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J, L, U

Los antropólogos afirman que tras la revolución cognitiva -hace 70.000 años- y antes de la revolución agrícola -12.000 años a.C.- se inicia un proceso de cooperación entre los homínidos...

Los antropólogos afirman que tras la revolución cognitiva -hace 70.000 años- y antes de la revolución agrícola -12.000 años a.C.- se inicia un proceso de cooperación entre los homínidos que conduce a la configuración del homo sapiens, cumbre de las especies terrícolas, dueño y señor capaz de superar retos, de dar respuestas positivas entre vaivenes de éxito-fracaso, mas con capacidad de superar barreras físicas y biológicas tras el logro de crear cultura, un modo de superar los mandatos o dinámica de la genética.

En este proceso civilizador, tanto a nivel individual como grupal, el ser humano se ordena y sistematiza entre la vida prosaica y la poética (Hölderlin), entre la realidad que vive y ensueña, entre espacios compartidos materiales o inmateriales, tangibles e intangibles; pero entrambos puntos el ser humano se manifiesta como un navegante, un ser in via, in fieri, que, según los existencialistas pesimistas, es un viaje ineludible hasta la conformación final de un cadáver.    

En este tránsito se arbitran sistemas de producción-consumo y también simbólicos, espacios de creencias, ideas y valores, de opiniones y actitudes, de sentimientos e ideales compartidos que fortalecen el grupo que los participa y de algún modo se explicitan y perciben e, incluso, condicionan y habilitan disonancias.

Estas actitudes no se heredan, no dependen de la genética, más bien se adquieren

Las actitudes explícitas provocan comportamientos y señalan opiniones sobre una situación sencilla o compleja de la vida sociopolítica del grupo. Estas actitudes no se heredan, no dependen de la genética, más bien se adquieren y llegan a conformar el carácter de un individuo o la identidad de un grupo. Se hallan expuestas a influencias exteriores, suelen ser constructos inferidos.

Los niveles de internalización definen, tanto al individuo como al grupo, si bien unos son fundamentales (amor a la madre o el fraternal, por ejemplo) o difusos (mi equipo favorito), mas conforman decididamente dependiendo del escalonamiento o internalización lograda; de ahí que unos sean estables y otros muy modificables; no obstante, formalizan la personalidad y aportan una percepción de la realidad, incluso hasta la formación de estereotipos -modo irracional de presentar o interpretar dicha realidad- o modo deformante y conducente a posiciones radicalizadas que pudieran manifestarse en opiniones descalificantes    o acciones agresivas.

Colectivamente existen opiniones y creencias compartidas y también actitudes enfrentadas intergrupales. Si todo el grupo se manifiesta en la misma dirección sucede una unidad que la sociometría recoge gráficamente y tipifica en una curva recogida entre abscisas y coordenadas en forma de campana, denominada campana de Gauss; es decir, recoge una mayoría centrada respecto a los dos polos. Es opinión pública colectiva si el grupo mayoritariamente está de acuerdo; por otro lado, las opiniones colectivas redundan en actitudes colectivas.

Representación gráfica de "J", "L" Y "U"

Esta representación gráfica en forma de campana plena refleja un modo estable, mas, también, la representación gráfica puede ofrecerse en forma de “J” o de "L”. Estas representaciones manifiestan un amplio nivel de opinión compartida por la gran mayoría del grupo. En cualquiera de las tres representaciones citadas los individuos mayoritariamente se posicionan en la misma dirección, por lo tanto, el choque de opiniones de acuerdo con estas representaciones en forma de ”J” o de “L” es muy escaso. El problema se alcanza cuando la gráfica de opinión nos ofrece una figura en forma de “U”. Esta expresión exige atenta lectura pues alerta de una sociedad altamente polarizada. La polarización es disolvente, desequilibrante y conducente al conflicto. La “U” no llega, como cualquier acontecer socio-político, por sí. Se activa, con frecuencia, en un momento dado por la acción de determinados protagonistas con cierto carisma que recogen seguidismo social. Cuando se ofrece esta representación se debilita la integración de numerosos individuos y la cohesión social. Con frecuencia los propulsores de una u otra opción polarizada se cargan de tautologías o de sofismas repetitivos con distintas palabras y a sabiendas de la fortaleza que posee la palabra, máxime si se encarga de agresividad y conducente a manifestarse con fines dañinos, humillantes e, incluso, con voluntad de anular o exterminar al otro, al contrincante. Esta acción ejerce una dinámica de causalidad circular, un proceso de fortalecimiento de causa-efecto que se retroalimenta. Una dinámica que se activa en dirección contraria a la conformidad y a la empatía.

El fruto recogido es el estereotipo o la imagen social elaborada que la sociedad asigna a los miembros pertenecientes del polo opuesto

Frecuentemente, el fruto recogido es el estereotipo o la imagen social elaborada que la sociedad asigna a los miembros pertenecientes del polo opuesto. Se inicia una violencia oral o factual a la vez que se siembra la catástrofe o inhibe la esperanza e intenta domeñar al contrario. Se siembra el miedo y la amenaza, la incertidumbre y la búsqueda de refugios de seguridad, que, al tiempo, ejercen de paralizantes. Se aboca a discursos apocalípticos y catastrofistas. 

Las palabras denotan y connotan. Asistimos, actualmente en España, a un momento donde lenguaje político expresado en las cámaras, Senado y Congreso, en las tertulias de los medios de comunicación, etc., con frecuencia, donde se exhalan contenidos sociales y políticos regados de hipérboles, soflamas, verborrea y abundante desmesura.

Ni se atiende ni se escucha lo que el otro refiere ni importa; mientras, se sostiene el insulto o la mentira a la vez que rebosa la expresión agresiva, aunque carezca de contenido

Este modelo día a día crece y se endurece. Abunda la descalificación y el menosprecio. Ni se atiende ni se escucha lo que el otro refiere ni importa; mientras, se sostiene el insulto o la mentira a la vez que rebosa la expresión agresiva, aunque carezca de contenido. El interlocutor es rival a doblegar sobre el que se pretende invalidar a base de la oportuna desfachatez cargada de verborrea. Se pierde y se ignora el diálogo, ni siquiera se le permite espacio. La realidad se oculta, se enmascara tras simulacros cargados de huecos silogismos y zafiedad. Las normas de la oratoria, la fortaleza de la argumentación ni se busca ni se logra. Todo vale. El vocerío atiende a un argumentario dado y elaborado de modo exógeno y que los allegados, cual secuaces, repiten y no cuestionan la objetividad de lo que se expresa. Desaparece el mensaje, se agrieta la fortaleza de la argumentación. Crecen los defensores del argumentario impuesto, más atentos al rifirrafe que al diálogo.

Los personajes de esta dinámica se colocan la máscara impuesta y ejecutan el papel asignado. Ese escenario bien pudiera ser una parodia, ¡mas no!, dado que se ejecuta en las más altas instituciones de una democracia joven, la española, a la que con frecuencia no se deja crecer. A tales escenarios -instituciones representativas de la democracia o medios de comunicación- miran, escuchan o leen los ciudadanos que, como espectadores, con frecuencia, atienden con estupor a cuanto en ellos sucede y que demoscópicamente, 7 de cada 10, detestan lo que se les ofrece. La gran mayoría de los ciudadanos denostan tal espectáculo y, por otro lado, políticamente se han expresado, hasta la fecha, de modo centrado mayoritariamente. Hasta época reciente la representación gráfica de la democracia española bien pudiera quedar reflejada por la citada campana de Gauss. Ciertamente este modelo demoscópico y de representación del poder se puede descomponer e, incluso, desaparecer del espacio socio-político nacional.

Desde la ausencia del humor, ya no solo asistimos a las anecdóticas cenas navideñas y al choque entre cuñados

De acuerdo con lo que sucede diariamente se atisba un crecimiento de la crispación que lentamente nos lleva a contemplar cierta polarización social. Desde la ausencia del humor, ya no solo asistimos a las anecdóticas cenas navideñas y al choque entre cuñados. Cuanto sucede en las cámaras legislativas, Congreso y Senado, en los parlamentos autonómicos o en los ayuntamientos, más cuanto suman los debates -con frecuencia atrabiliarios y cargados de descalificaciones e insultos altamente inapropiados y ad hominen- se agregan las tertulias programadas por los medios radiotelevisivos o en los artículos periodísticos que se ordenan en obediencia a la manifiesta ideología del capital que los sostiene y ajenos al contraste de hechos, en definitiva tratando de atenerse a la objetividad. Es la técnica o dinámica de “el topo”, la de horadar de continuo y subterráneamente hasta lograr que la superficie se derrumbe. Los choques verbales se emulan y alcanzan los espacios familiares y amicales; permean la vida ordinaria hasta alcanzar el desencuentro y la enemistad. Se trata de un viaje al esperpento y a la incongruencia donde no se imponen límites a la acusación gratuita ni a la superación estrambótica. Los argumentarios diseñados ad hoc no leen las encuestas independientes y solo escuchan a los asesores de proximidad y bien pagados que elaboran el argumentario y tampoco se interpreta el sentir ciudadano ni se analizan y prevén las consecuencias. Los afanes discursivos no pretenden seguidores críticos sino hooligans. Las parafernalias mediática y orgánica se institucionalizan a la vez que exige acomodo cotidiano con escasez ideológica y falta de perspectiva crítica.

La permeabilidad de las formas y contenidos de los discursos, incluso sus formas grotescas, alcanza a la ciudadanía. La presencia de la irreflexión disuade a comprender que con el mismo esfuerzo bien pudieran llegar discursos argumentados, confrontados y razonados. Cualquiera de las dos opciones, dado el liderazgo de los diferentes grupos, se filtran y se mimetizan. Inoportunamente se elige el insulto, se acepta el argumentario impuesto, se repiten los insultos y se replica subiendo la intensidad hasta alcanzar un vocerío inaudible. De este modo, no sólo la historia lejana se tergiversa, también la próxima y sin escrúpulos. Se intenta manipular y reforzar el argumentario cuando conviene bajo la fórmula: “los españoles…, los ciudadanos…, etc., todos creen, sienten, dicen…”, un modelo utilizado como fortaleza de autoridad referido a una sociedad que en la mayoría de los casos ni se le escucha ni se le pregunta. ¡Grave perversión! Se trata de mentar la autoridad del pueblo a la vez se le perjudica.

La falacia oportuna es más determinante si conlleva mofa o descrédito injustificado o fluye bajo la fórmula “… y tú más”

Con una idea o la contraria se intenta explicar la realidad o la solución a un problema en base a una demagogia pseudo-salvífica y disonante. Todo vale. La falacia oportuna es más determinante si conlleva mofa o descrédito injustificado o fluye bajo la fórmula “… y tú más”. Ya no basta con el rosario de insultos, descalificaciones, de zafiedad, y agrandados mediante la gestualidad y la mofa manifiesta cargada de irreverencia, de desprecio al otro. Y este comportamiento gestual, también se mimetiza, al tiempo que no se reflexiona sobre la necesaria ejemplaridad que deben ejercer nuestros representantes.

Iniciamos estas reflexiones aludiendo al homo sapiens, una criatura con una trayectoria definida hacia la racionalidad, mas también, en ciertos momentos de su historia, se aventura en clara involución hacía el homo demens. Por los expresado, quizás nos hallemos en el segundo momento, al menos por parte de muchos de nuestros representantes cuando practican la corrupción expresada en varias direcciones. Se desea que así no suceda, pero a tenor de la circunstancia aquí reflejada, al menos se demanda espacio para la reflexión y se denuncia atención a la alarma descrita toda vez que gran parte de la ciudadanía no se siente representada ni desea concurrir ni asistir a esta esperpéntica situación que, en la mayoría de los casos, le resulta altamente ajena. Se trata de una realidad deformada que pueda conducir a la desmesura, a la hybris tan temida por los griegos a tenor de su peligro que bien pudiera conducir a la némesis, a la tragedia.

La palabra es la gran riqueza distintiva del homo sapiens cuando alcanza el estatus de loquens, el que habla, que ha de compaginar con el de quaerens, el que piensa

Las palabras son activas. La palabra es la gran riqueza distintiva del homo sapiens cuando alcanza el estatus de loquens, el que habla, que ha de compaginar con el de quaerens, el que piensa. La potencialidad de la especie humana, su filogenia lo ha demostrado, le permite alcanzar las mayores cumbres y también lograr los hondones más fétidos, profundos ínferos. Conviene no utilizar los espacios de la palabra, los templos de la democracia, en un mal uso. El parlamento, es una palabra de origen francés, parlament, que deriva del verbo parler =hablar, es decir, lugar para hablar, para dialogar, un templo de la palabra; mas en estos momentos las sedes parlamentarias hispanas no atienden al significado etimológico. 

La ciudadanía ha de exigir ejemplaridad. El camino elegido por nuestros representantes avanza a la puesta en marcha de la dinámica del prejuicio. La psicología social señala la peligrosidad de la puesta en marcha de esta dinámica. Se inicia con la indiferencia, avanza enjuiciando sin fundamento hacia el insulto, procura aislar y evitar el contacto con el contrario hasta no inhibir la agresión e incluso el exterminio, situación extrema. La representación gráfica sería una dramática “U”. Una figura literal que representa una sociedad polarizada con riesgo de destruirse. En la historia reciente de España se dispone de grave experiencia. Este camino, al que de momento un gran número de representantes políticos y comunicadores no evitan, pudiera conducirnos a una confrontación cuya máxima expresión es la guerra fratricida. Como afirmaba Antoine de Saint-de-Exupéry, toda guerra entre los seres humanos es fratricida y, en el caso de la española de 1936 al 39 en la que estuvo presente, la definió como una enfermedad. 

Ante esta amenaza evitemos y exijamos no caer en esta peste. Exijamos a los representantes de la palabra, dado su poder y pretendida ejemplaridad que modifiquen la dinámica emprendida y, de momento, recordarles, como diría Goethe, que solo los villanos buscan la confrontación irracional, la agresividad; solo los nobles de espíritu buscan la equidad, la racionalidad de lo que sucede con afán de superar la dificultad y aspiran al orden para todos; al menos, nos conformamos, al tiempo que se ha de exigir que se manifiesten quienes puedan ser luminarias, “los hombres de luz” que refería Walter Benjamin, capaces de desenmascarar las cáscaras vanas que habitan en ciertas mentes, personajes capaces de propiciar que se hunda el modelo político más natural al ser humano: la democracia. Un modelo que nació tangencial en la historia, en los márgenes de los imperios, de la tiranía, de las teocracias o de los sistemas de castas; mas siendo marginal se ha consagrado como aspiración, como el hábitat más natural de la persona (M. Zambrano). Un modelo que ofrece un proceso civilizador para que la especie humana avance hacia la humanización de los individuos en cuanto personas, capaz de superar la dimensión de demens y establecerse definitivamente en la de sapiens. Al tiempo, a la democracia, planta frágil, se le ha de proteger. Esta tarea implica sentirla de modo permanente como incompleta y perfeccionable, que se ha de trabajar y regar día a día, de lo contrario se agrieta y sucumbe y con ella lo mejor del ser humano, la palabra y la libertad.