“Graso error”
Hace unos días leí que, en el primer examen de las oposiciones a maestro, un candidato llenó de errores ortográficos su ejercicio, escribiendo muchas veces la palabra globo con uve. Y, encima, con la suerte de que, como en muchas Comunidades Autónomas un error repetido se descuenta solo una vez, aunque hubiera escrito mil veces «glovo» —hiriendo la sensibilidad visual y ortográfica del corrector—, solo le restó como un fallo.
De todas formas, el opositor, según contaba la misma noticia, suspendió el examen por errores de expresión y otros motivos, lo que tampoco sorprende si fue capaz de cometer tan craso error (o graso error que preferiría el examinando). Habría que ver lo demás.
Seguí leyendo y me quedé ojiplática porque, según las mismas fuentes, por ejemplo, en las oposiciones de Asturias los responsables educativos decían haber visto auténticas burradas en los exámenes, como «abances», «surga» o «llendo».
Y, llegados aquí, hay que entonar el primer mea culpa, porque ¿cómo las universidades podemos tolerar que un sujeto mayor de edad, después de cuatro años en nuestras aulas, no sepa ni siquiera escribir globo, avance o yendo?
Atrás quedaron aquellas exigencias por las que, si faltaba un acento, bajaban un punto en el contenido del examen o por las que se suspendía por faltas de ortografía (aunque fuera la misma repetida tres veces) por muy bien que estuviera el contenido. Yo eso lo he vivido, y tampoco hace tanto.
Y, llegados aquí, hay que entonar el primer mea culpa, porque ¿cómo las universidades podemos tolerar que un sujeto mayor de edad, después de cuatro años en nuestras aulas, no sepa ni siquiera escribir globo, avance o yendo? Algo no estamos haciendo bien si expedimos títulos a quienes manifiestan tales carencias.
Pero hete aquí que la cosa no acaba ahí. Parece ser que el de los «glovos», al ver el suspenso, se presentó a reclamar el examen acompañado de sus padres, a quienes- intuyo-les debe parecer normal que su hijo, que oposita para maestro, cometa esas faltas de ortografía; de ahí esa convicción de que les necesita como paladines ante la crueldad de quien se ha atrevido a suspender a su vástago. Según decía el artículo que comento, esto de que los padres acompañen al suspendido a reclamar está a la orden del día. Más ojiplática todavía.
Para mí esto solo tiene un nombre: infantilización.
Y aquí va el segundo mea culpa, el que deben entonar algunos padres.
No me parece ni medio normal la idiotización a la que se está sometiendo a algunos de nuestros jóvenes cuando sus progenitores no les dejan asumir responsabilidades en soledad y se empeñan en preservarles de todo mal —de la vida misma—, impidiéndoles afrontar los problemas lógicos de los adultos que , por cierto, les ayudan a madurar y a saber lo que tienen que corregir para que, en la siguiente oportunidad, las cosas les salgan bien.
Es absolutamente legítimo que todos queramos que a nuestros hijos les vaya bien y que tengan éxito en lo que emprenden (una oposición o un trabajo); pero no podemos hacerlo por ellos
¡Pero si en el artículo se decía que fuentes sindicales consultadas afirmaban que a sus sedes estaban llamando los propios padres —en nombre de sus hijos— para informarse de cómo reclamar!
¿Pero es que acaso piensan que sus hijos son bobos? ¿O, peor aún, les hacen bobos ellos al no dejarles siquiera afrontar esa llamada?
Es absolutamente legítimo que todos queramos que a nuestros hijos les vaya bien y que tengan éxito en lo que emprenden (una oposición o un trabajo); pero no podemos hacerlo por ellos, ni tampoco podemos librarles, a toda costa, de cualquier adversidad, asumiendo sus fracasos como propios. No es una buena política dedicarnos a pasarles la mano por el lomo y a refrendarles la idea de que el mundo está plagado de examinadores o jefes inflexibles que están contra ellos, ni convencerles (o dejarnos convencer por ellos) de que, si las cosas no salen como quieren, nunca es culpa suya sino de los demás, que son muy estrictos, que exigen demasiado y que no les entienden.
Ante cualquier encrucijada, nuestros hijos pueden decirnos que no quieren hacerse mayores ni salir de nuestras faldas…, pero deben asumir su adultez, que es lo que toca, tomar decisiones...
¿A qué descerebrado se le ocurre pretender que un maestro sepa redactar sin faltas de ortografía, o que un opositor se sepa los temas para aprobar, o que alguien trabaje un minuto más de lo estrictamente necesario, evitando, si puede, escaquearse? Menuda crueldad. ¡Qué gente más mala!
Acomodar en esa tibieza, en esa flojera desde la que se justifican todas las faltas, tiene como preocupante resultado un alto grado de puerilidad de una parte de nuestros jóvenes, a quienes sus propios padres no dejan crecer.
Ante cualquier encrucijada, nuestros hijos pueden decirnos que no quieren hacerse mayores ni salir de nuestras faldas…, pero deben asumir su adultez, que es lo que toca, tomar decisiones y afrontar lo que les ocurra desde la responsabilidad.
Como padres debemos convertirnos en bastiones a los que puedan acudir cuando descubran que la vida no es todo lo justa que nos gustaría y que, a veces, las cosas vienen mal dadas. Y la mejor ayuda no es acompañarles a reclamar un examen, sino animarles a corregir sus carencias dedicándoles tiempo y cariño, enseñándoles a aplicar perseverancia, compromiso, dedicación y esfuerzo ante cualquier problema al que la vida les enfrente. Con estas premisas, lo veo cada día, alumbraremos magníficos jóvenes, absolutamente capaces de afrontar los retos que les deparará el futuro. Y de esos jóvenes también hay muchos.