El reguero de pólvora
Hay una escena que se repite en las viejas películas de piratas y que uno recuerda con más cariño del que confesaría en voz alta. Un canalla desliza un reguero de pólvora por la cubierta, lo prolonga bodega abajo hasta la santabárbara —el pañol donde se guarda toda la munición del barco— y le acerca una mecha encendida. La llama echa a correr por el suelo, viva, decidida, imparable, camino de la explosión que ha de volar la nave en pedazos. Y entonces, cuando ya nadie parece capaz de evitarlo, un tipo cualquiera que pasaba por allí hace lo único sensato que puede hacerse: no discute con el fuego, no proclama nada, no convoca una comisión. Da una patada al suelo, abre un hueco en el reguero, aparta la pólvora unos palmos. La llama llega hasta el vacío que ha dejado la bota y se apaga. Sin munición que la alimente, el fuego se queda en nada.
Llevo semanas pensando en esa escena mientras arde media España. Porque nuestros montes son, este verano, ese reguero de pólvora. Y nosotros dedicamos la temporada a discutir sobre lo seca que está.
El 23 de julio, por primera vez en la historia, el Gobierno declaró la emergencia de interés nacional por incendios forestales. En Castilla y León se ha declarado zona afectada más de medio centenar de comarcas; solo en la provincia de León, veinte. Y la liturgia posterior ya nos la sabemos de memoria: se proclama con solemnidad que estamos ante una nueva prueba de la emergencia climática, se reclaman más medios de extinción, se fotografía a los responsables en el puesto de mando avanzado y, cuando termina el verano y se apagan las cámaras, el territorio vuelve al abandono del que nunca debió salir. Hasta el verano que viene, en que repetiremos el rito con idéntica devoción.
Conviene ser honesto para no regalarle munición al adversario. El clima influye, y negarlo sería una necedad. El calor extremo, la sequía prolongada, el viento, la humedad por los suelos, esos veranos que empiezan antes y terminan después: todo eso hace que la vegetación arda con más facilidad y que el fuego se comporte de forma más violenta. Lo reconoce hasta la ciencia de la propia Comisión Europea, que sitúa el origen de estos desastres en la suma de tres factores: el cambio climático, la falta de gestión del combustible y el abandono del medio rural. Tres. No uno.
Y ahí está la trampa. Porque de esos tres factores, el clima es precisamente el único sobre el que no tenemos mano. No lo niego: lo que digo es bastante más incómodo, y es que no lo gobernamos nosotros. España aporta una fracción mínima de las emisiones mundiales —del orden de un mísero medio punto largo— y de hecho las redujo el año pasado mientras el planeta batía su récord. Aunque apagáramos mañana hasta la última chimenea del país, el próximo agosto probablemente seguiría llegando caluroso, seco y con viento, porque el clima es un asunto planetario, lento y difuso que no se decide en Valladolid ni en La Moncloa. Elegirlo como respuesta política a los incendios es escoger, de los tres factores, justo el que queda fuera de nuestro alcance, y jubilar los otros dos, que son precisamente los que sí podríamos tocar con las manos.
No podemos bajar por decreto la temperatura del próximo verano. Pero sí podemos decidir cuánto combustible encontrará el fuego cuando llegue.
Volvamos al reguero, porque ahí está la clave. Un incendio no salta de un monte a otro por arte de magia ni cruza la provincia de un brinco. Corre. Necesita un camino continuo de material que arda, exactamente igual que la llama de la película necesitaba su hilera ininterrumpida de pólvora. Lo que convierte un fuego en catástrofe no es solo que prenda una ignición y sople el viento: es que encuentre, kilómetro tras kilómetro, matorral seco, masas arboladas soldadas unas a otras, antiguos cultivos reconquistados por la maleza, campos sin labrar que enlazan el pinar con las casas. Hemos sumado en las últimas décadas millones de hectáreas de arbolado, y no siempre por virtud ecológica: buena parte es campo abandonado que se ha ido cerrando sobre sí mismo hasta fundir en una sola mancha continua lo que antes separaban las fincas, los pastos y los caminos. Hemos tendido, sin darnos cuenta, un reguero de pólvora de cientos de kilómetros.
La patada al reguero tiene nombre técnico: paisaje en mosaico. Es lo que defienden desde hace años quienes estudian el fuego en serio, y no consiste en arrasar el monte ni en llenarlo de cortafuegos pelados de horizonte a horizonte. Consiste en romper la continuidad: intercalar franjas de cultivo, pastos entre las masas forestales, áreas de baja carga, discontinuidades que obliguen al fuego a detenerse allí donde ya no encuentra con qué seguir. Y consiste, sobre todo, en la tarea menos vistosa de todas: retirar del propio bosque el combustible que se acumula, el matorral, los restos, la madera muerta, esa munición callada que espera a que alguien acerque la mecha. Es, en una palabra, apartar la pólvora antes de que arda.
Hay un frente donde esto se juega con nombres y apellidos: el punto en que las casas y los pueblos rozan el monte, lo que los técnicos llaman la interfaz urbano-forestal. No autorizaríamos una vivienda en mitad del cauce de un río sin preguntarnos por las crecidas, ni al pie de una ladera que se desprende sin estudiar el riesgo. Y, sin embargo, levantamos casas y urbanizaciones rodeadas de vegetación continua como si vivir dentro de una masa forestal ininterrumpida no tuviera consecuencia alguna. La belleza de vivir entre árboles no suspende las leyes del fuego. La ley obliga a mantener despejados de matorral y de especies que arden como teas los cincuenta metros que rodean cada casa y cada núcleo: no es una manía intervencionista, es abrir alrededor de lo que queremos salvar el mismo hueco que la bota abre en el reguero. No garantiza nada por sí solo —un gran incendio lanza pavesas a cientos de metros y salta las discontinuidades—, pero rebaja la intensidad donde más importa y, muchas veces, marca la diferencia entre un susto y un funeral.
Entonces, ¿por qué no se hace? Aquí conviene recordar algo que he señalado en otras ocasiones a propósito de este y otros asuntos que componen la religión izquierdista y nacionalista: hay problemas que a cierta política no le interesa resolver, porque resueltos desaparecen, y desaparecidos dejan de dar réditos. Es mejor crear conceptos como la emergencia climática, que, en manos de determinada clase política, no es un problema que resolver. Es un activo que administrar. Y una causa universal ofrece una ventaja impagable: cuanto más universal es una explicación, menos responsables concretos deja a su paso. Por el contrario, alguien debe dar explicaciones si el monte ardió por el abandono, si los aviones no se han contratado, la prevención no ha servido para nada, qué cortafuegos se mantuvieron, qué áreas estratégicas quedaron sin tocar y qué planes municipales existían sobre el papel y no sobre el terreno. Si el monte ardió por el clima, la culpa se evapora cómodamente en la atmósfera y no queda factura que firmar. Una emergencia que no se cierra nunca es el instrumento perfecto para aparentar que se hace algo mientras no se hace nada. Se legisla la nube y se abandona el matorral.
Y el matorral no se retira solo. Aquí el análisis tiene que bajar de la retórica a la contabilidad, que es lo que de verdad decide lo que ocurre en el territorio. Tres de cada cuatro hectáreas de monte español son de propiedad privada, y en esa inmensa mayoría la planificación forestal sigue siendo la excepción: cuatro de cada cinco hectáreas privadas no cuentan con instrumento alguno de gestión. La razón no es ningún misterio. Son fincas menudas, dispersas, heredadas en pedazos, sin apenas rentabilidad, donde desbrozar cuesta más de lo que jamás podrá sacarse de ellas. Si mantener el monte cuesta dinero, aprovecharlo es un vía crucis administrativo y abandonarlo sale gratis, el resultado está cantado de antemano. Nadie invierte indefinidamente en un monte solo para tenerlo bonito.
Por eso la única prevención que funciona es la que convierte la retirada del combustible en algo que interesa hacer. Crear mercado para la madera, la leña y la biomasa que hoy se pudren en el suelo. Pagar a un ganadero por meter ovejas y cabras a rebajar una ladera estratégica, aunque haya que subvencionarlo, porque sale más barato que desbrozarla a máquina cada verano y, de propina, mantiene a alguien viviendo en el pueblo. Fijar obligaciones donde de verdad importan —alrededor de las casas— y acompañarlas de ayuda cuando la propiedad esté tan fragmentada que el vecino no pueda solo. Se trata, en el fondo, de que a alguien le compense apartar la pólvora antes de que llegue la llama.
Ya lo escribí cuando el discurso oficial descubrió la despoblación como quien descubre la pólvora: sin gente en el territorio no hay gestión, sin gestión hay abandono, y el abandono, en verano, se llama combustible. Suecia lo entendió tras sus grandes incendios y respondió con lo aburrido —cortafuegos, empleo rural, inversión en el territorio habitado— y vio caer las hectáreas quemadas. Nosotros, de momento, preferimos la foto y la proclama.
La prevención no se inaugura, no abre telediarios, no se agradece en las urnas hasta que un verano no arde lo que otros años ardía, y para entonces ya nadie recuerda quién apartó la pólvora. Gestionar el monte es faena de invierno, callada, sin épica, es parte de una forma de vivir y ganarse la vida en extinción. Justo lo contrario de una emergencia.
Podemos seguir queriendo discutir solo de emergencias, repitiendo conceptos solemnes y atribuyendo cada incendio a una causa que ni empezamos ni podemos terminar nosotros. Nos dará una explicación cómoda para cada tragedia y una coartada permanente para cada verano. Lo que no nos dará es un territorio más seguro. El clima no se gobierna desde un despacho municipal ni desde una consejería; el territorio, sí. Y dejar de gestionarlo es también, aunque no lo parezca, una decisión política.
La llama ya corre por el reguero. La única pregunta que importa es si habrá alguien dispuesto a dar la patada a tiempo, a abrir el hueco que la detenga antes de que alcance la santabárbara. O si seguiremos, temporada tras temporada, discutiendo sobre lo seca que está la pólvora mientras nos negamos, un año más, a apartarla.