Netanyahu no es Hitler
Aunque intento no convertir las tribunas de opinión en una sucesión de réplicas personales, hay expresiones que no pertenecen al terreno de la discrepancia, sino al de la degradación moral del debate público.
Es banalizar el nazismo, invertir la memoria histórica y utilizar precisamente el símbolo del exterminio judío para deslegitimar al Estado judío
La comparación que realizó Max Alonso hace unos días de Benjamín Netanyahu con Adolf Hitler no es una crítica dura, ni una licencia literaria, ni una exageración inocente. Es banalizar el nazismo, invertir la memoria histórica y utilizar precisamente el símbolo del exterminio judío para deslegitimar al Estado judío. En el mismo instante en que empecé a escribir estas líneas, dos hombres judíos son apuñalados en Golders Green, Londres, en lo que la policía británica declara incidente terrorista. En Perú, el presidente de la república vincula a los judíos con la responsabilidad histórica de la Segunda Guerra Mundial. En las embajadas de Alemania e Israel llueven exigencias de rectificación.
No es una casualidad que estos hechos ocurran en paralelo. Es un síntoma. Una demostración en tiempo real de cómo el antisemitismo clásico se reinventa en el lenguaje de la política contemporánea, cómo la banalización del nazismo en columnas de opinión se convierte en justificación implícita de la violencia en las calles, y cómo ciertos líderes políticos dicen en público lo que ciertas ideologías murmuran en los espacios donde se sienten cómodas.
La frontera entre la crítica política rigurosa y la forma moderna del antisemitismo se ha vuelto tan borrosa que la mayoría de quienes la cruzan ni siquiera notan que están cruzándola.
El columnista no tenía intención de incitar a nadie. Escribía un análisis político sobre Netanyahu. No estaba pidiendo apuñalamientos en barrios judíos ni exigía que los presidentes culpabilizaran colectivamente a un pueblo. Estaba solo ejerciendo crítica. O así lo cree. Pero ese es precisamente el problema: que la frontera entre la crítica política rigurosa y la forma moderna del antisemitismo se ha vuelto tan borrosa que la mayoría de quienes la cruzan ni siquiera notan que están cruzándola.
El problema no es la crítica. Es la estructura de la crítica.
Nadie debería negar que Israel comete errores. Que Netanyahu ha sido objeto de controversias. Que sus políticas generan consecuencias reales y a menudo dolorosas. Eso es legítimo señalarlo. Pero hay un abismo entre eso y lo que ocurre en demasiadas columnas de opinión, redes sociales y discursos políticos: la construcción de una narrativa donde Israel es el mal absoluto, donde sus enemigos están de algún modo legitimados, donde la crítica se convierte en demonización.
Esa estructura es idéntica a la del antisemitismo clásico. Solo que, en lugar de judíos en abstracto, el objeto es Israel. En lugar de hablar de conspiraciones, se habla de "control mediático" o de "influencia". En lugar de denunciar a "la raza judía", se denuncia al "régimen sionista". El resultado es el mismo: una culpabilización global, la atribución de intenciones genocidas a partir de selección sesgada de hechos, la negación de contexto, la inversión moral de la realidad.
Lo que no forma parte del debate legítimo es convertir a Israel en el nuevo Tercer Reich y presentar a sus enemigos como equivalentes morales de quienes combatieron al nazismo
Se puede criticar a Netanyahu. Se puede censurar una operación militar, discutir una estrategia, denunciar excesos, exigir proporcionalidad o defender soluciones diplomáticas. Todo eso forma parte del debate legítimo. Lo que no forma parte del debate legítimo es convertir a Israel en el nuevo Tercer Reich y presentar a sus enemigos como equivalentes morales de quienes combatieron al nazismo.
La comparación con Hitler no describe: absuelve. Si Netanyahu es Hitler, Israel pasa a ocupar el lugar simbólico del nazismo. Si Israel ocupa ese lugar, sus enemigos dejan de ser grupos armados, teocracias o movimientos terroristas y pueden presentarse como quienes luchan contra el nazismo. Y si luchan contra el nazismo, ¿quién podría condenarlos? Ahí está la trampa moral: la máxima referencia histórica del mal absoluto se utiliza para deslegitimar no solo a un gobernante, sino a todo el marco moral en el que existe Israel.
Ese es el clima intelectual que hace más fácil que la violencia antisemita encuentre coartadas morales. No porque una columna produzca un ataque concreto, sino porque ciertas palabras ayudan a degradar el umbral moral con el que una sociedad mira a los judíos.
Hay una característica común en el discurso que demoniza a Israel: la omisión estructurada. No aparece el 7 de octubre. No aparecen los rehenes. No aparecen los escudos humanos. No aparece Hamás diciendo explícitamente que quiere destruir Israel. No aparecen los Houthis disparando misiles, ni Hezbollah acumulando armamento en la frontera, ni Irán amenazando aniquilación. Lo que aparece es la respuesta israelí a todo eso, descontextualizada, como si ocurriera en el vacío moral.
La realidad de que Israel esté rodeado de actores políticos cuyo objetivo explícito es su desaparición resulta incómoda para ese esquema. Así que se omite
Esa omisión no es accidental. Es ideológica. Funciona de acuerdo con un esquema binario simple: opresores y oprimidos. En ese esquema, Israel solo puede ser opresor. Sus enemigos solo pueden ser oprimidos. La realidad de que Israel esté rodeado de actores políticos cuyo objetivo explícito es su desaparición resulta incómoda para ese esquema. Así que se omite.
Pero aquí viene lo importante: esa omisión es lo que facilita la justificación de la violencia. Porque si aceptas la narración completa —si entiendes que Israel vive rodeado de actores políticos y militares que han incorporado a su doctrina, a su propaganda o a su práctica armada la desaparición del Estado judío, donde Hamás no lucha por dos estados sino por la destrucción de uno, donde los disparos de misiles contra civiles son la estrategia deliberada de tus enemigos— entonces la crítica a Israel sigue siendo válida, pero su defensa propia deja de ser una opción política más y se convierte en una necesidad existencial.
Y es aquí donde el discurso occidental se quiebra. Porque Occidente —la democracia liberal, los derechos humanos, el Estado de derecho— tiene una elección moral clara: puede criticar a Israel por cómo lidia con esa situación imposible, pero no puede negar que esa situación existe. No puede convertir a Israel en el atacante fundamental sin mentir. No puede transferir la responsabilidad histórica a quienes simplemente intentan no desaparecer.
Israel es, en su contexto regional inmediato, la única democracia con separación de poderes, prensa independiente y ciudadanos que votan y recurren sus gobiernos ante los tribunales
Conviene añadir un elemento que el debate suele silenciar: Israel es, en su contexto regional inmediato, la única democracia con separación de poderes, prensa independiente y ciudadanos que votan y recurren sus gobiernos ante los tribunales. Eso no lo convierte en infalible, pero sí en algo radicalmente distinto de sus adversarios declarados. Ignorar esa diferencia no es neutralidad; es una distorsión que beneficia precisamente a quienes no distinguen entre ambos modelos porque no tienen interés en hacerlo.
El antisemitismo clásico culpabilizaba a los judíos de todo lo malo: de conspirar contra naciones, de controlar medios y bancos, de estar siempre del lado del enemigo. No era una crítica a una política concreta. Era una metáfora de poder invisible, de culpabilidad colectiva, de maldad estructural.
El antisemitismo contemporáneo funciona así, pero con ropa nueva. Ya no culpabiliza a los judíos directamente. Culpabiliza a "Israel" o al "sionismo". Pero mantiene las estructuras idénticas: la atribución de responsabilidades imposibles, la búsqueda de una culpa que explique todo, la negación de la legitimidad de existencia.
Cuando un presidente de la república vincula a los judíos con la responsabilidad de la Segunda Guerra Mundial está siendo explícito en lo que otros son implícitos
Cuando un presidente de la república vincula a los judíos con la responsabilidad de la Segunda Guerra Mundial está siendo explícito en lo que otros son implícitos. Pero el mecanismo es el mismo: culpar colectivamente a un pueblo, invertir la historia, buscar la raíz del mal en una identidad.
Y cuando eso ocurre sin consecuencias políticas reales, cuando se retracta con un comunicado de prensa que nadie lee, cuando el sistema político no considera suficientemente grave castigar el antisemitismo abierto en un presidente, entonces se envía un mensaje. Un mensaje que llega a las calles de Londres de la mano de quien apuñala a dos hombres porque son judíos.
El columnista que compara a Netanyahu con Hitler probablemente no se reconoce en nada de lo anterior. Se considera una persona de principios, defensor de los derechos humanos. No verá conexión entre su artículo y el ataque de Golders Green. Y en sentido estricto tendrá razón: su columna no incitó explícitamente esa violencia. Pero el problema es que no necesita hacerlo. La narrativa ya circula: Israel como régimen ilegítimo, sus enemigos moralmente redimidos por su debilidad relativa. Y esa narrativa llega, de algún modo, al agua que respiran quienes apuñalan gente en las calles.
Hay una responsabilidad en cada palabra que escribimos cuando el tema es Israel. Porque no circulan solo en espacios de análisis. Circulan en una realidad donde hay gente que busca coartadas para odiar a los judíos. Y cuando esas palabras convierten a Israel en el nuevo nazismo, contribuyen a una atmósfera en la que el antisemitismo deja de parecer odio y empieza a disfrazarse de virtud. Ese es el verdadero peligro: el antisemitismo contemporáneo no siempre llega con símbolos viejos ni con gritos reconocibles. A veces llega envuelto en superioridad moral, en lenguaje humanitario y en tribunas que creen estar denunciando el mal cuando en realidad están ayudando a cambiarlo de nombre.