Addoor Sticky

El milagro educativo de Santovenia

Cómo un Ayuntamiento resolvió el problema de sus aulas decidiendo que el futuro no existía

A veces me gusta salir de los análisis políticos generales y ser testigo de lo que pasa a mi lado, incluso como en esta tribuna de la que soy protagonista y por supuesto no quiero parecer que oculto que soy parte de esta noticia.

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que los niños de nuestro colegio daban clase en el pasillo

Hubo un tiempo, no tan lejano, en que los niños de nuestro colegio daban clase en el pasillo. Lo cuento así, sin adornos, porque así era: faltaban aulas y faltaba un sitio donde los maestros, que apenas son tres, pudieran reunirse a organizar el curso. Las familias llevaban años pidiendo lo de siempre, una ampliación. No pedían un milagro. Pedían más aulas y una sala. Pues bien: esta semana, en el pleno extraordinario, que la oposición tuvimos que solicitar para hablar del futuro educativo de Santovenia, asistí a algo parecido a un milagro. El problema, nos vinieron a decir, ya no existe. Se ha resuelto solo. Sin una sola obra, sin un solo ladrillo.

Conviene recordar cómo empezó todo, porque la memoria es lo primero que un mal gobierno necesita que olvidemos. Hace menos de dos años, ante la acumulación de alumnos y la demanda reiterada del propio Consejo Escolar, el equipo de gobierno hizo lo razonable: encargó un estudio de necesidades, concluyó que había que ampliar y compró un solar. No un solar cualquiera. El único colindante con el centro en el que la ampliación era posible a corto plazo, porque el colegio se asienta sobre una parcela amplia pero calificada como zona verde, y recalificar habría exigido un proceso urbanístico tan largo que ninguno de los niños que hoy se apretujan llegaría a verlo terminado. El arquitecto municipal redactó la memoria: dos aulas nuevas y una sala para otras actividades. Modesto, pero exacto. La solución cabía en un papel.

Y entonces apareció el muro. Cuando se pidió el preceptivo informe económico, la Hacienda autonómica emitió informe desfavorable. ¿La razón? No que faltara dinero —el Ayuntamiento de Santovenia presume de remanente y no tiene problemas de liquidez—, sino que pagaba a sus proveedores con más de año y medio de retraso. Y aquí conviene detenerse, porque no es un tecnicismo. La ley es tajante: las administraciones públicas deben pagar en treinta días. No en cuarenta, no en sesenta, no cuando apetezca. Treinta. Un ayuntamiento que tiene el dinero y aun así hace esperar año y medio a quien le presta un servicio no tiene un problema de tesorería. Tiene un problema de prioridades. O si el problema es como dicen solo de errores documentales, tiene un problema de organización.

El solar comprado para el colegio se quedó quieto, esperando una decisión que no llegaba. Hasta que llegó. Y fue peor que la espera

Lo razonable, llegados a ese punto, era corregir el incumplimiento, o aclarar el error que lo generó, y volver a pedir el informe: la propia Hacienda dejaba esa puerta abierta. Se podía. Bastaba con ponerse al día y reclamar de nuevo el visto bueno. Pues bien, en dos años no hubo tiempo. Tiempo para la rumorología, para lo trivial y para despejar responsabilidades, todo menos atender a lo que tiene importancia para el futuro de nuestro municipio, bueno ni para el presente; todo menos tiempo para lo que de verdad pedían los vecinos, para eso ninguno. El solar comprado para el colegio se quedó quieto, esperando una decisión que no llegaba. Hasta que llegó. Y fue peor que la espera.

Año y medio después, el equipo de gobierno descubrió que aquel solar —comprado, repito, con el fin exclusivo de mejorar la educación de nuestros hijos— ya no hacía falta para ampliar el colegio. Que mejor lo destinamos a una casa de usos múltiples. Ojo: una casa de cultura hace falta, no lo discuto. Lo que no entra en ninguna cabeza es que se levante precisamente en el único solar pegado al colegio, el único que servía para crecer, cuando el Ayuntamiento dispone de otras parcelas mejor situadas para ese uso. Es como comprar harina para hacer pan y dos años después anunciar que la reservas para engrudo. Sin harina y sin pan.

Es una verdad a medias, y las verdades a medias son las más cómodas

El gobierno municipal tiene su coartada preparada y a un chivo expiatorio, y hay que reconocerla antes de desmontarla: la educación, dicen, es competencia de la Junta de Castilla y León, y la Junta se ha negado a invertir tanto en el colegio de Santovenia como en el de Villacedré, igual que ha rechazado el comedor que reclaman los padres. Es una verdad a medias, y las verdades a medias son las más cómodas. Cierto que la competencia es autonómica; que cada cual responda de lo suyo. Pero es igual de cierto por más que parezca injusto que esas decisiones se toman en función de cifras y que esas cifras se combaten con proyectos o con acciones que motiven el cambio de decisiones, nadie obligó la Junta a comprar el solar, a encargar el estudio ni a redactar la memoria de las dos aulas. Eso lo decidió el propio Ayuntamiento y era una decisión necesaria para facilitar cambios en el plan de educación cuando las cifras no ayudan. Y nadie, desde luego, le obligó a tardar año y medio en pagar a sus proveedores hasta hacer saltar por los aires su propio informe favorable. Lo que el equipo de gobierno no puede explicar es por qué enterró el proyecto correcto que él mismo había puesto en marcha.

Un problema desaparece por decreto el mismo día en que estorba a quien debería resolverlo

Llegamos así al pleno de esta semana, el que tuvimos que pedir para intentar devolver al solar su destino original. Y aquí la concejala de Urbanismo, Natividad Lucio Calero, ofició de lo que viene siendo su especialidad: enterrar el futuro de Santovenia bajo dilaciones, incompetencia y desgana: para seguir siendo la rémora del futuro de Santovenia. Porque urbanismo es exactamente eso, decidir para qué sirve cada metro de un pueblo, qué se siembra y qué se deja morir. Y su decisión, ratificada por la alcaldesa, María Villagrasa, y por todo el equipo que la acompaña en este camino, fue de la de siempre, preferir la agonía del ayuntamiento, y la explicación en este caso es de las que merecen quedar por escrito: nos explicaron que ya no hay problema, había desaparecido. Que no hay acumulación de alumnos, que no la va a haber en el futuro, y lo más sorprendente es que son los maestros y los padres de los niños los que lo ratifican y aplauden. Que el espacio sobra. Que los maestros, como apenas son tres, caben de sobra para reunirse hasta en el vestíbulo. Y, en el fondo, que para qué tanto plan educativo si Santovenia no va a tener niños. El milagro, ya digo, consiste en eso: en que un problema desaparece por decreto el mismo día en que estorba a quien debería resolverlo.

Hay una manera barata de no construir un aula: declarar que no habrá niños que la llenen.

Y no es la primera vez. Empieza a ser costumbre que la oposición tenga que forzar un pleno extraordinario para que en Santovenia se hable de lo que importa, mientras el gobierno responde con el silencio o con la ausencia. Pero que sea costumbre no lo vuelve normal. Un Ayuntamiento se mide por lo que construye, no por lo que se ahorra el trabajo de construir.

Cada vez que asisto a estas cosas pienso en Almanza. Es un pueblo pequeño, en una de las comarcas más castigadas por la despoblación de toda la provincia, y sin embargo es uno de los poquísimos municipios de León que ha logrado darle la vuelta al calendario demográfico y crecer. No por azar. Porque su alcalde, Javier Santiago Vélez, lleva años repitiendo que «el mundo rural de León tiene futuro y oportunidades», y se comporta en consecuencia, convencido de que un pueblo que quiere vivir empieza por cuidar a sus niños y aumentar su número, aunque como él dice “ninguno es suyo”. La diferencia entre Almanza y Santovenia no está en el mapa —uno pelea contra todo en mitad de la montaña; el otro lo tiene todo a favor en mitad del alfoz de León—. La diferencia está en quién gobierna y en qué mira cuando mira a su pueblo.

Porque Santovenia no es Almanza: a Santovenia no le toca pelear contra la geografía, le toca aprovecharla. Estamos a nueve kilómetros de León, al pie de las autovías, en ese alfoz al que llegan cada año las parejas jóvenes que ya no pueden, o no quieren, vivir en la capital. Y esas parejas miran dos cosas antes de comprar una casa: primero el precio, después los servicios. De todos los servicios, el primero que pesa cuando hay hijos es el colegio. Quien instala su vida en Villaquilambre, en Sariegos, en Onzonilla o en Valverde de la Virgen no lo hace para cinco años: lo hace para veinticinco o para cincuenta. Son decisiones que no se deshacen. Cada familia que el alfoz gana, la gana para una generación. Y cada familia que Santovenia ahuyenta, la pierde para siempre.

Un pueblo que pierde su escuela no pierde un edificio: pierde a sus niños, y con ellos el comercio, el médico, la vida

Lo más triste es que el daño no se verá en un titular, sino despacio, casa por casa. Muchos niños de Santovenia ya no se socializan en Santovenia: o se van por el comedor que no tenemos, o se dispersan a otros centros, o sencillamente sus padres prefieren para ellos una escuela que crece a una que se encoge. Y un pueblo que pierde su escuela no pierde un edificio: pierde a sus niños, y con ellos el comercio, el médico, la vida. Lo hemos denunciado muchas veces: cada servicio que se va lo hace porque cada vez somos menos los que lo necesitamos. Y somos menos, en buena parte, porque alguien decidió que así fuera.

El milagro de Santovenia, en fin, no es que el problema se resolviera. Es que el gobierno municipal decidió que nunca había existido, y se quedó tan tranquilo. Lo de verdad milagroso habría sido más prosaico: dos aulas, una sala, un comedor. Lo que pedían los maestros y las familias desde hace años. En su lugar tendremos, quizá, un edificio polivalente en el peor sitio posible y la certeza administrativa de que no harán falta más aulas porque no habrá más niños. Es una profecía, sí. Pero de esas que se cumplen solas, porque quien las pronuncia es justamente quien tiene en la mano evitarlas. Ojalá me equivoque. Pero un pueblo no envejece por accidente: envejece cuando alguien, pudiendo evitarlo, prefiere el camino cómodo. En Santovenia ya sabemos quién, y ya sabemos por dónde.