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Cuando la catenaria mata...

Manifestación en defensa de Feve transitando por el centro de la capital en 2018. Foto: Campillo
...una tragedia en dibujos animados 

Permítanme que empiece esta columna confesando algo: cuando escuché que el Ministerio de Transportes, por boca del presidente de la Diputación, Gerardo Álvarez Courel, argumentaba que no se puede traer el tranvía al centro de León por "razones de seguridad de la catenaria" —textual: un "peligro mortal"—, lo primero que me vino a la cabeza fue Homer Simpson. Ya saben: el personaje agarra un cable de alta tensión, se le ve el esqueleto por transparencia durante medio segundo, su pelo explota en llamas y termina carbonizado con los ojos girando en espiral. Pues bien, al parecer nuestros gestores públicos han confundido un episodio de Los Simpson con un informe técnico del MIT.

Porque eso es lo que nos están vendiendo: que las catenarias —esos cables que alimentan trenes y tranvías por toda Europa desde hace más de un siglo— son, de repente, un arma de destrucción masiva capaz de fulminarnos a todos en las calles de León. Y que no existe, escuchen bien, "tecnología" que permita solucionarlo. Courel lo dijo con toda la seriedad del mundo: "Cuando exista la tecnología que lo permita, se abrirá". Como si estuviéramos esperando que Elon Musk invente la antimateria o que los de Starfleet nos pasen el plano del teletransporte.

La realidad, claro, es bastante más prosaica y muchísimo más vergonzosa.

La tecnología que no existe (desde 1992)

Tomemos un respiro. Abramos Google. Escribamos "tren-tranvía" y demos al botón. ¿Qué encontramos? Pues que la ciudad alemana de Karlsruhe lleva operando este sistema — atención al detalle— desde 1992. Hace treinta y tres años. La misma tecnología que en León es "imposible por razones de seguridad" lleva tres décadas funcionando en Alemania con vehículos que circulan a 750 voltios en corriente continua por el centro de las ciudades y a 15.000 voltios en corriente alterna cuando salen a la red ferroviaria nacional. Sin electrocutados. Sin esqueletos fosforescentes. Sin Homer Simpson.

Sigamos: Alicante tiene su tren-tranvía desde 2007. Ha transportado más de 80 millones de viajeros en 18 años. Cádiz inauguró el suyo en octubre de 2022 —hace apenas dos años— y funciona con doble tensión: 750 voltios en las calles de Chiclana y San Fernando, 3.000 voltios cuando se incorpora a la línea de Adif hacia la capital. ¿El resultado? Más de dos millones de viajeros anuales y cero carbonizados. Kassel, Mulhouse, Sheffield, Estrasburgo... La lista es interminable. Europa entera está plagada de catenarias mortales que, misteriosamente, no matan a nadie.

Pero claro, en León somos especiales. Aquí la electricidad es más agresiva. Aquí la física funciona distinto. Aquí las leyes de Ohm se suspenden por decreto provincial.

Setenta y un millones para un paseo de peatones

Recapitulemos, porque la cosa tiene su gracia. En septiembre de 2011 —hace catorce años, casi tres lustros completos— se clausuró la estación de Matallana con una promesa: en 18 meses tendríamos un flamante tren-tranvía conectando la ciudad con los pueblos del Torío. Inversión prevista: 71 millones de euros. Para dos kilómetros de recorrido. Sí, han leído bien: 71 millones. Suficiente para construir tres hospitales comarcales o para que cada leonés tuviera un Tesla Model 3.

¿Qué tenemos hoy, en 2025? Una trinchera fantasma entre La Asunción y Matallana que se usa como carril bici y paseo de perros. Las vías están ahí, oxidándose. La infraestructura está construida. Todo listo. Solo falta un pequeño detalle: electrificarla y poner los malditos trenes. Pero eso, nos dicen ahora, es imposible. Demasiado peligroso. Muy mortal. Mucha catenaria.

Mientras tanto, Adif ni siquiera ha entregado oficialmente la obra al Ayuntamiento, así que nadie la mantiene. Los desperfectos se acumulan. El hormigón se agrieta. Los raíles se cubren de maleza. Setenta y un millones de euros convertidos en el decorado más caro de la historia del cine español. Un monumento a la incompetencia en formato high definition.

El arte de cambiar de opinión sin ruborizarse

Lo mejor de todo —y aquí viene el golpe maestro de la tragicomedia— es que el propio Courel, ese mismo que ahora nos habla del "peligro mortal", hace apenas siete meses decía exactamente lo contrario. En abril de 2025, ante la Plataforma en Defensa del Ferrocarril, declaró: "No tiene mucho sentido que el tren se pare a uno o dos kilómetros del centro de León, sobre todo cuando ya está la infraestructura hecha". Y añadió: "Todos tenemos claro que esa es la opción. Esto no va de política, sino de sentido común".

Sentido común. Ahí lo tienen.

Seis meses después, en octubre, el mismo Courel ya defendía que "la solución más rápida" eran autobuses eléctricos. Y ahora, en noviembre, nos viene con que no hay tecnología. Uno no sabe si admirar la flexibilidad ideológica o preocuparse por la salud mental del prójimo. Quizá sea ambas cosas.

¿Y el secretario de Estado de Transportes, José Antonio Santano? Ese ha sido el artífice de la obra maestra: introducir por primera vez en la historia de esta saga infinita el argumento de la catenaria asesina. Como si en España no circularan tranvías por docenas de ciudades. Como si Madrid, Barcelona, Sevilla, Zaragoza, Murcia, Vitoria o Valencia no tuvieran cables eléctricos colgando sobre las calles. Pero claro, en esas ciudades votan mejor. O peor. O diferente. Quién sabe.

Nos toman por imbéciles (y con razón)

Porque al final, señores, de eso va todo esto: de tomarnos por tontos. De pensar que los leoneses somos tan crédulos que nos tragamos cualquier milonga con tal de que venga envuelta en lenguaje técnico y cara de circunstancias. "Imposibilidad técnica", dicen. "Normativa ambiental", apuntan. "Dificultades de la Agencia de Seguridad Ferroviaria", rematan. Y ahora, la joya de la corona: "peligro mortal de la catenaria".

Es insultante. No ya por la mentira —que lo es—, sino por lo burda que resulta. Por lo poco que se han molestado en disimular. Es como si un alumno copiara la Wikipedia en un examen y, cuando le pillan, argumentara que "no existe tecnología para detectar plagios". Patético.

Y, sin embargo, funciona. Porque aquí seguimos, año tras año, legislatura tras legislatura, eligiendo a los mismos. PSOE, UPL, otra vez PSOE, otra vez UPL. Un bucle eterno de promesas, retrasos, excusas, nuevas promesas y vuelta a empezar. Catorce años viendo pasar trenes que nunca llegan. Setenta y un millones enterrados en una trinchera que no sirve para nada. Y nosotros, tan contentos, votando cada cuatro años a quien nos prometa exactamente lo mismo que no cumplieron los anteriores.

Quizá el problema no sea solo que nos tomen por tontos. Quizá el problema sea que, efectivamente, lo somos.

La catenaria del cinismo

Hay algo profundamente deprimente en todo este asunto. No es solo la incompetencia —que la hay, y oceánica—. No es solo la manipulación —que también—. Es el cinismo. Esa capacidad infinita de nuestros gestores para mirarnos a los ojos y decirnos que no existe tecnología para hacer lo que media Europa lleva haciendo tres décadas. Esa desfachatez de prometer lo imposible sabiendo que nunca lo cumplirán. Esa seguridad de que, pase lo que pase, el próximo 28 de mayo volveremos a votar como borregos.

Porque mientras en Cádiz han tardado menos años en construir y poner en marcha un trentranvía completo que nosotros en decidir si queremos uno, mientras Alicante transporta millones de pasajeros al año en un sistema que aquí es "técnicamente inviable", mientras Karlsruhe lleva 33 años demostrando que se puede hacer, en León seguimos esperando.

Esperando que "exista la tecnología". Esperando que alguien invente el cable eléctrico. Esperando, supongo, el fin del mundo.

La estación de Matallana lleva catorce años cerrada. Los trenes se quedan a dos kilómetros del centro. Los setenta y un millones se pudren bajo la maleza. Y Courel, Santano y toda la caterva de gestores incompetentes que nos gobiernan tienen la desfachatez de decirnos que es culpa de Homer Simpson.

Pues no señor. No es culpa de la catenaria. No es culpa de la tecnología. No es culpa de la física ni de las normas europeas ni de la Agencia de Seguridad Ferroviaria.

Es culpa de ustedes. De su incompetencia. De su desidia. De su desprecio absoluto hacia los ciudadanos a los que dicen servir.

Y también es culpa nuestra. Por seguir votándoles.