Orfandad leonesa
Me reconozco iconoclasta; pero dejar de defender públicamente las ideas de las que se está convencido me parece una herejía –etimológicamente hereje quiere decir el que discrepa–, y aún a riesgo de ser anatematizado públicamente por los lectores, no es lícito faltar a la verdad, al menos a mi verdad. Vaya por adelantado que lo que aquí se dirá no va a ser del agrado de una inmensa mayoría, pero estoy convencido de que León no tiene mayores certezas.
Hay que afirmar con rotundidad que el tan traído y llevado Reino de León, es totalmente inútil para tratar de conseguir esa autonomía leonesa
En primer lugar, hay que afirmar con rotundidad que el tan traído y llevado Reino de León, es totalmente inútil para tratar de conseguir esa autonomía leonesa que algunos llevamos añorando desde los albores de la década de los ochenta del siglo pasado. Por más que se escriba al respecto, por más que se hagan los más encendidos panegíricos a nuestro pasado regio, no es otra cosa que pasado, historia, pero no presente. Para los leoneses evidentemente es una moneda de gran valor para consumo interno, pero moneda caduca y sin valor en los centros decisorios donde se puede alcanzar lo que algunos llevamos tantos años deseando.
El Reino de León dejo de existir en 1230, siguió existiendo nominalmente durante algunos siglos, pero un reino sin rey, sin territorio sobre el que gobernar, sin economía propia y sin capacidad decisoria para absolutamente nada, no es un reino, le pese a quien le pese. Es, naturalmente un recuerdo imborrable que los leoneses tienen el derecho y el deber de conservar como parte de su patrimonio, de su acervo, pero que viene a ser como esas fotografías viejas de los abuelos que nos dejaron, se han de respetar y tributar todos los honores, pero no pueden, desde el más allá, resolver los problemas del más acá.
No conozco a ninguna de las regiones con pasado regio que hayan puesto en valor dicho pasado para alcanzar lo que en el presente se intenta conquistar
Entiendo que muchos leoneses se aferren a lo poco que tenemos, pero no conozco a ninguna de las regiones con pasado regio que hayan puesto en valor dicho pasado para alcanzar lo que en el presente se intenta conquistar. Ni Castilla, ni Aragón, ni Navarra, ni Asturias, recurrieron a su condición regia para alcanzar la consideración de comunidades autónomas. Mientras no reconozcamos este principio seguiremos en la casilla de salida, que es en la que nos encontramos desde hace ya casi cincuenta años.
Por si fuera poco, algunos monarcas leoneses tuvieron, como es propio en muchos reyes, una intervención nefasta. Los hubo grandes como Ramiro II o Alfonso Nono, pero los hubo que gozan de gran predicamento, pero que nos dejaron a los pies de los caballos, como Fernando I o Alfonso VII que sembraron la discordia al partir reiteradamente el reino, escindiendo Galicia, Portugal o Castilla –esta última, la parte que acabó por engullir al todo– y seguir con la pulsión visigoda del Panhispanismo y pensando en Toledo como el centro y meca del ‘Totius Hispaniae’. Ejemplo claro es el desgarro de la región mirandesa en Portugal, al otro lado del Duero.
No hemos tenido a nadie ni a nada. Estamos huérfanos de figuras señeras que pudieran suponer un hito en nuestra empresa emancipadora
León, malgré lui, que dirían los franceses (muy a su pesar) nunca ha tenido figuras destacables desde el siglo XIII, y si alguna ha habido, ha sido al servicio de personajes que en nada exaltaban esta tierra, como no fuera un lugar donde extraer materiales y efectivos humanos para llevar al frente o a empresas que en nada nos beneficiaron. Nosotros no hemos tenido un Sabino Arana, como Euskadi, ni a un Rafael Casanova como Cataluña, ni a un Blas Infante como Andalucía, ni un Castelao como Galicia o incluso un Revilla como Cantabria. No hemos tenido a nadie ni a nada. Estamos huérfanos de figuras señeras que pudieran suponer un hito en nuestra empresa emancipadora.
Muy por el contrario, sólo hemos tenido políticos pigmeos, con pretensiones de gigantes, que mancillan el buen nombre de esta tierra y también periodistas con vista de lince para los problemas lejanos y ojos de topo para los domésticos. Tampoco hemos tenido suerte con nuestros intelectuales de cupo, quienes sobrevuelan el panorama leonés buscando su meta en lugares lejanos o en cargos donde doblar la cerviz al ser condecorados con algún triste premio de consolación. Nuestras fuerzas vivas son como esos perros que, famélicos, merodean la mesa cargada de manjares y cuyas migajas sobrantes barre el anfitrión con su bocamanga para dejarlos ahítos. ¡Son estómagos de bocados pequeños! ¡Es lo que tiene el ayuno prolongado!
El ejemplo reciente de la clase política leonesa no puede ser más descorazonador. Hubo incluso un presidente de gobierno que, a pesar de su natalicio pucelano, se las da de leonés –vaya Usted a saber por qué– y que fue motejado de ‘Bambi’, malicioso apelativo que acabó por definirlo. Nada le debe León a este prócer ni a la hornada de políticos patrios anteriores ni posteriores. Se podría afirmar que es como si no hubiéramos tenido representación nunca. Un lastimoso ejemplo actual corre a cuenta de dos exponentes leoneses que asoman a menudo en las pantallas de nuestros televisores.
Lo cierto es que han andado a la greña Ester Muñoz y Javier Alfonso Cendón, dos pollos tomateros con esbozo de espolones
Recientemente las máximas figuras del PSOE y el PP en el Parlamento español han escenificado una ‘performance’ digna del dúo Pimpinela donde han disputado públicamente sobre quién era el máximo representante de los intereses leoneses en tan distinguido foro – no sé cómo tienen el cuajo de arrogarse tal representatividad que a la postre es falsa–. Lo cierto es que han andado a la greña Ester Muñoz y Javier Alfonso Cendón, dos pollos tomateros con esbozo de espolones. Ninguno ha demostrado nada, tan sólo verbosidad atropellada o palabras evanescentes. Ambos conforman el paradigma del político leonés del siglo XXI.
La representante femenina, fogosa e inconsistente, ha llegado a comparar la detención de un soldadito español, soldadito valiente, a quien el orgullo del sol fue besarle la frente, que tal detención y malos tratos dispensados por sus captores israelíes no superan a los que ella ha sufrido en algún control de la Guardia Civil algún día de fiesta trasnochadora. Flaco favor le ha hecho a su partido. Similar a los que Cendón hace al suyo. Nada; lo dicho. Hemos pasado de la abreviatura de un reino a la miniatura de sus hipotéticos albaceas. Parafraseando a García Márquez, “León no tiene quien le escriba”.