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El éxito de La Bicicleta de Anacleta

La Bicicleta de Anacleta convierte las tardes de León en una aventura gastronómica con su creativo ‘branch’ entre ríos, bosques y nubes | El obrador de la Avenida Universidad, nacido en 2017, ha creado un concepto propio alrededor del brunch que combina cocina artesanal, repostería creativa, ambientación y sorpresa, con sesiones privadas para grupos de hasta 14 personas

Si crees que no hay margen para la sorpresa... Tranquilo, súbete a esta bicicleta. Hay propuestas gastronómicas que se limitan a poner un plato sobre la mesa y otras que aspiran a construir alrededor de la comida una historia. La Bicicleta de Anacleta, en la Avenida Universidad número 13 de León, pertenece a esta segunda categoría. El obrador artesanal que nació en abril de 2017 ha convertido la creatividad en el eje de una propuesta que une repostería personalizada, cocina casera, decoración y experiencias gastronómicas.

Su apuesta más singular es el llamado ‘branch’, una particular reinterpretación del brunch que se ha convertido en uno de los principales reclamos del establecimiento. La propuesta está diseñada para grupos y se desarrolla como un recorrido por dos espacios diferenciados, con una primera parte informal y otra más reposada, en la que se sirve el grueso de un menú elaborado en el momento.

El ‘branch’ que se escribe con A

La propia identidad del concepto parte de una alteración deliberada de la palabra brunch. En La Bicicleta de Anacleta han decidido denominarlo ‘branch’, con A, para convertir el nombre en parte de la experiencia.

“Nuestro concepto de brunch es distinto”, explica la presentación del establecimiento. La denominación pretende recoger tanto la identidad de Anacleta como la filosofía que sustenta la propuesta.

“Lo hemos llamado branch, con A por varios motivos: porque es el branch de Anacleta, porque es distinto a todo y porque branch en inglés significa ‘rama’ y nuestra propuesta se basa en eso, en origen, en naturaleza, en río, en definitiva, en creatividad”.

La explicación resume la intención del proyecto: no reproducir el formato convencional de desayuno-almuerzo, sino crear una experiencia propia en la que gastronomía y escenografía avancen juntas.

Del río al bosque en una misma comida

La experiencia está organizada en dos zonas independientes que obligan al comensal a cambiar de ambiente durante la sesión.

La primera parada es la denominada zona río. Allí comienza el recorrido, alrededor de mesas altas y en un ambiente deliberadamente informal. Los participantes permanecen aproximadamente media hora de pie y comparten pequeños bocados concebidos como aperitivo de lo que llegará después.

“Primero pasamos al río, una zona de mesas altas donde estaremos en torno a media hora, de pie en plan informal con platos de bocado”, señala la descripción del concepto.

La ambientación busca trasladar al visitante a un escenario natural. Pequeñas cestas de picnic, elementos decorativos y referencias al agua construyen un primer capítulo gastronómico en el que aparecen propuestas dulces y saladas.

El menú incluye zumo de naranja natural, croque monsieur con jamón, queso y bechamel trufada, queso viejo ahumado, membrillo artesano, un sándwich de pepino, queso crema y eneldo, además de un bikini de manzana, espinacas, salsa trufada y mozzarella.

La propuesta se completa con piña natural al golpe de tahini, fresas con chocolate, uvas de temporada, picos de pan y gazpacho fresco.

La idea no es que el cliente simplemente consuma estos productos, sino que los descubra dentro de un escenario que pretende recrear un picnic junto al río.

Una segunda parada bajo una nube

Después del primer recorrido llega el cambio de escenario. Los participantes abandonan las mesas altas y pasan a la zona bosque, donde comienza la parte principal de la experiencia.

“Posteriormente pasamos a la zona del bosque, sentados y dispuestos a degustar el grueso del menú recién hecho”, explica el planteamiento del establecimiento.

El segundo espacio está concebido alrededor de mesas bajas y una ambientación que incorpora una gran nube de algodón suspendida sobre los comensales. La decoración vuelve a utilizar referencias naturales y elementos visuales para generar una atmósfera diferente a la de la primera parte.

Esta segunda etapa tiene una duración aproximada de una hora y media y concentra buena parte de las elaboraciones salidas de la cocina.

Un menú que mezcla dulce, salado y creatividad

La segunda parte del ‘branch’ continúa con pequeños formatos y elaboraciones que buscan sorprender por la combinación de ingredientes.

Entre las propuestas figuran un macaron artesano relleno de foie y manzana especiada, un bombón de rulo de queso de cabra con nueces pecanas, un roll de croissant artesano con mango fresco y jalapeños, yogur de coco, sésamo negro, cilantro y lima, y un saam de pato acompañado de salsa de tamarindo, cebollino y pepino.

El recorrido gastronómico incorpora también un yogur cremoso con compota de arándanos, chía, plátano, nieve de mango y maracuyá, granola de avena y sirope de arce.

Uno de los platos centrales es el huevo Benedictine sobre flatbread casero, acompañado de jamón York y salsa holandesa casera. El plato se sirve junto a una ensalada de brotes tiernos con frambuesa y vinagre balsámico de frutos rojos y un puré de boniato con mantequilla.

El apartado dulce vuelve a recuperar el espíritu del obrador. La propuesta incluye un bombón en las nubes, una copa de mousse de fresa natural con gelée de arándanos, nata y merengue seco que representa una particular versión de la pavlova, además de un osito Max de gianduja de chocolate blanco y bombón de avellana.

La experiencia termina con café o infusión, agua, picos de pan y un cóctel sin alcohol San Francisco.

Tres horas para comer, descubrir y celebrar

Una de las particularidades de la propuesta es su duración. El ‘branch’ se desarrolla aproximadamente entre las 11.30 y las 14.00 horas, aunque el planteamiento tiene poco que ver con una comida rápida.

La propia filosofía del establecimiento lo define como una aventura gastronómica. “Comienza la aventura. Nos vamos de picnic al río”, plantea la introducción de la primera parte, antes de continuar con el paso a la zona bosque.

El diseño está especialmente orientado a celebraciones y encuentros entre amigos, ya que el establecimiento cierra el espacio exclusivamente para el grupo que haya realizado la reserva.

La fórmula habitual está pensada para un mínimo de diez y un máximo de catorce personas. Todas las elaboraciones se realizan en el momento y exclusivamente para el grupo, lo que refuerza el componente privado y personalizado de la experiencia.

El precio establecido es de 50 euros por persona para grupos de diez a catorce integrantes. También existe la posibilidad de organizar el ‘branch’ con grupos más pequeños: nueve personas, 55 euros por persona; ocho, 60 euros, y siete, 65 euros.

La alternativa para quienes no reúnen un grupo completo

La necesidad de reunir a un grupo numeroso podría ser un obstáculo para algunos clientes, por lo que el establecimiento contempla también reservas desde siete personas.

Esta fórmula permite mantener el carácter privado de la actividad sin exigir llegar al mínimo habitual de diez participantes. La diferencia se refleja en el precio por persona, que aumenta a medida que disminuye el tamaño del grupo.

La reserva requiere además el abono anticipado del 50% del importe mediante transferencia, mientras que la cantidad restante se paga al finalizar la experiencia en el propio establecimiento, con posibilidad de utilizar tarjeta.

Siete años de creatividad desde la Avenida Universidad

El ‘branch’ es la expresión más completa de una filosofía que La Bicicleta de Anacleta viene desarrollando desde su apertura en 2017. El proyecto nació ligado a la repostería artesanal y a la elaboración de tartas personalizadas y, con el paso del tiempo, fue ampliando su actividad hacia experiencias gastronómicas y celebraciones.

El obrador mantiene la elaboración artesanal como una de sus principales señas de identidad. “Todo lo que hacemos en nuestro obrador es casero, artesano y elaborado con mucho mimo”, resume su propia filosofía.

A esa dimensión artesanal se suma la personalización. La propuesta del establecimiento parte de la posibilidad de transformar las ideas de los clientes en creaciones dulces adaptadas a cada ocasión.

“Podemos hacer lo que quieras, cuéntanos tu idea. Cualquier cosa que se te ocurra se puede transformar en un recuerdo dulce”, señala la descripción del servicio.

Un espacio diferente en la zona universitaria

La importancia de La Bicicleta de Anacleta dentro de la oferta hostelera de León no reside únicamente en su carta. Su principal elemento diferenciador es la creación de un universo propio en plena zona universitaria.

El establecimiento ha convertido un local de la Avenida Universidad en un escenario gastronómico en el que la decoración, la música, la cocina y la repostería forman parte de un mismo concepto. El resultado es un espacio que busca alejarse de la experiencia convencional de una cafetería o un restaurante y que encuentra en las celebraciones privadas y los encuentros de grupos una de sus principales vías de diferenciación.

Su ‘branch’ resume esa apuesta: dos ambientes, un recorrido gastronómico, elaboraciones artesanales y una puesta en escena que lleva al cliente desde un imaginario río hasta un bosque bajo una nube.

En un sector en el que el brunch se ha convertido en una fórmula cada vez más habitual, La Bicicleta de Anacleta ha optado por cambiar incluso su nombre para subrayar que su propuesta quiere ser otra cosa. Una rama, un río, un bosque y una mesa se convierten así en las piezas de una experiencia creada en León con una premisa clara: que comer también pueda ser una forma de viajar, jugar y sorprenderse.