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REPORTAJE

Al mal tiempo buena manta (de El Val de San Lorenzo)

La pequeña localidad leonesa conserva uno de los legados textiles e industriales más importantes del país cuyas raíces se pueden descubrir en el Museo Textil de La Comunal 

Val de San Lorenzo, en la Maragatería, guarda una historia textil que sigue muy viva. Este pueblo, conocido por ser cruce de caminos de arrieros, fue durante años un punto clave en la industria del paño. A día de hoy, continúa presumiendo de ese pasado con un orgullo muy fácil de entender.

La huella de los oficios se percibe en lugares concretos: el Museo Textil y el viejo Batán rehabilitado. Entre ambos se mantiene el pulso de los telares y esa relación tan directa entre el trabajo artesanal y la vida rural.

Más que una visita, el recorrido funciona como un viaje por etapas: desde la llegada de la lana y su preparación, hasta el sonido de la maquinaria que todavía se conserva. Todo con el mismo hilo conductor: la fama de unas mantas que acabaron siendo las más conocidas del país.

Las mantas

En Val de San Lorenzo se recuerda que ya en el siglo XVII hay constancia de un negocio textil que empezaba a tomar forma. Un siglo después, el crecimiento se hizo notar: el pueblo llegó a contar con hasta 80 fabricantes repartidos por calles y plazas.

Con el tiempo llegaron dificultades. Los artesanos leoneses tuvieron que luchar para adaptarse a los cambios que trajo la revolución industrial. El impacto fue duro, sobre todo cuando la industria moderna y el vapor empujaron un sector que, en León, seguía anclado a patrones tradicionales.

Museo Textil Val de San Lorenzo
Telar Jacquard del Museo Textil Val de Val de San Lorenzo. Foto: A.F.R.

Aun así, la calidad marcó la diferencia. Los fabricantes maragatos destacaban por el nivel de sus productos y, por encima de todo, las mantas eran la gran referencia. Las mantas del Val de San Lorenzo se convirtieron en el gran reclamo local e incluso traspasaron fronteras y llegaron a ser premiadas en la Exposición Internacional de París de 1900. La fama, unida al auge de las necesidades de la industria militar, terminó por impulsar las ventas.

La Comunal

El gran giro llegó en 1920. Entonces, setenta y tres artesanos del pueblo se unieron bajo el tejado de La Comunal y empezaron a transformar la industria local. Una de las claves fue la instalación de las primeras máquinas eléctricas, compradas de segunda mano en fábricas catalanas. La modernización también alcanzó a los telares. Con esos cambios, la producción se volvió más rápida y eficiente, abriendo una nueva etapa para el trabajo del paño en la zona.

Con el paso de los años, el edificio histórico de La Comunal fue restaurado y se convirtió en un museo textil. Allí se muestran antiguos telares y también las grandes máquinas industriales que los reemplazaron, conservadas en perfecto estado. Lo más llamativo es que la maquinaria está en funcionamiento. Esto permite seguir de cerca los distintos pasos del proceso de fabricación de paños según la época, con una visión muy directa y fácil de entender.

Destaca el gran telar Jacquard, una joya del patrimonio industrial célebre por ser el primer modelo que usaba tarjetas perforadas para marcar los patrones del tejido, lo que supuso una revolución en el sector y está considerado uno de los antecedentes de la informática.

El inmueble data de los años 40 del siglo pasado y fue levantado por la Sociedad Comunal de Artesanos. Nació como espacio de trabajo para realizar procesos de preparación de la lana y su hilado. Su etapa como centro de trabajo terminó en 1998, cuando cerró sus puertas.

Museo Textil Val de San Lorenzo2
Telar Jacquard del Museo Textil Val de Val de San Lorenzo. Foto: A.F.R.

El batán

Junto al río, el viejo edificio del batán fue parte esencial de esa evolución. Es el único que ha sobrevivido. Allí, los pistones de madera que baten las mantas para apelmazar las fibras pasaron a funcionar con electricidad y dejaron de depender de la corriente del Turienzo. La Sociedad Comunal lo compró en los años veinte, y en su interior pueden verse ingenios usados para el lavado y secado de la lana, además de su cardado final.

Se trata de un edificio pequeño y bajo, con paredes de piedra, vigas de madera y marcos de puertas y ventanas pintados de azul. Era el primer punto de llegada de la lana: allí se lavaba y se preparaba antes de llevarla a La Comunal, donde se transformaba en hilos y, después, en mantas.

Tras esa fase, las piezas volvían al batán para su cardado. El recorrido, por tanto, no era lineal, sino circular: el batán y La Comunal se complementaban para completar el proceso.

La industria del paño sigue viva en estos días y dos telares siguen produciendo las famosas mantas de Val de San Lorenzo, así como otros artículos textiles en los que la lana merina es la protagonista. En este lugar, la tradición textil no se cuenta solo con palabras, se ve en sus espacios y en su memoria colectiva.