Cuando el adversario se convierte en enemigo
Recuerdo vívidamente el 11 de marzo de 2004, cuando los trenes de Madrid fueron atacados. Mientras escuchaba los primeros rumores que apuntaban a ETA, algo en mi interior descartaba inmediatamente esa posibilidad. No porque fuera ingenuo respecto a la capacidad de violencia de la organización terrorista, sino porque entendía que, por más extremistas que fueran, eran personas que habían crecido en el mismo tipo de sociedad que yo, con los mismos valores básicos sobre la vida humana.
ETA asesinaba, sí, pero siempre buscaba una justificación para sus actos. En su retorcida lógica, sus víctimas eran "culpables" de algo: representaban al Estado, colaboraban con el "opresor", o encarnaban un sistema que consideraban injusto. Nunca asumí que llegaran al punto de considerar que cualquier ciudadano, culpable o inocente, mereciera morir simplemente por el terror que pudiera generar su muerte. Esa masacre indiscriminada me hizo comprender que estábamos ante un tipo de extremismo diferente, uno capaz de justificar el asesinato masivo sin más objetivo que sembrar el terror por el terror mismo, y eso me parecía incompatible con los valores morales de nuestro modelo cultural.
Debo confesar algo que me resulta incómodo recordar: yo mismo vengo del mundo de la izquierda. Me formé políticamente en un momento donde la dictadura limitaba nuestras posibilidades de participación democrática. La dicotomía era simple: libertad o apoyo a la dictadura. Los defensores activos de esa libertad eran las organizaciones de carácter comunista en sus distintas variantes: leninistas, maoístas, eurocomunistas. Era lo que bullía en la sociedad de mis años de despertar político.
Durante aquellos años, participé del conocimiento y la formación política dentro del ámbito del marxismo. Y sí, reconozco que había una actitud de comprensión hacia la violencia política de grupos como ETA, Terra Libre o el GRAPO. Tal vez no estaba dispuesto a aceptar personalmente la violencia, pero sí veía que aquella violencia podía tener una justificación. Cuando no encontraba esa justificación, me refugiaba en la excusa que ahora me avergüenza: "ellos sabrán por qué lo han hecho, seguro que tienen algún motivo".
Hubo un momento clave en mi evolución personal. Estaba tomando un café con dos amigas de toda la vida, hijas de un Guardia Civil. En medio de una de mis "justificaciones" de la violencia política, vi la desesperación en sus ojos cuando comprendieron que yo estaba justificando la posible muerte de su padre. Un hombre que probablemente nunca había hecho nada fuera de lo que marcaban las leyes, que nunca se había sobrepasado contra nadie, pero que podía morir simplemente porque alguien consideraba que por llevar un uniforme era culpable. Ese día personalicé el dolor. Ya no vi más a "un miembro de las fuerzas del orden muerto en un atentado". Vi al padre de mis amigas. Y eso cambió todo para mí.
La evolución posterior del terrorismo en España, especialmente cuando llegó la democracia y ETA mantuvo sus planteamientos violentos en un contexto de libertad, ahondó mi rechazo. El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco fue el punto de inflexión social definitivo: ni siquiera su propio entorno pudo entenderlo. Fue el principio del fin, no ya de la organización, sino de su capacidad de tener apoyos fuera de su núcleo más duro de militantes.
El Caso de Utah: Qué Sabemos y Qué No
Según las autoridades de Utah, el sospechoso detenido, Tyler Robinson, permanece bajo investigación por el asesinato de Charlie Kirk. En la escena se hallaron vainas con mensajes de corte político y de cultura de internet; el contenido exacto sigue contrastándose públicamente. Los investigadores han confirmado que Robinson había expresado previamente su desprecio hacia el activista conservador, al que veía como "alguien que propagaba odio".
Lo que me resulta profundamente perturbador es reconocer en este joven el producto de un ecosistema mediático y cultural que durante años ha equiparado sistemáticamente ciertas ideas políticas con violencia literal. Si Kirk no era simplemente alguien con ideas equivocadas, sino un "fascista" que representaba una amenaza existencial, entonces su eliminación no solo se justifica, sino que se convierte en un acto de legítima defensa.
Pero hay algo aún más inquietante en esta violencia: su absoluta inutilidad. No estamos hablando de una violencia revolucionaria que intente cambiar estructuras sociales, derrocar gobiernos o implementar programas políticos específicos. Esta es violencia sin más: la violencia de alguien que probablemente sabía que se frustraría en un debate con Kirk, que probablemente no lograría hacerle cambiar de opinión y que, por tanto, prefiere eliminarlo físicamente. Es la violencia de la frustración intelectual, alentada políticamente, pero sin que lleve a ningún cambio real. Es el recurso de quien ha renunciado a la persuasión y al debate porque teme perder en el terreno de las ideas.
Pensé en toda aquella evolución personal cuando vi las reacciones al asesinato de Charlie Kirk. Lo que me ha estremecido no ha sido solo el acto en sí, sino la respuesta de sectores que hasta hace poco consideraba parte de mi propia comunidad moral. En los programas matutinos de televisión, he visto periodistas insinuar con medias palabras que Kirk "se había buscado su destino", que sus opiniones eran suficientemente provocadoras como para justificar una respuesta violenta, y no solo eso en la cadena pública además de esta disculpa por sus ideas, se contextualizó con piezas sobre ‘ultraderecha’ y líderes como Trump/Milei.
He leído en redes sociales comentarios celebrando su muerte, describiéndolo como un "fascista" que "propagaba odio" y que, por tanto, merecía ser silenciado definitivamente.
La Degradación Moral en Tiempo Real
Fue una experiencia de este mismo domingo la que me terminó de abrir los ojos sobre hasta dónde ha llegado esta degradación moral. Estaba esperando para recoger un pollo asado cuando tuve la desgracia de coincidir con un socialista acérrimo de esos que convierten toda su cultura política en la negación sistemática de cualquier cosa que pueda afectar a su organización o pensamiento. Delante de mí estaban dos jóvenes que tuvieron que aguantar su monólogo mientras esperábamos.
Lo que presencié fue un espectáculo lamentable: este hombre repitió cada uno de los argumentos que había escuchado en el telediario de la una, con la simplicidad que le permitía su pensamiento y esa capacidad extraordinaria de mantener incongruencias flagrantes en su discurso. Su acompañante, una mujer, de vez en cuando intervenía con el argumento supremo: "Si no les votamos, ¿quién va a venir? ¿La derecha?".
Los jóvenes, víctimas de esa corrección social que nos impide llevar la contraria a esta gente de izquierdas, optaron por la equidistancia: "Es verdad, todos son malos, todos tienen la culpa". Cuando llegaron al asesinato de Charlie Kirk, comenzó la justificación que me dejó helado. Como el argumento de que "se lo había buscado" es muy duro de defender abiertamente, este hombre prefirió insinuar que probablemente había sido Trump o la propia derecha quien había matado a Kirk para crear una reacción de choque contra la izquierda.
Este episodio no pretende representar a nadie salvo a sus protagonistas, pero ilustra cómo funciona en tiempo real la maquinaria de negación y justificación que está destruyendo nuestra capacidad de convivencia.
La Deconstrucción de los Límites Éticos
Esta experiencia me hizo reflexionar sobre algo que vengo observando en nuestros círculos más pequeños: día a día se impone una deconstrucción moral que justifica cualquier violencia, cualquier barbarie, siempre que pueda haber una causa mínima que sirva para defenderla.
Lo que más me preocupa es constatar que este pensamiento —que alguien que piense contrariamente merece morir— está mucho más extendido en las izquierdas de lo que jamás habría imaginado. No hablo solo de los extremistas marginales, sino de personas aparentemente normales, educadas, que, en sus círculos sociales, en sus trabajos, en sus conversaciones cotidianas, han normalizado completamente la idea de que ciertas ideas políticas no solo son incorrectas, sino que constituyen una amenaza que justifica la eliminación física de quien las sostiene.
Los cabecillas en redes sociales imponen con descaro la justificación de esta violencia política, incluso cuando llega hasta límites de muerte que les parece natural. Su argumento es siempre el mismo: el asesino no ha matado porque sea un asesino con unas ideas, sino que la propia víctima, con su firmeza y sus planteamientos, ha "radicalizado" al asesino hasta el punto de que "no le ha quedado más remedio" que matarlo. Es la lógica perfecta del victimario: la culpa siempre es de la víctima.
Cuando el Adversario se Convierte en Enemigo
Durante años creí que, independientemente de nuestras diferencias políticas, todos compartíamos ciertos límites éticos fundamentales. Pensaba que la dignidad humana era un valor transversal, que el derecho a la vida trascendía cualquier disputa ideológica, que el debate y la persuasión eran los únicos métodos legítimos para resolver nuestras diferencias. Creía que vivíamos en lo que podríamos llamar una "comunidad moral": un espacio donde, más allá de nuestros desacuerdos, manteníamos principios básicos compartidos.
Esta lógica de la eliminación me resulta demasiado familiar: es exactamente la misma que utilizaba yo mismo en mis años de juventud para justificar la violencia de ETA, hasta que la personalización del dolor me hizo despertar. En mis estudios de ciencia política aprendí la distinción crucial entre adversario y enemigo que define las democracias liberales. Los adversarios políticos comparten reglas básicas del juego democrático, aunque difieran en sus objetivos. Los enemigos, en cambio, no reconocen la legitimidad del otro y buscan su eliminación.
Lo que estoy presenciando es la transformación sistemática de adversarios en enemigos. Quienes sostienen posiciones conservadoras ya no son vistos como ciudadanos con ideas diferentes, sino como amenazas que deben ser neutralizadas. Y cuando se deshumaniza al adversario hasta convertirlo en enemigo absoluto, cualquier medio se vuelve justificable.
El Riesgo de la Espiral Vengativa
Me inquieta profundamente hacia dónde nos dirigimos como sociedad. Tras el asesinato de Kirk hemos visto reacciones políticas encontradas: condenas cruzadas, vigilias, amenazas contra legisladores demócratas en Utah, y sectores conservadores que hablan ya de "guerra" contra la izquierda progresista. Esta espiral de deshumanización mutua me recuerda demasiado a los prolegómenos de las grandes tragedias históricas. Cuando ambos bandos dejan de ver humanidad en el otro, cuando la diferencia ideológica se convierte en causa suficiente para el exterminio, ya no hay vuelta atrás sin un esfuerzo consciente y extraordinario.
Pero lo que más me ocupa es constatar que esta deconstrucción moral está haciendo que mucha gente sensata rechace cada día más estos argumentos y esta relajación ética. Paradójicamente, los promotores de esta violencia justificada están generando una base social cada vez mayor que quiere quitarles de ahí, que se da cuenta de cómo han perdido completamente el norte moral.
Ideas Contra Balas
Debo ser absolutamente honesto: Charlie Kirk era un pensador con el que coincidía en bastantes planteamientos, aunque en algunas cosas estaba muy alejado de mi pensamiento político. Pero eso es precisamente lo que está en juego: el derecho al debate, al razonamiento, a la discusión y, sobre todo, a que la gente pueda decidir libremente después de escuchar diferentes planteamientos.
Lo decisivo no es coincidir con Kirk, sino proteger la gramática común que hace posible la convivencia: las ideas se combaten con ideas, no con balas; el adversario tiene derecho a existir y expresarse; y la dignidad humana no es transaccionable.
No escribo esto como militante de ninguna causa política particular, sino como alguien que ha vivido en carne propia la evolución desde la justificación de la violencia hasta su rechazo absoluto. Escribo como alguien que ha visto cómo se desmorona ante sus ojos una forma de convivencia que creía sólida e imperecedera.
El asesinato de Charlie Kirk debe servirnos como una alarma. Debemos preguntarnos honestamente si queremos continuar por este camino de radicalización creciente, donde las diferencias se resuelven a tiros, o si aún estamos a tiempo de reconstruir los consensos básicos que nos permiten vivir juntos en democracia. Mi llamada no es a la neutralidad ideológica —todos tenemos el derecho y el deber de defender nuestras convicciones— sino al restablecimiento de límites éticos fundamentales.
Porque al final, la pregunta no es si Charlie Kirk tenía razón o no en sus planteamientos. La pregunta es si queremos seguir siendo una sociedad civilizada o si preferimos hundirnos en la barbarie de la violencia política justificada por la certeza ideológica. La comunidad moral que creía inquebrantable se desmorona ante mis ojos. Y como alguien que ya vivió una vez la experiencia de despertar de las justificaciones de la violencia, solo espero que otros puedan hacer ese mismo recorrido antes de que sea demasiado tarde.