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Posar y callar

La foto está fechada el 7 de mayo de 2026 y se hizo en La Virgen del Camino...

La foto está fechada el 7 de mayo de 2026 y se hizo en La Virgen del Camino. Cinco personas posan ante la terminal del aeropuerto de León: Elena Mayoral, directora general de Aeropuertos de AENA; Gerardo Álvarez Courel, presidente de la Diputación; Roberto Aller, vicepresidente y responsable de Fomento; Nicanor Sen, delegado del Gobierno en Castilla y León; y Ángel Rubal, director del aeródromo. Todos sonríen. La iconografía es la habitual de estos actos: trajes oscuros, manos a los costados, una pequeña distancia entre cuerpos que el fotógrafo intenta cerrar para que la imagen transmita armonía. Detrás de ellos, la verja del aeropuerto y el cielo plomizo de mayo en León.

Una cascada de verbos amables —valorar, ofrecer, facilitar— que tenían la virtud de ocultar al ciudadano lo que en realidad había ocurrido aquella mañana en La Virgen del Camino

La foto se distribuyó el mismo día por los gabinetes de prensa de las tres instituciones. Acompañada, eso sí, de un comunicado al que conviene no quitarle ninguna palabra. AENA, decía la nota, había "valorado positivamente" la reunión. AENA había "ofrecido las instalaciones de la antigua terminal". AENA "facilitará contactos" con operadores logísticos. Una cascada de verbos amables —valorar, ofrecer, facilitar— que tenían la virtud de ocultar al ciudadano lo que en realidad había ocurrido aquella mañana en La Virgen del Camino: que la empresa pública estatal acababa de comunicar a los responsables provinciales que el Estado no construirá la terminal de carga del aeropuerto leonés, que el dinero, si llega, lo pondrán otros, y que la institución provincial debía resignarse a hacer de comercial, como dijo, con bastante crueldad y bastante razón, el portavoz popular en la Diputación.

Conviene leer despacio el comunicado que UPL emitió aquella misma tarde. Decía la formación leonesista, sin que se le rompieran los músculos faciales al firmarlo, que la visita de Mayoral era el "fruto" de "la presión ejercida" por UPL en el gobierno provincial. Que se mostraba "prudente dentro de la satisfacción". Que se quedaba "vigilante" de cara a los siguientes pasos. Es decir: la dirección general estatal había venido a anunciar que no iba a invertir un euro, y la formación que durante años se ha presentado como la única defensora de los intereses leoneses celebraba la visita como una conquista propia. La nota daba a entender que el éxito consistía en haber traído al funcionario, no en haber obtenido nada del funcionario.

El presidente Courel asumió la representación, defendió el resultado y se comprometió a ejecutar con medios propios el nuevo acceso por el polígono de Trobajo del Camino

Lo más expresivo, sin embargo, no fue el comunicado. Fue la rueda de prensa. Allí, ante los periodistas, Roberto Aller no abrió la boca. La crónica de la reunión, recogida con limpieza por la prensa local, lo describe sin necesidad de adjetivos: el presidente Courel asumió la representación, defendió el resultado y se comprometió a ejecutar con medios propios el nuevo acceso por el polígono de Trobajo del Camino —la obra que la Diputación se compromete a hacer porque AENA no la hace—. El vicepresidente leonesista estuvo presente, recibió a la dirigente estatal, posó para la foto y se calló.

La traducción al castellano corriente de esa escena no es complicada. Ocho meses esperando a Mayoral, una reunión de despacho largamente anunciada, la promesa de un punto de inflexión histórico para el aeropuerto leonés, y al final del día el único compromiso ejecutivo es que la Diputación —es decir, el contribuyente leonés— costee el vial de acceso al polígono. Lo demás son contactos por correo electrónico. Y, sin embargo, lo que más ha indignado a parte de la sociedad civil leonesa no es el "no" de AENA, sino el "sí" de UPL. Porque, hablando con propiedad, en aquella reunión hubo dos noes: el del Estado al proyecto, y el de los leonesistas a la reivindicación.

Cinco meses antes, en el Palacio de los Guzmanes, los mismos protagonistas habían posado con José Antonio Santano, secretario de Estado de Transportes, en un acto institucional convocado para "informar" a los alcaldes de la línea León-Guardo

No es la primera foto. Cinco meses antes, en el Palacio de los Guzmanes, los mismos protagonistas habían posado con José Antonio Santano, secretario de Estado de Transportes, en un acto institucional convocado para "informar" a los alcaldes de la línea León-Guardo sobre el futuro del ferrocarril de vía estrecha. La explicación oficial, transmitida con la voz pausada que se reserva para los momentos delicados, decía que el tren-tranvía hasta la estación de Matallana era inviable y que, en su lugar, se implantaría una "solución provisional y reversible": un autobús eléctrico circulando sobre las vías ya tendidas. Provisional. Reversible. Dos adjetivos que, en política, suelen significar lo contrario de lo que enuncian.

Pasaron pocas semanas hasta que se supo lo que aquella reunión había callado. ADIF, dependiente del mismo Ministerio del compareciente Santano, había encargado a la empresa pública Ineco, el 20 de junio de 2025 —es decir, cinco meses antes de la reunión informativa con los alcaldes—, un proyecto técnico de casi cinco millones de euros y dos años de ejecución, cuyo título oficial es «Proyecto de adaptación de la traza tranviaria de León para la circulación de autobuses eléctricos». O sea: el Ministerio convocó a los alcaldes a una reunión sobre el futuro del FEVE cuando el futuro del FEVE ya había sido enterrado por contrato. La reunión no era una consulta. Era un comunicado de prensa con sillas.

Y allí estaba, otra vez, la cúpula de la Diputación. Allí estaba Courel, sirviendo de anfitrión socialista al secretario de Estado socialista. Y allí estaba, otra vez, Roberto Aller, el vicepresidente leonesista, dando cobertura institucional al acto sin levantar la voz contra lo que su propio partido lleva años denunciando: que ADIF y Renfe han tirado más de cuarenta millones en una integración fallida, que la línea de vía estrecha más larga de Europa termina hoy en un apeadero a dos kilómetros del centro de León, y que el llamado "bus eléctrico" no es una solución sino la coartada para arrancar definitivamente las vías ya instaladas y vender las parcelas urbanas resultantes —veinticinco millones de beneficio neto para ADIF, según las cuentas que ha aireado el PP—. Si la primera foto enseñó cómo se renuncia a una terminal de carga, la segunda enseñó cómo se renuncia a un ferrocarril. Y en ambas, los mismos rostros sonrientes.

Cabe entonces preguntarse cómo es posible que dos episodios tan parecidos hayan acabado en idéntico paripé fotográfico con la complicidad pasiva de la formación que más ruido hace en defensa de León

Cabe entonces preguntarse cómo es posible que dos episodios tan parecidos hayan acabado en idéntico paripé fotográfico con la complicidad pasiva de la formación que más ruido hace en defensa de León. La respuesta no es ideológica. Es estructural. Conviene retroceder a 2021 para encontrar la primera versión del mismo guion. Aquel año, el entonces vicepresidente de la Diputación, Matías Llorente —representante de UPL sin estar afiliado al partido, hombre del sindicalismo agrario—, sentenció ante los micrófonos: «El pacto está funcionando de puta madre». La frase se hizo célebre. En mayo de 2022, cuando el Consejo General de UPL votó por unanimidad romper aquel pacto con el PSOE de Eduardo Morán por incumplimiento manifiesto de la mitad de los puntos firmados, Llorente desobedeció a su propio partido, se negó a entregar el acta, pasó a la categoría de no adscrito y mantuvo la vicepresidencia hasta su fallecimiento. UPL se quedó sin representación en la institución provincial, pero el Gobierno —el suyo, el del PSOE— continuó intacto y agradecido.

Hoy, casi un lustro después, el vicepresidente Roberto Aller declara que el pacto con Álvarez Courel «goza de buena salud». La frase es más decorosa, pero el contenido es exactamente el mismo. Dos protagonistas, dos legislaturas, idéntico registro. Y, sobre todo, el mismo cargo defendido por encima de la militancia formal del propio partido. Allí está el patrón, y aquí su moraleja. La UPL es una formación capaz de movilizar emocionalmente a un nicho del electorado leonés con un discurso de defensa identitaria, pero cuando uno de sus representantes accede a un puesto ejecutivo de relevancia, la lógica del cargo se impone con limpieza sobre la lógica del discurso. El vicepresidente prefiere conservar la vicepresidencia a defender lo que la vicepresidencia debería servirle para defender. No es excepción. Es regla.

Mientras tanto, los hechos. La Diputación de León cerró el ejercicio de 2025 con un mínimo de ochenta y siete millones y medio de euros sin comprometer en sus cuentas: dinero que duerme en el banco, según las cifras del propio diputado de Hacienda, mientras los municipios denuncian el estado de la red provincial. Una red de tres mil trescientos kilómetros donde el deterioro estructural ha movilizado quejas formales del PP en Castropodame y de Izquierda Unida en municipios tan dispares como Santovenia de la Valdoncina, Chozas de Abajo, Valdefresno, Garrafe de Torío o La Cabrera. Aller anunció a finales del año pasado, con la solemnidad del que cree resolver el problema con un titular, la creación de una Oficina de Expropiación destinada precisamente a desatascar las carreteras pendientes. Sesenta días después, sin avances. Esa Oficina existe en una rueda de prensa. Las carreteras siguen existiendo en otro sitio.

La diferencia entre León y esas dos capitales no es técnica, no es de competencia jurídica, ni de ratio de población, ni de orografía. Es estrictamente política

El contraste comparativo es lo que más hiere, y es el contraste que la cúpula provincial nunca cita. En Vitoria, la terminal de carga del aeropuerto es una inversión directa del Estado, no un encargo a la iniciativa privada. En Zaragoza —aeropuerto también compartido por usos civiles y militares, como el de León— se resolvieron hace años las dificultades técnicas con Defensa y la terminal mueve hoy ciento ochenta y tres mil toneladas anuales: la tercera de España. La diferencia entre León y esas dos capitales no es técnica, no es de competencia jurídica, ni de ratio de población, ni de orografía. Es estrictamente política, y es traducible en una pregunta incómoda que la prensa local lleva semanas formulando sin que nadie la conteste: ¿qué tiene Vitoria que no tenga León? La respuesta, sospecho, es triste de enunciar: Vitoria tiene quien la defienda; León tiene quien se haga la foto.

Vuelvo a la imagen del 7 de mayo. Vuelvo a esa terminal del aeropuerto y a las cinco siluetas alineadas frente al objetivo. Y vuelvo, sobre todo, a un detalle que la foto no enseña pero que las crónicas describen con precisión: que cuando los periodistas pidieron una declaración al vicepresidente leonesista, este no la dio. Permaneció presente, escoltó al presidente, posó cuando hubo que posar y se retiró sin abrir la boca. Es una imagen que recuerda a otras escenas recientes de la política española —escenas en las que el segundo, sin tener voz propia, acompañaba al primero allá donde el primero iba—. No por lo que hubiera de delictivo en ellas: no es de eso de lo que hablo. Por la coreografía. La función política de estar consiste en validar con la presencia lo que se debería impedir con la palabra. Es la versión institucional del silencio cómplice. Y es, exactamente, lo que la UPL ha hecho en estos dos episodios.

Estar. Estar en la foto con el secretario de Estado mientras se enterraba el ferrocarril. Estar en la foto con la directora de AENA mientras se descartaba la terminal de carga. Estar y, después, emitir un comunicado celebrando la propia presencia como si fuera una conquista. No lo es. Es la confesión de que la formación ha renunciado a la única función que su discurso prometía: la de defender a León cuando defenderlo cueste algo. Cuando el silencio sea más caro que la silla.

Llegan elecciones municipales dentro de un año. Sería injusto pedirle al votante leonesista que olvide la foto. Pero quizá sea legítimo recordarle, sin estridencias, que también hubo otra cosa: una sala llena de periodistas y un vicepresidente que no dijo nada.