La transición que sustituye cientos de chimeneas

El artículo «La transición que sale por la chimenea» plantea dudas legítimas sobre la futura red de calor de León, pero desde AVEBIOM consideramos que la nueva instalación no debe compararse con el ideal de una ciudad sin emisiones, sino con la realidad que está llamada a sustituir: cientos o miles de calderas y chimeneas dispersas, muchas de ellas antiguas, menos eficientes y sometidas a controles menos exigentes. 

Entre estas dudas señala que la red pierde calor y plantea dudas sobre el efecto de la distancia en la eficiencia del sistema. Es una preocupación razonable, pero la magnitud de esas pérdidas no depende solo de la longitud, sino también del diseño, el aislamiento y la gestión de la red. Las redes modernas utilizan tuberías preaisladas conformes con la norma europea EN 13941, con aislamiento de poliuretano, protección exterior y sistemas de detección de humedad. En una red optimizada, las pérdidas pueden mantenerse por debajo del 5 %, mientras la empresa explotadora supervisa la instalación y reemplaza cualquier tramo deteriorado. 

La central tendrá emisiones, pero debe compararse con los sistemas que realmente sustituirá: cientos de calderas dispersas, muchas de ellas antiguas y alimentadas con gasóleo. Frente a esos equipos, una red de calor de biomasa reduce drásticamente las emisiones de CO₂ fósil y concentra la producción en una instalación moderna, con sistemas avanzados de depuración, mantenimiento profesional y supervisión continua. Además, cuanto mayor es la potencia de una instalación, más estrictas son las restricciones normativas y el control de las autoridades. Las grandes instalaciones no solo disponen de tecnología más avanzada, sino que están sometidas a límites más exigentes. 

Existe biomasa suficiente: España pasó de acumular unos 594 millones de metros cúbicos de madera en 1996 a alrededor de 1.100 millones en 2020, porque solo utiliza cerca del 35 % del crecimiento anual de sus bosques. En Castilla y León, el volumen acumulado aumentó de 153,8 millones de metros cúbicos en 2004 a 219,2 millones en 2020. Gestionar parte de estos recursos mediante cortas de mejora y tratamientos selvícolas contribuye, además, a reducir la cantidad y continuidad del combustible vegetal que agrava los incendios. 

Por otra parte, la biomasa que se emplea para usos energéticos debe demostrar su sostenibilidad, de acuerdo a lo dispuesto en la Directiva europea RED III. Esto quiere decir que se debe acreditar el origen de la biomasa forestal, su trazabilidad, las prácticas de aprovechamiento y la reducción de gases de efecto invernadero durante toda la cadena de suministro. Para las instalaciones térmicas de 7,5 MW o más, estos requisitos son obligatorios. La biomasa no puede proceder de espacios forestales especialmente protegidos y su extracción debe respetar las autorizaciones administrativas y los planes de ordenación que garantizan la conservación y regeneración del monte. 

La biomasa sostenible forma parte del ciclo corto del carbono: el CO₂ liberado en su combustión había sido absorbido previamente por la vegetación y vuelve a fijarse con la regeneración del monte. El gasóleo, en cambio, añade a la atmósfera carbono fósil que llevaba millones de años almacenado bajo tierra. 

Ninguna fuente de energía tiene una huella de carbono nula. La biomasa requiere aprovechamiento, preparación y transporte; la solar y la eólica, fabricar e instalar equipos; la geotermia, realizar perforaciones, y la aerotermia, consumir electricidad. Aunque sus huellas son diferentes, las energías renovables presentan, en general, emisiones de ciclo de vida muy inferiores a las de los combustibles fósiles. En el caso de la biomasa sostenible y de proximidad, la reducción puede rondar el 95 %, respecto a los combustibles fósiles.  

Además, una red de calor puede combinar biomasa, otras renovables y calor residual e incorporar nuevas soluciones sin modificar las instalaciones de miles de edificios. 

Desde luego, León merece un debate transparente y basado en datos. La pregunta adecuada no es si aparecerá una chimenea, sino cuántas desaparecerán, qué emisiones se evitarán y qué sistema puede proporcionar durante las próximas décadas calor renovable y eficiente, producido en una instalación rigurosamente controlada.