Addoor Sticky

Vivimos el mejor momento de las historias

Dicen que España funciona. Lo repiten en ruedas de prensa, en entrevistas, en actos institucionales...

Dicen que España funciona. Lo repiten en ruedas de prensa, en entrevistas, en actos institucionales. Lo repiten como un mantra, como si la repetición bastara para convertir el deseo en realidad. Y tienen razón en algo: nunca antes habíamos sido tan buenos contando historias. El problema es que mientras perfeccionan el relato, la realidad se desmorona bajo nuestros pies.

Se acuerdan de aquel anuncio del nacimiento del AVE con los viajeros celebrando un anuncio por megafonía anunciando un retraso de seis minutos, algo que no solía pasar y que superaba los cinco que era el límite para devolver el importe del viaje. Hoy se debe retrasar más de sesenta minutos y así todo hay que ver las causas. Pero tranquilos: España funciona.

Renfe practica lo que los técnicos llaman "canibalismo": arrancar piezas de trenes en funcionamiento para reparar otros porque no hay recambios

Coja un tren si puede. Más de quinientas incidencias semanales en la red ferroviaria. Renfe practica lo que los técnicos llaman "canibalismo": arrancar piezas de trenes en funcionamiento para reparar otros porque no hay recambios. Las obras de renovación de vías se adjudican con materiales de muy baja calidad o directamente reutilizados, según denuncian los propios trabajadores de ADIF. Pero no se preocupe: vivimos la edad de oro del ferrocarril.

Intente tramitar cualquier gestión con la administración pública. Descubrirá que las citas presenciales son prácticamente imposibles de conseguir, que los plazos se eternizan, que las oficinas están desbordadas. Pero eso sí: nunca habíamos tenido tantos observatorios, tantas unidades de coordinación, tantos órganos consultivos. Estructuras que consumen presupuesto, pero carecen de capacidad real de intervención. Apariencia sin sustancia. Propaganda sin gestión.
Bienvenidos al mejor momento de las historias. Ese tiempo extraño en el que quienes llegaron al poder denunciando que los recortes matan ahora nos explican que todo funciona de maravilla. Ese momento paradójico en el que los mismos que teorizaban sobre los piratas de lo público practican el saqueo institucional más descarado que hemos visto en décadas.

La sustitución del criterio técnico por la lealtad partidista como único requisito para dirigir servicios que afectan a millones de personas

Porque de eso se trata: de saqueo. Un saqueo sofisticado, eso sí. No se trata solo del burdo asalto de quien roba y huye. Es algo mucho más refinado: la colonización sistemática de las instituciones públicas mediante la colocación de afines sin experiencia en los puestos clave. La transformación de empresas estratégicas en agencias de empleo para militantes. La sustitución del criterio técnico por la lealtad partidista como único requisito para dirigir servicios que afectan a millones de personas.

Renfe ha tenido ocho presidentes en veinte años. Una media de dos años y medio por cabeza. El actual, nombrado en enero, es experto en movilidad urbana y bicicletas. Nunca trabajó profesionalmente en el ámbito ferroviario. Su gran mérito: haber sido gerente de la EMT de Madrid con Manuela Carmena y de AUVASA en Valladolid cuando Óscar Puente era alcalde. En siete meses fichó veintiocho cargos, hay que pagar a todos los afines. Eso sí, la Fundación Hay Derecho confirma que los nombramientos en empresas públicas españolas están más determinados por criterios políticos que por principios de mérito y capacidad, contraviniendo el artículo ciento tres de la Constitución.

Pero esto no es patrimonio exclusivo del PSOE. Sumar coloniza Renfe. ERC controla servicios sociales en Cataluña. Cada partido, cada facción, cada grupo de poder tiene su coto de caza particular en el inmenso botín del sector público. Y todos practican el mismo modelo: nombrar a los tuyos, crear estructuras que justifiquen su existencia, consumir presupuesto en apariencia mientras la gestión real se pudre.

La inversión en mantenimiento ferroviario en España representa el quince por ciento del gasto total. Es el nivel más bajo desde dos mil dieciséis

Los datos no mienten, aunque los políticos sí. La inversión en mantenimiento ferroviario en España representa el quince por ciento del gasto total. Es el nivel más bajo desde dos mil dieciséis. Japón destina el cincuenta y cinco por ciento. Francia el cuarenta. Pero aquí preferimos inaugurar tramos nuevos que mantener los existentes. Hace mejor foto. Da más rédito electoral. Y cuando algo falla, siempre queda el recurso del cambio climático.

Porque esa es otra de las grandes innovaciones narrativas de este gobierno: convertir fenómenos naturales en chivos expiatorios perfectos. Que se cae un muro sobre las vías y mata a un maquinista: culpa de las lluvias torrenciales sin precedentes. Que las infraestructuras ceden: consecuencia de galernas inéditas. Que todo se desmorona: responsabilidad del calentamiento global. Como si el clima pudiera eximir de la obligación de mantener en condiciones los perímetros de seguridad. Como si la meteorología justificara comprar balasto sin homologar a canteras vinculadas a personas investigadas por corrupción.

La inversión total en infraestructuras ha descendido un sesenta y tres por ciento en quince años. Pero el discurso oficial habla de cifras récord. Y técnicamente no mienten: la inversión nominal es alta. Lo que no cuentan es que esas cifras se inflan con fondos europeos que no se ejecutan adecuadamente, que la inversión real por kilómetro de vía ha caído más del cuarenta por ciento, que el aumento de precios hace que con más dinero se haga menos mantenimiento.

Es la magia de los números mal empleados. La trampa de las estadísticas manipuladas. La superioridad del relato sobre la realidad

Es la magia de los números mal empleados. La trampa de las estadísticas manipuladas. La superioridad del relato sobre la realidad. Y funciona, al menos durante un tiempo. Hasta que la gente intenta pedir cita con su médico. Hasta que un tren descarrila. Hasta que la infraestructura colapsa y ya no hay narrativa que sostenga el peso de la evidencia.

Mientras tanto, los servicios públicos agonizaban. La atención primaria está al borde del colapso: casi nueve días de espera media para ver a tu médico de cabecera. Las listas de espera quirúrgicas superan las ochocientas cuarenta y ocho mil personas. Pero no se preocupen: hemos creado un Grupo de Trabajo de Listas de Espera. Un órgano consultivo más. Otra estructura que consume presupuesto sin capacidad ejecutiva. Otro observatorio para observar cómo todo se hunde.

La capacidad de mirar la devastación a los ojos y proclamar que vivimos un momento de esplendor

Y lo más revelador de todo esto no es el deterioro en sí, sino la desfachatez con la que se niega. La capacidad de mirar la devastación a los ojos y proclamar que vivimos un momento de esplendor. La habilidad para convertir cada fracaso en una oportunidad de autobombo, cada crisis en una excusa para crear nuevas estructuras de colocación, cada desastre en un argumento para pedir más presupuesto que se dedicará a todo menos a solucionar el problema.

Porque al final de eso se trata: de mantener la apariencia a cualquier precio. De sostener el relato, aunque contradiga los hechos. De repetir que España funciona, aunque cada ciudadano experimente a diario que no funciona. De proclamar la edad de oro mientras se practica el canibalismo técnico. De defender lo público mientras se lo saquea desde dentro y se acaba con él.

Es la paradoja perfecta del cinismo político contemporáneo: quienes más presumen de defender el sector público son precisamente quienes más lo deterioran. No mediante recortes presupuestarios, que sería lo esperado de la derecha tradicional, sino mediante algo mucho peor: su vampirización institucional. La sustitución de la competencia profesional por la militancia partidista. La transformación de servicios estratégicos en botín político y su uso partidista.

Es un problema de gestión contra propaganda. De realidad contra relato. De servicio público contra colonización partidista.¡

Y no se confundan: esto no es un problema de ideología. Es un problema de gestión contra propaganda. De realidad contra relato. De servicio público contra colonización partidista. Cuando el PSOE nombra a afines sin experiencia en puestos clave, cuando Sumar coloca a los suyos en empresas estratégicas, cuando ERC reparte cargos en servicios sociales, están haciendo exactamente lo mismo: anteponer el interés del partido al interés general.

La diferencia es que ellos llegaron al poder denunciando precisamente estas prácticas. Ellos teorizaron sobre los piratas de lo público. Ellos acuñaron el término "austericidio" para describir la degradación de los servicios. Ellos gritaron que los recortes matan. Y ahora, desde el gobierno, practican una forma de recorte mucho más insidiosa: mantener o incluso aumentar el gasto nominal mientras se reduce drásticamente la eficiencia real. Gastar más para conseguir menos. Invertir en apariencia mientras la sustancia se pudre.

Los maquinistas alertan sobre vibraciones peligrosas en las vías. El Ministerio responde que son cuestiones anímicas. Como si el miedo a descarrilar fuera una dolencia psicológica. Como si la preocupación por la seguridad fuera histeria colectiva. Como si advertir sobre un problema técnico fuera síntoma de inestabilidad emocional y no ejercicio de responsabilidad profesional. Y cuando finalmente algo falla, cuando la realidad desmiente el relato oficial, la respuesta es siempre la misma: crear una comisión de investigación dependiente del mismo Ministerio que ha permitido el desastre, o usar sus voceros mediáticos del sector público o los subvencionados, cuando no los de estudios demoscópicos para demostrar lo bien que lo asumen los españoles.

Y mientras tanto, seguimos inaugurando tramos nuevos, anunciando cifras récord, proclamando edades de oro. Todo apariencia. Todo relato. Todo mentira

Es el modelo perfecto de impunidad institucional. El sistema ideal para garantizar que nunca habrá consecuencias. La estructura diseñada para que la verdad oficial prevalezca sobre la verdad técnica. Y mientras tanto, seguimos inaugurando tramos nuevos, anunciando cifras récord, proclamando edades de oro. Todo apariencia. Todo relato. Todo mentira.

Porque los hechos son tozudos. Unos informes PISA que demuestran año a año que la calidad de la enseñanza está en retroceso. Empresas públicas como correos en manos de amigos del presidente creando en el boom de la paquetería agujeros económicos descomunales. Quinientas incidencias semanales en la red ferroviaria. Inversión real en infraestructuras un sesenta y tres por ciento por debajo de hace quince años. Y así podríamos seguir: dato tras dato, evidencia tras evidencia, fracaso tras fracaso. Y todo ello con recaudaciones de hacienda creciendo año a año.

Pero nada de esto importa en el mejor momento de las historias. Lo importante no es que los servicios funcionen, sino que la gente crea que funcionan. Lo relevante no es solucionar los problemas, sino gestionarlos comunicativamente. Lo esencial no es invertir donde hace falta, sino donde da más rédito electoral. Inaugurar antes que mantener. Aparentar antes que gestionar. Relatar antes que hacer.

Y así vamos, entre relato y realidad, entre propaganda y gestión, entre apariencia y sustancia. Con una clase política que ha descubierto que gobernar es más fácil si en lugar de solucionar problemas te limitas a negar su existencia. Con unos partidos que han convertido el sector público en su particular mercado persa donde repartirse prebendas y colocaciones. Con unas instituciones progresivamente degradadas por la sustitución de la excelencia técnica por la lealtad partidista.

Y lo peor de todo es que funciona. Al menos durante un tiempo. Porque la gente tarda en darse cuenta de que las palabras no arreglan vías, de que los eslóganes no reducen listas de espera, de que la propaganda no sustituye a la gestión. Pero cuando se dan cuenta, cuando la realidad se impone, cuando el relato ya no puede sostener el peso de los hechos, es demasiado tarde. El deterioro ya está hecho. El daño ya es irreversible.

Porque gobernar mal siempre pasa factura. Y esa factura, como todas las que ellos generan, nunca la pagan quienes la provocaron

Porque gobernar mal siempre pasa factura. Y esa factura, como todas las que ellos generan, nunca la pagan quienes la provocaron. No la pagan los ministros que nombran a amigos sin experiencia. No la pagan los partidos que reparten cargos como botín. No la pagan los comisarios políticos que ocupan puestos para los que no están cualificados. La pagamos nosotros. Los que esperamos nueve días para ver a nuestro médico. Los que subimos a trenes que practican canibalismo técnico. Los que intentamos tramitar gestiones en administraciones desbordadas.

Vivimos el mejor momento de las historias. Nunca antes habíamos tenido tanta capacidad para construir narrativas, para moldear percepciones, para convertir el fracaso en éxito mediante la simple repetición de una mentira. El problema es que la realidad, tarde o temprano, siempre se impone. Y cuando lo hace, cuando las vías ceden y los servicios colapsan, descubrimos que las historias, por bien contadas que estén, no sustituyen a los hechos.

Pero para entonces ya será tarde. Porque mientras ellos perfeccionaban el relato, mientras proclamaban edades de oro y récords de inversión, mientras nos vendían que España funciona, lo público se desmoronaba. No por falta de dinero, sino por sobra de colonización. No por escasez de recursos, sino por abundancia de comisarios. No por recortes presupuestarios, sino por saqueo institucional.

En suma, produce un país que sigue en pie, pero cada vez con menos margen de error. Un país que puede aguantar en tiempos normales, pero que colapsa con facilidad ante cualquier crisis real. Un país en el que el talento se expulsa o se desmotiva, porque la competencia deja de ser un criterio relevante. El profesional capaz aprende pronto que progresar no depende de saber, sino de alinearse. No hay colapso total, pero sí una normalización del mal funcionamiento, que es mucho más peligrosa porque anestesia la exigencia ciudadana.

Esa es la verdadera tragedia del mejor momento de las historias: que hemos sustituido la gestión por el marketing, la eficiencia por la propaganda, la realidad por el relato. Y cuando todo colapse, cuando ya no quede nada que saquear ni nada que colonizar, seguirán diciéndonos que vivimos tiempos de esplendor. Porque en el fondo, eso es lo único que saben hacer: contar historias mientras el país se hunde.