Roma siempre llega tarde
El 15 de mayo de 2026, en el Palacio Apostólico, un hombre con sotana blanca firmó un documento que pretende ralentizar la inteligencia artificial. A cuatro mil kilómetros de allí, mientras tanto, un algoritmo aprobaba un crédito, otro diagnosticaba un cáncer y otro decidía la fianza de un preso. Así, en tiempo real, sin discernimiento ni encíclica.
El documento se llama Magnifica Humanitas. Es la primera encíclica de León XIV y la primera de la historia dedicada íntegramente a la inteligencia artificial. La Iglesia lo presenta como un acto de guía moral ante una tecnología que amenaza la dignidad humana. El problema es que ChatGPT tiene cuatro años. Los grandes modelos de lenguaje llevan casi una década en despliegue masivo. La IA ya toma decisiones médicas, crediticias y judiciales en tiempo real. El tren, como siempre, ya lleva un buen trecho de recorrido, y además no tiene frenos, te puedes bajar, pero él seguirá adelante.
No es la primera vez. En 1891, León XIII publicó la Rerum Novarum, el documento que la Iglesia presenta con orgullo como su gran contribución a la protección del trabajador. La primera Revolución Industrial había comenzado en torno a 1760. Entre medias, trabajo infantil, jornadas de dieciséis horas, mortalidad industrial y tugurios urbanos. Ciento treinta años de silencio institucional. Luego, encíclica. No fue profética. Fue reactiva.
Pero esto no es privativo de la doctrina cristiana, en 1485, el sultán otomano Bayezid II prohibía la imprenta bajo pena de muerte con el respaldo de los ulemas. La justificación: proteger la pureza de los textos sagrados y la autoridad de los sabios.
El patrón es antiguo. Galileo fue condenado en 1633. No porque sus cálculos fueran erróneos —la Iglesia lo sabía— sino porque su método desafiaba la autoridad interpretativa de la institución sobre la realidad. La rehabilitación llegó en 1992: trescientos cincuenta y nueve años después.
Pero esto no es privativo de la doctrina cristiana, en 1485, el sultán otomano Bayezid II prohibía la imprenta bajo pena de muerte con el respaldo de los ulemas. La justificación: proteger la pureza de los textos sagrados y la autoridad de los sabios. La prohibición duró 242 años. En ese intervalo, Europa desarrolló la Reforma, la Revolución Científica y la Ilustración. El Imperio Otomano, que en 1453 era la potencia dominante, quedó estructuralmente rezagado.
El freno siempre beneficia a quienes ya tienen el poder y la herramienta. Siempre perjudica a quienes esperaban sentados a que la tecnología les entregue la misma ración que a los que se han comprometido con su implantación, lo bueno del capitalismo, es que al final en distintos grados la riqueza que genera beneficia a toda la sociedad.
En Magnifica Humanitas se reproduce esa misma lógica con una franqueza llamativa. León XIV escribe que pedir "una ralentización en la adopción de la IA no significa estar en contra del progreso". Es, palabra por palabra, lo que dijeron los ulemas otomanos. Y antes que ellos, lo que dijo Roma sobre Galileo. La prudencia institucional como política de freno tiene un historial conocido. No suele salir bien para quienes la padecen.
Hay en la encíclica una contradicción que merece subrayarse. En ella, León XIV exige que el código ético de la inteligencia artificial sea discutido públicamente y no impuesto por unos pocos. La frase es moralmente pertinente. Y también es devastadoramente aplicable a quien la escribe. Magnifica Humanitas la elaboró una institución jerárquica que nunca ha sometido sus decisiones doctrinales al voto de sus 1.400 millones de fieles, sin participación de los ocho mil millones de personas que vivirán con esa IA. No serviría de nada una IA más moral, dice el Papa, si esa moral es decidida por unos pocos. Difícilmente podría describirse mejor la encíclica misma.
No hace falta ser anticlerical para ver el problema. Basta con ser consecuente. La misma institución que en el Syllabus Errorum de 1864 condenó formalmente el progreso, el liberalismo y la civilización moderna como errores que deben rechazarse...
Conviene separar dos planos que la Iglesia y el resto de las religiones llevan siglos mezclando. Una cosa son los valores morales personales: la dignidad del ser humano, la importancia de las relaciones auténticas, el rechazo a que una máquina simule lo que no puede sentir. Sobre esto cualquier ciudadano tiene derecho a opinar, y el Papa también. Otra cosa es trasladar esos preceptos al ámbito de la regulación económica y tecnológica: reclamar para una institución religiosa la autoridad de fijar qué usos de la IA son legítimos, proponer que el ritmo de adopción de una tecnología se supedite a criterios doctrinales, o intervenir en el debate sobre gobernanza digital desde la premisa de que Roma posee el marco interpretativo correcto. Eso ya no es moral personal. Es política económica. Y en política económica, el historial del magisterio católico es, para decirlo con delicadeza, desigual.
No hace falta ser anticlerical para ver el problema. Basta con ser consecuente. La misma institución que en el Syllabus Errorum de 1864 condenó formalmente el progreso, el liberalismo y la civilización moderna como errores que deben rechazarse, que tardó más de un siglo en reconocer los derechos laborales básicos, que durante años ignoró el capitalismo de vigilancia de las redes sociales mientras este destruía la salud mental de una generación entera, ahora se presenta como guía moral indispensable para la inteligencia artificial. La pregunta no es retórica: ¿por qué deberíamos confiar en que esta vez el discernimiento llega a tiempo, cuando ninguna de las veces anteriores llegó?
Dicho esto, la encíclica no es desdeñable. Tiene diagnósticos precisos sobre la concentración del poder tecnológico en actores transnacionales, sobre los riesgos de delegar en sistemas opacos decisiones que afectan a personas concretas, sobre la simulación artificial de la empatía. Son preocupaciones reales y el pensamiento sobre la dignidad humana que acumula la tradición católica tiene peso filosófico genuino. Lo que no puede ofrecer Roma, porque su historial no lo avala, es la autoridad de frenar lo que no comprende invocando la prudencia. El poder institucional no es lo mismo que la sabiduría moral. Confundirlos tiene consecuencias históricas documentadas.
La inteligencia artificial no espera sentada. Nunca lo ha hecho. Como no esperó la imprenta, como no esperó el heliocentrismo, como no esperó la máquina de vapor. Mientras el Vaticano escribe, los algoritmos operan. Magnifica Humanitas es un documento serio. Pero llega cuando el partido ya está en el segundo tiempo, y el marcador no pregunta si Roma ha terminado de discernir.