este artículo tiene que empezar ahí, porque es ahí donde está el centro moral de todo lo que vino después.
Hay personas que producen rechazo antes incluso de que uno pueda ordenar del todo las razones. No por nada que le hayan hecho, ni por trato directo alguno; a veces es solo una apreciación intuitiva a primera vista, y el tiempo acaba desmintiéndola. Otras veces, en cambio, la confirma.
Cuando el personaje ya te inspiraba prevención, uno acaba pensando que tarde o temprano la realidad le presentará factura
He de confesar que con Adrián Barbón me pasa eso desde hace tiempo. Tiene esa mezcla reconocible de suficiencia, impostura y cálculo que amplia la desconfianza instintiva. Y cuando el personaje ya te inspiraba prevención, uno acaba pensando que tarde o temprano la realidad le presentará factura.
Mientras Castilla y León ardía, mientras cinco personas perdían la vida en León y en Ávila, Barbón deslizó, con su suficiencia habitual, la impresión de que al otro lado del puerto estas cosas se gestionaban mejor. Carencias ajenas, lecciones repartidas, la sugerencia flotante de que en Asturias había más oficio y más sensibilidad. Sale barato cuando el fuego está en casa del vecino. Y como siempre no solo era un actos de vileza gratuita, era un acto calculado para postularse a liderar la política de gestión territorial y forestal del noroeste, porque estos vividores de la política tienen claro que hay que buscar el siguiente empleo desde su puesto actual.
Con los años uno aprende que los prejuicios no son la consecuencia de la falta de generosidad: son ahorros de tiempo
Cerredo no ha hecho más que confirmar esa intuición, pero de una manera que ya no admite la coartada de la desgracia. Y es importante decirlo con claridad: aquella intuición inicial no procedía del análisis, sino de la observación de un patrón. Y plagio esto de un columnista porque describe de forma certera mi propio pensamiento, Machado cuenta que Juan de Mairena suspendía a sus alumnos nada más verlos, sin necesidad de examinarlos. Cuando un padre protestó indignado, Mairena respondió con el mismo tono: «Pues sí... ¡Y a veces me basta con ver a su padre!». Con los años uno aprende que los prejuicios no son la consecuencia de la falta de generosidad: son ahorros de tiempo. Son la lectura de un sistema que se repite hasta convertirse en verdad. Y Barbón representa un sistema muy concreto: el de quien siempre flota mientras otros se hunden.
En lo esencial, aquellos incendios de Castilla y León no fueron culpa política de nadie. O no del modo en que se insinuó. Eran el final previsible de cuarenta años de vaciamiento rural, de doscientos treinta y nueve pueblos deshabitados, del desplome del pastoreo extensivo y del aprovechamiento tradicional del monte, de un marco normativo europeo que, con las mejores intenciones, convierte nuestros bosques en acumuladores de biomasa imposibles de gestionar. Mañueco y Quiñones se enfrentaron a algo estructural y en buena parte heredado. Esa es la clave que Barbón eligió ignorar mientras repartía lecciones.
En Cerredo no hubo fatalidad. Hubo decisiones. Hubo omisiones. Hubo papeles firmados, permisos concedidos, inspecciones que nadie quiso hacer, denuncias que nadie quiso leer
Pero en Cerredo no hubo fatalidad. Hubo decisiones. Hubo omisiones. Hubo papeles firmados, permisos concedidos, inspecciones que nadie quiso hacer, denuncias que nadie quiso leer. Hubo, según el informe de más de trescientas páginas que la propia Inspección General de Servicios remitió a la Fiscalía, una presunta trama administrativa que permitió que, bajo la ficción de un proyecto de investigación sobre usos alternativos del carbón, se estuviera extrayendo carbón puro y duro sin autorización, sin plan de labores, sin evaluación de impacto ambiental.
El dato más demoledor no es administrativo. Es humano. Uno de los cinco mineros que murió aquella mañana había grabado en los días previos doce audios a su pareja. En uno de ellos, cuya autenticidad ha confirmado la abogada de las familias, decía con palabras sencillas que no se estaban haciendo las cosas bien y que iba a haber una desgracia. Un hombre bajando cada día anticipando su propia muerte. Y una estructura administrativa por encima, con los elementos en la mano para evitarla, mirando hacia otro lado.
El 12 de marzo, diecinueve días antes de la explosión, una denuncia por escrito advertía al Gobierno de Asturias de que en Cerredo se estaba realizando una actividad extractiva encubierta. No se adoptó ninguna medida. Diecinueve días. Cinco muertos.
El Servicio de Minas recibió un contrato donde la empresa anunciaba abiertamente que subcontrataba a otra para extraer carbón, actividad prohibida, y no realizó ni una sola inspección en diez meses
Lo que ha destapado el informe de la Inspección General va mucho más allá de unos empresarios desaprensivos. Describe un sistema. El Servicio de Minas recibió un contrato donde la empresa anunciaba abiertamente que subcontrataba a otra para extraer carbón, actividad prohibida, y no realizó ni una sola inspección en diez meses. La administración eximió proyectos de planes de restauración obligatorios. Se tomó como propios los argumentos de las sociedades afectadas. Invadió competencias reservadas al Estado al decidir unilateralmente que no había que reintegrar las ayudas al cierre. Y permitió que una empresa cobrase casi un millón de euros del Instituto para la Transición Justa mientras desarrollaba, bajo cobertura administrativa impecable en apariencia, exactamente lo contrario.
Tres exconsejeros de la etapa Barbón aparecen en el horizonte del informe: Enrique Fernández Rodríguez, Nieves Roqueñí y Belarmina Díaz. La Fiscalía ya lo tiene sobre la mesa. Y en el vértice del sistema, como siempre, el mismo hombre que asegura no haber sabido nada.
Pero la verdad es que no necesitaba saber. El sistema estaba diseñado para que aparentemente no tuviera que saber. Que asuma con solemnidad las once medidas correctoras propuestas. Que hable de reformas estructurales y de complejidad administrativa. Que siga en su sitio mientras la responsabilidad se sedimenta hacia abajo buscando el fusible que termine pagando por todos.
Porque Barbón es, esencialmente, un mecanismo: el hombre que siempre flota. El que aparece para la foto y desaparece para la responsabilidad
Aquí reaparece Barbón, y ya no como presidente del Principado, sino como mecanismo. Porque Barbón es, esencialmente, un mecanismo: el hombre que siempre flota. El que aparece para la foto y desaparece para la responsabilidad. El que lamenta lo justo, delega en los técnicos, invoca la prudencia institucional y deja que, dos escalones más abajo, alguien cargue con la factura.
Pertenece a esa clase de dirigentes que han aprendido que en la democracia contemporánea no sobrevive el que mejor gobierna, sino el que mejor administra la distancia entre sí mismo y las consecuencias de lo que ocurre bajo su mando. No hace falta saberlo todo. Basta con mantener intacta la posición desde la que siempre pueda decirse que la responsabilidad última aún no ha subido hasta uno.
Hay, además, una contradicción difícil de digerir entre el discurso obrerista habitual de la izquierda asturiana y lo que Cerredo ha dejado al descubierto. Durante años se invoca al minero, la memoria del carbón, la dignidad de las cuencas, el sacrificio de quienes se dejaron la vida bajo tierra. Todo eso llena discursos, homenajes y aniversarios.
El trabajador sirve para la liturgia. Para la vigilancia real, al parecer, ya no tanto. Y eso es lo más difícil de perdonar. No los errores
Pero cuando aparece una estructura administrativa que permitía, bajo apariencia legal, una actividad presuntamente fraudulenta y peligrosísima para quienes estaban dentro, resulta que nadie sabía nada. Nadie podía imaginarlo. Nadie era responsable de verdad. El trabajador sirve para la liturgia. Para la vigilancia real, al parecer, ya no tanto. Y eso es lo más difícil de perdonar. No los errores. La distancia entre lo que se dice y lo que se hace.
La responsabilidad penal la está estableciendo el Juzgado de Cangas del Narcea. Cuatro personas imputadas por homicidio imprudente, embargo preventivo de bienes, delitos de lesiones y uno contra los derechos de los trabajadores. Ahí hará la justicia su trabajo. Pero junto a esa responsabilidad está la política. Y la política ya tiene nombre, rostro y una promesa incumplida.
«Caiga quién caiga». Una frase que resonaba hace un año como si de verdad significara algo. Hoy sabemos que significaba lo contrario. Que seguía cayendo gente. Solo que no el hombre que estaba arriba. La Secretaría General Técnica de la Consejería ignoró la decisión de los técnicos de cerrar la explotación. Los técnicos la calificaron de «clandestina». La SGT decidió paralizar el expediente y zanjar la situación con una multa de 12.000 euros. Con eso basta. Que caigan los inspectores, los directores, los empresarios. Que caigan todos. Menos quien decidía.
Un año después, ese hombre anuncia por boca de su portavoz que es «jurídicamente imposible» adelantar las indemnizaciones a las familias. Hay algo particularmente cruel en esa frase. No es «no tenemos presupuesto». No es «estudiamos la posibilidad». Es «jurídicamente imposible». Escúdalo técnico, velo de complejidad. Lo mismo que permitió que durante años una mina fraudulenta funcionara con cobertura administrativa impecable.
El patrón se repite. Y los prejuicios tienen razón.
Se acabó el balcón ético. Se acabó la suficiencia con la que resulta tan fácil escrutar los errores del vecino
Cerredo obliga a mirar a Barbón con otros ojos, incluso a quienes no lo miraban con simpatía. Se acabó el balcón ético. Se acabó la suficiencia con la que resulta tan fácil escrutar los errores del vecino. Se acabó el equilibrismo entre la fidelidad disciplinada al sanchismo y la pequeña distancia crítica calculada para parecer algo más que una prolongación del aparato.
El espejo que devuelve Cerredo no es el de un dirigente sólido, prudente y eficaz. Es el de un político que ha dedicado más energía a parecer razonable que a garantizar que la estructura bajo su mando lo fuera de verdad.
Barbón transmitía desde el principio la intuición de que nunca pagaría del todo el precio de nada
Uno aprende con los años que ciertas impresiones iniciales terminan confirmándose por vías que no habría sido capaz de imaginar. Barbón transmitía desde el principio la intuición de que nunca pagaría del todo el precio de nada. Que siempre habría una capa intermedia, un director general, un informe, una comisión técnica, una cortina verbal preparada para amortiguar el golpe antes de que llegase arriba.
Cerredo confirma aquella intuición con la forma más cruel posible: cinco cadáveres de vecinos nuestros, una denuncia ignorada fechada con precisión, audios escalofriantes de un hombre anticipando su propia muerte, un informe de trescientas páginas que describe, punto por punto, cómo lo evitable se convirtió en irreversible, y un presidente que sigue en su sitio mientras la responsabilidad busca siempre hacia abajo.
Jorge, Rubén, Amadeo, Iván, David. Cinco hombres de entre treinta y dos y cincuenta y cuatro años. Padres, hijos, vecinos
Queda la memoria de los cinco. Jorge, Rubén, Amadeo, Iván, David. Cinco hombres de entre treinta y dos y cincuenta y cuatro años. Padres, hijos, vecinos. Gente de Laciana y del Bierzo que bajó a trabajar un lunes por la mañana y no volvió a cenar a casa.
La política asturiana tendrá que dirimir sus responsabilidades en los tribunales, en la comisión parlamentaria y, llegado el momento, en las urnas. La política leonesa tendrá que seguir reclamando lo que corresponde a sus cuencas. Pero lo único importante ya no se puede devolver. Ni a ellos, ni a sus familias, ni a los pueblos que se han quedado un poco más vacíos.
Hay tragedias a las que, por pura decencia, solo cabe acercarse descubriéndose. Esta es una de ellas.
Y quien presidía el sistema que lo permitió, el hombre que siempre flota mientras otros se hunden, que prometía que caería quién cayera y luego anuncia lo jurídicamente imposible mientras sus técnicos llevaban razón todo el tiempo, no está en condiciones de dar lecciones a nadie. Ni ahora. Ni nunca más.