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Salir de la Rueda del Hámster

Corremos mucho y avanzamos poco. La política en general y la española, es buena alumna, ha perfeccionado el arte de confundir movimiento con progreso: leyes que se aprueban, presupuestos que se multiplican, campañas que se lanzan...

Cuando la política se convierte en teatro perpetuo

Corremos mucho y avanzamos poco. La política en general y la española, es buena alumna, ha perfeccionado el arte de confundir movimiento con progreso: leyes que se aprueban, presupuestos que se multiplican, campañas que se lanzan. Esto se asocia con  lo que se traduce como “señalización de virtud”, donde se prioriza la apariencia moral sobre el impacto real.

Pero los indicadores que realmente importan —las vidas que se salvan, los problemas que se resuelven— apenas se mueven.

 Solo se necesita encontrar un problema real, con difícil y variado y elegible  diagnóstico, que permita un tratamiento a largo plazo y que pueda generar alarma en la sociedad, si se tocan los puntos sensibles, si además las consecuencias que produce son variables ya es ideal porque cualquier efecto se puede achacar a este problema. Esta es la radiografía de un sistema que ha convertido el gesto en sustituto del resultado.

El Arte de Administrar Problemas Sin Resolverlos

Vivimos la era dorada de los problemas eternos. Esos que siempre están ahí, siempre urgentes llenos de emergencias declaradas, siempre demandando más recursos, más leyes, más estructuras. Y que, por alguna razón que no tiene nada de misteriosa, nunca se resuelven del todo. Más bien al contrario: cuanto más dinero se les echa encima, más se enquistan.

Tomemos el caso de la violencia de género. En dos décadas, las transferencias del Pacto de Estado contra la violencia de género han pasado de 23,7 millones de euros en 2008 a 160 millones en 2025, multiplicando por siete esta partida específica. Hemos creado ministerios, secretarías, observatorios, protocolos y campañas. ¿El resultado? El número de mujeres asesinadas por sus parejas o exparejas ha pasado de una media de 70 al año a 62. Una reducción del 11% con un aumento del 600% en el gasto.

Mientras tanto, otros indicadores han empeorado: las violaciones registradas se han disparado un 130% entre 2017 y 2022, y no me digan que se denuncia más, las asistencias por estos temas en hospitales confirman la tendencia. Pero no importa. Lo relevante no son los resultados, sino que parezca que se hace algo. Y vaya si parece.

O examinemos el cambio climático. España, responsable del 0,54% de las emisiones mundiales de CO₂, lidera moralmente la cruzada verde europea. La UE, con apenas un 7% del total global, da lecciones de sostenibilidad al planeta. Mientras, China (30% de las emisiones) e India continúan aumentando las suyas. Es la política del gesto convertida en diplomacia: mucha actividad, poco impacto real en el problema que dice abordar. Y no olvidemos que después de la reducción que hemos realizado en nuestros países, y los planes que hemos aprobado para cerrar nuestros sistemas productivos, hemos pasado a ser buenos clientes de las industrias de estos países que siguen con su contaminación.

La dinámica es la misma en todos los niveles. Aquí en León, el movimiento autonomista ha encontrado su propio bálsamo de Fierabrás: la falta de autonomía como diagnostico único de todos los males provinciales. Que buena excusa para no arreglar nada, al fin y al cabo, la culpa es de otros, eso si algo hay que hacer algo, los últimos años aprobando mociones municipales, presentándolas como "pasos decisivos" hacia la solución y engañando a los confiados votantes. El detalle, que lo debería delatar: se necesitan dos tercios de los municipios que representen la mayoría del censo electoral, y todo ello en seis meses. Y para mantener la tensión convocando grandes manifestaciones que llevan a crear mesas plurales , que vuelven a acabar en nada y volver a convocar manifestaciones en un círculo eterno. 

Resultado: gestos que no devienen procedimiento y problemas de fondo —despoblación, conexiones, tejido productivo— que siguen esperando políticas concretas evaluables.

La Rentabilidad del Fracaso

¿Por qué ocurre esto? Porque hemos creado un sistema donde el fracaso es más rentable que el éxito. Resolver un problema significa quedarse sin él. Y sin problema, se acabaron los ministerios, las subvenciones, los puestos, los discursos, las escusas y toda esa maquinaria que vive de administrar el conflicto.

Es una industria multimillonaria que ha convertido la gestión de síntomas en profesión permanente, mientras las causas campan a sus anchas. España podría cerrar toda la industria, las comunicaciones y todas las fuentes de contaminación hasta reducir sus emisiones a cero y el clima global no se inmutaría ni una décima de grado. 

Podríamos triplicar el presupuesto contra la violencia de género y seguiríamos con sesenta muertes anuales. 

León podría conseguir la autonomía y mantendría los mismos problemas estructurales con distinto membrete administrativo.

Pero eso no importa. Lo que importa es que la maquinaria funcione, que el dinero fluya y que todos tengamos algo de lo que indignarnos.

Los Beneficiarios de la Rueda

Esta farsa tiene beneficiarios claros. Primero, la clase política, que siempre puede señalar cuánto se esfuerza, cuántas leyes aprueba, cuánto presupuesto destina. "Nosotros hacemos todo lo que podemos", es el mantra universal. Si no funciona, es porque "falta conciencia social" o porque "necesitamos más tiempo y más recursos".

Segundo, la creciente casta de funcionarios, asesores, expertos y ONG que viven directamente de estos problemas. No es mala fe individual, sino incentivos perversos: el sistema premia a quien gestiona el problema, no a quien lo resuelve. 

Una auténtica industria de la compasión y la indignación que medra a la sombra de tragedias reales. Si mañana desapareciera la violencia machista, ¿qué sería de los miles de empleados del Ministerio de Igualdad y de las organizaciones subvencionadas de sus alrededores? Si se acabara el cambio climático, ¿dónde irían los ejércitos de consultores y activistas verdes? Si León resolviera de verdad sus problemas de desarrollo, ¿qué sería de tanto político localista en busca de cargos?

Tercero, los medios de comunicación, que disponen de una fuente inagotable de contenido emocional. Cada cumbre climática es un titular asegurado. Cada feminicidio, una oportunidad de recordar que "queda mucho por hacer". Cada moción autonomista, una nueva esperanza que vender. El drama vende, y el drama perpetuo vende perpetuamente.

El Teatro de los Gestos

Lo que hemos construido es un teatro donde lo importante no es actuar sino parecer que se actúa. Se multiplican los protocolos, se refinan los procedimientos, se crean nuevos organismos, se publican estudios, se organizan congresos. Un ballet burocrático de una elegancia hipnótica y una inutilidad clamorosa.

Es la política del gesto elevada a arte supremo. Porque, ¿para qué resolver problemas cuando puedes administrarlos eternamente? ¿Para qué buscar soluciones cuando puedes vivir cómodamente de la gestión del conflicto?

Y mientras tanto, el ciudadano común observa, cuando se ha librado de la ceguera que le han inducido, este espectáculo con una mezcla de resignación y cinismo. Ve que se corre mucho pero que no se avanza nada. Ve que se gasta mucho pero que se mejora poco. Pero todo está preparado para no sospechar que, tal vez, la rueda está diseñada para no llegar nunca a ningún sitio, sin olvidar que si eres crítico con este montaje rápidamente tienes la etiqueta de negacionista como conjuro mágico.

La Pregunta Incómoda

Tal vez sea hora de formular la pregunta incómoda: ¿queremos resolver los problemas o queremos vivir de ellos? ¿Preferimos llegar a algún sitio o seguir corriendo en la rueda?

La respuesta exigiría honestidad intelectual. Reconocer que hay problemas complejos que no se resuelven con eslóganes ni presupuestos mal orientados. Y que hay otros que se mantienen artificialmente vivos porque conviene a determinados intereses.

Exigiría también una revolución en la exigencia ciudadana. Dejar de conformarse con gestos y empezar a reclamar resultados. Aprender a distinguir entre el movimiento y el avance. Entre la actividad y la eficacia. Entre el ruido y el progreso.

Pero, sobre todo, exigiría que alguien tenga el coraje de parar la rueda. De decir que el emperador está desnudo, que el sistema no funciona, que estamos corriendo hacia ningún sitio.

La respuesta que demos dirá mucho de nosotros como sociedad. Y más aún de quienes nos gobiernan.

Mientras escribo estas líneas, seguro que en algún despacho se está diseñando un nuevo protocolo, se está creando una nueva agencia y se está programando una nueva cumbre. La rueda sigue girando. El hámster sigue corriendo. Y nosotros seguimos pagando la factura.