Como siempre, todos ganan
La noche del 21 de diciembre en Extremadura ofreció un nuevo espectáculo electoral para estudio para cualquier observador de la política española. Cuatro candidatos, cuatro discursos de victoria. María Guardiola salió al escenario agitando la bandera extremeña para celebrar una "victoria incontestable". Óscar Fernández proclamó que Vox era "el ganador real de esta noche". Miguel Ángel Gallardo, tras cosechar el peor resultado de la historia del PSOE en la región, compareció para denunciar el "fracaso" de Guardiola. E Irene de Miguel exigió la dimisión de la presidenta por ser "la gran perdedora". Todos ganaron. Todos triunfaron. Todos reivindicaron el aval de las urnas. El problema es que todos mintieron.
Porque, quizá el sordo sea yo, pero creo que las urnas dijeron algo muy distinto a lo que estos cuatro personajes quisieron escuchar. Casi el sesenta por ciento de los extremeños votó al bloque de centroderecha. En democracias serias, esa cifra se reserva para aprobar reformas constitucionales o cambios estructurales. Es un mandato claro, rotundo, inequívoco. El electorado castigó sin contemplaciones al partido que gobernó Extremadura durante décadas y dio al Partido Popular más votos que a toda la izquierda junta. El mensaje no podía ser más nítido: queremos cambio, queremos estabilidad, queremos que alguien gobierne esta región sin dramas ni bloqueos. Y, sin embargo, lo que van a recibir los extremeños probablemente es exactamente lo contrario.
Guardiola convocó elecciones para liberarse del duro trabajo que conlleva llegar a pactos, si bien es probable que hubiera tenido que hacerlo más tarde que pronto. Pero pensó que podía librarse de Vox por la vía rápida, y a pesar de su afición por recoger ideas desde la izquierda, no pensó que Marx tenía razón en aquello de que la historia se repite primero como tragedia y después como farsa, y le salió mal la maniobra a lo Moreno.
Una victoria, sí, pero construida sobre la desmovilización del adversario, no sobre un crecimiento real de apoyos
Gastó siete millones de euros del erario buscando la mayoría absoluta que le permitiera gobernar sin ataduras ideológicas. El resultado: un escaño más conseguido con once mil votos menos que en mayo de dos mil veintitrés, beneficiada por una participación que cayó hasta el sesenta y tres por ciento, la más baja de la historia autonómica extremeña. Una victoria, sí, pero construida sobre la desmovilización del adversario, no sobre un crecimiento real de apoyos. Y una dependencia más asfixiante de la formación de Santiago Abascal. Vox pasó de cinco a once diputados, duplicando su peso parlamentario y convirtiéndose en un socio mucho más exigente que antes del adelanto electoral, y para colmo ya sabemos que a Santiago eso de las regiones no le preocupa demasiado y no dudará en usar a los extremeños como ariete para sus planes nacionales.
Sigue siendo la tercera fuerza de la comunidad, pasando de un papel testimonial a otro importante, aunque subordinado
Óscar Fernández, el candidato de Vox que pocos conocían hace tres meses, subió al estrado del Parador de Mérida para anunciar que Extremadura quería "mucho más Vox, el doble de Vox, más del doble de Vox". Sus cuentas son creativas. Vox dobló escaños, sí, pero lo hizo sin superar el diecisiete por ciento del voto ni liderar ninguna de las dos provincias, lo que delimita claramente el alcance real de su crecimiento. Sigue siendo la tercera fuerza de la comunidad, pasando de un papel testimonial a otro importante, aunque subordinado. Si el mandato de las urnas hubiera sido "mucho más Vox", la formación de Abascal habría superado al PSOE no solo en la capital pacense sino en el conjunto de la Asamblea. No fue así. Vox creció a costa de un adversario en descomposición y con una lectura tan inflada de los datos que roza el autoengaño.
Las mayorías absolutas se descomponen como azucarillos si no responden a las expectativas
Fernández prometió que defenderían "mañana lo mismo que ayer", es decir, las mismas exigencias maximalistas que llevaron al bloqueo presupuestario. El mandato, al parecer, no incluye estabilidad ni mejoras para los extremeños, pero no tengan dudas los votantes de derechas no son rehenes de su voto, ni creen en artificios como la izquierda, y como pasó a nivel nacional, las mayorías absolutas se descomponen como azucarillos si no responden a las expectativas.
Su partido registró el peor dato de su historia en una región que durante cuarenta años fue su granero electoral
Miguel Ángel Gallardo compareció después de medianoche para admitir que el resultado era "muy malo, sin paliativos". Fue lo único honesto que dijo en toda la noche. Perdió diez escaños, ciento seis mil votos, y quedó tercero en Badajoz capital, por detrás de Vox. Su partido registró el peor dato de su historia en una región que durante cuarenta años fue su granero electoral. Y, sin embargo, Gallardo dedicó su intervención a culpar a Guardiola de haber fracasado en su intento de mayoría absoluta. La pregunta, según él, era "para qué han servido estas elecciones". Buena pregunta. Desde luego no sirvieron para que el PSOE extremeño hiciera autocrítica. Tampoco para que su candidato, procesado judicialmente, presentara su dimisión. Gallardo convocó a su ejecutiva para "analizar el resultado", un eufemismo que significa aplazar lo inevitable mientras se busca una salida a su expediente judicial.
Pero De Miguel dedicó su discurso a pedir la dimisión de Guardiola, a quien calificó de "gran perdedora" por no lograr la mayoría absoluta
Irene de Miguel, la candidata de Unidas por Extremadura subió tres escaños y lo celebró como si hubiera ganado las elecciones. "Somos luz de esperanza para la izquierda transformadora", proclamó. Los datos dicen otra cosa. El PSOE perdió diez escaños y ella solo capitalizó tres. El bloque progresista suma veinticinco diputados frente a los cuarenta de la derecha. Pero De Miguel dedicó su discurso a pedir la dimisión de Guardiola, a quien calificó de "gran perdedora" por no lograr la mayoría absoluta. Es una lectura peculiar de la aritmética. Guardiola ganó las elecciones con once escaños de ventaja sobre el PSOE y más votos que toda la izquierda. Pero según De Miguel, eso es perder.
Ganar, al parecer, es quedarse en siete escaños sin posibilidad alguna de gobernar.
Lo fascinante de esta noche electoral no es que todos mintieran. Es que todos mintieron con la misma convicción
Lo fascinante de esta noche electoral no es que todos mintieran. Es que todos mintieron con la misma convicción. Cada uno construyó su relato de victoria, su narrativa heroica, su interpretación favorable de unos números que en realidad no admiten mucha interpretación. Y lo hicieron porque la política española se ha convertido en una fábrica de ficciones donde lo que importa no es lo que dicen las urnas sino lo que cada partido logra vender a su militancia y a los medios de comunicación.
Guardiola ganó, pero depende más de Vox. Vox creció, pero sigue subordinado al PP. El PSOE se hundió, pero culpa a los demás. Unidas por Extremadura mejoró, pero sigue siendo irrelevante. Todos tienen razón. Todos están equivocados. Todos ignoran lo esencial, porque en otro caso sus resultados tendrían consecuencias que en muchos casos son incapaces de admitir.
Convocar elecciones no es una maniobra neutra. Es una decisión institucional de alto coste que exige una justificación proporcional. Cuando el resultado es más dependencia y menos margen, la responsabilidad no puede diluirse en el crecimiento ajeno. Guardiola apostó por la vía electoral como solución a un problema político que admitía negociación, y el veredicto de las urnas no le dio la razón. Eso no es una victoria técnica que se compense con gimnasia dialéctica. Es un error de cálculo que pagará Extremadura con meses de provisionalidad presupuestaria y parálisis institucional. Porque gobernar sin presupuestos no es gobernar. Es administrar la espera.
Porque lo esencial es que casi seis de cada diez extremeños votaron por el cambio
Porque lo esencial es que casi seis de cada diez extremeños votaron por el cambio. No por la revolución ni por la reacción, sino por el cambio gestionado, ordenado, responsable. Votaron para que alguien gobernara esta comunidad sin convertir cada presupuesto en un drama existencial. Votaron para que se acabaran los bloqueos, los chantajes, las estrategias electorales que anteponen el cálculo partidista al interés general.
La historia reciente de las relaciones entre el PP y Vox en otras comunidades ofrece una lección que Guardiola debería estudiar. En Valencia, cerró un acuerdo presupuestario cediendo en inmigración y en el Pacto Verde. En Murcia, aceptó cerrar centros de menores y recortar subvenciones sindicales. En Baleares, pactó manteniendo a Vox fuera del gobierno, pero aceptando su influencia programática. Todos ellos lograron aprobar presupuestos. Todos ellos evitaron el bloqueo institucional.
En Extremadura y en Aragón, en cambio, los gobiernos del PP encaran el ejercicio sin presupuestos aprobados. Y la diferencia no está en la aritmética parlamentaria, sino en la actitud política. En unos territorios se negoció con voluntad real de acuerdo; en otros se optó por trasladar el problema a las urnas, confiando en que fueran los ciudadanos quienes resolvieran un bloqueo que correspondía a los partidos gestionar. Pero ese tiempo parece haber pasado.
Los votantes ya no están dispuestos a ejercer de árbitros de estrategias fallidas ni a asumir el coste de cálculos partidistas. No entender esto agrava el problema de fondo: una derecha incapaz de administrar con inteligencia el hundimiento de la izquierda. Una derecha que aún no ha aprendido a convertir una mayoría social clara en estabilidad institucional.
En Castilla y León está claro que nadie esperaba una aprobación de presupuesto a cuatro meses de unas elecciones obligadas. Y veremos en unos meses como se resuelve estos problemas con las correlaciones electorales que se produzcan.
Guardiola tiene el peor perfil de todos los presidentes autonómicos del PP para entenderse con Vox
Guardiola tiene el peor perfil de todos los presidentes autonómicos del PP para entenderse con Vox. Ahora, tras el adelanto, Vox tiene once diputados y un mandato reforzado para exigir más. Fernández ya ha advertido que defenderán cada voto "con uñas y dientes" y queda claro que el juego no va a depender de las necesidades de los votantes que los han elegido, el tablero se amplía, y todos van a ser moneda de cambio, para el resto de los siguientes procesos electorales. Y muy probablemente sirviendo de salvavidas para una izquierda que siempre ha entendido que el bloque es lo importante y los acuerdos son factibles siempre que sean necesarios. Punto. Sin matices.
Los extremeños votaron por estabilidad, por gestión, por normalidad. Votaron para que alguien se ocupe de las infraestructuras, del empleo, de la sanidad, de frenar la despoblación
¿Es eso lo que votaron los extremeños? Probablemente no. Los extremeños votaron por estabilidad, por gestión, por normalidad. Votaron para que alguien se ocupe de las infraestructuras, del empleo, de la sanidad, de frenar la despoblación. No votaron para que su comunidad se convierta en un laboratorio de las tensiones nacionales entre PP y Vox. Pero eso es probablemente lo que van a tener. Porque Guardiola necesita a Vox para gobernar y Vox necesita demostrar que el PP no puede gobernar sin ellos. El resultado es un círculo vicioso donde la gobernabilidad de Extremadura queda subordinada a la guerra fría entre Génova y Bambú.
El PSOE, por su parte, ha decidido refugiarse en la negación. Ferraz culpa al candidato, el candidato culpa a Guardiola, y nadie se pregunta por qué un partido que gobernó Extremadura durante cuatro décadas perdió ciento seis mil votos en una sola noche. La respuesta es tan obvia que duele, pero mejor aferrarse al voto que han conservado, aunque sus votantes lo hayan emitido tapándose la nariz. Mejor repetir que Guardiola es la gran perdedora por no conseguir la mayoría absoluta. Mejor cualquier cosa que asumir responsabilidades.
Las elecciones de Extremadura son un ejemplo perfecto de esta dinámica. Todos ganaron porque todos encontraron una manera de presentar los números a su favor
La clase política española lleva años perfeccionando el arte de convertir derrotas en victorias, fracasos en éxitos, bloqueos en estrategias. Es un ejercicio de gimnasia mental donde lo único que importa es mantener la narrativa partidista, alimentar a las bases con mensajes reconfortantes y evitar a toda costa que la realidad contamine el relato. Las elecciones de Extremadura son un ejemplo perfecto de esta dinámica. Todos ganaron porque todos encontraron una manera de presentar los números a su favor.
Pero cuando todos ganan, es que nadie gobierna. Y cuando nadie gobierna, la democracia deja de ser una herramienta y se convierte en un escenario. Los extremeños gastaron siete millones de euros en unas elecciones que les devolvieron más bloqueo, más dependencia entre socios hostiles y más incertidumbre institucional. Vieron desplomarse al partido que gobernó durante décadas sin que nadie asumiera responsabilidades. Vieron crecer a quien promete más confrontación. Y vieron a todos proclamarse vencedores mientras la región seguía sin presupuestos, sin acuerdos, sin gobierno estable.
El mandato del sesenta por ciento pedía justo lo contrario. Extremadura no votó para aplaudir relatos. Votó para que la derecha, que obtuvo ese respaldo inequívoco, asumiera el coste político de decidir. Pero en la política española actual, escuchar al electorado es opcional. Proclamarse ganador, obligatorio. Cuando gobernar se confunde con sobrevivir, la política deja de servir al ciudadano y empieza a servirse de él.