De Urracas y curias
Quisiera, estimados lectores, transmitirles con la mayor sencillez posible algunas ideas que deben estar tan lejos de los intereses espurios de la política presentista como de la pesadez de plomo de algunas argumentaciones académicas. Probablemente algunos de ustedes pensarán que con la primera frase me he alejado ya mucho de mi propósito, pero el asunto requiere alguna explicación.
Los historiadores estamos acostumbrados a que se haya pasado de los usos públicos de la Historia a los usos interesados, cuando no abiertamente sesgados de ella. La gente es muy libre de pedir políticamente lo que quiera, si se encuadra dentro del tolerante respeto a las opiniones de otros y a los límites constitucionales que marcan la pacífica convivencia en una democracia de calidad. Dentro de esos límites todo es defendible. Ahora bien, los argumentos de la política revestidos de ropajes históricos suelen encubrir barbaridades manifiestas, como bien recordamos desde el procés catalán.
Pero beligerante en lo que se refiere a la defensa del rigor histórico, sin aceptar manipulaciones presentistas de los que creen que todo lo que pasó entre la Edad Media y la Moderna tiene que ver con la Comunidad Autónoma de Castilla y León, para bien o, mucho más frecuentemente, para mal.
Yo soy un humilde, pero beligerante profesor de Historia de las Ideas Políticas. Humilde en lo que se refiere a los logros de mis investigaciones comparados con el conjunto de avances que mis colegas consiguen en bloque, pues es la imagen mesurada por nuevas visiones historiográficas compartidas lo que proporciona más seguridades para avanzar en el conocimiento de nuestro pasado.
Pero beligerante en lo que se refiere a la defensa del rigor histórico, sin aceptar manipulaciones presentistas de los que creen que todo lo que pasó entre la Edad Media y la Moderna tiene que ver con la Comunidad Autónoma de Castilla y León, para bien o, mucho más frecuentemente, para mal. Lo hice cuando con esa estrecha mentalidad presentista algunos querían restar importancia al papel decisivo que muchos comuneros leoneses desempeñaron durante el enfrentamiento de las Comunidades, que ni eran de Castilla solo ni eran de Villalar como si fuese el engendro de fiesta regional actual. ¿Ven?, se puede decir que la fiesta de Villalar me parece un engendro ideologizado e interesado y mantener con justicia historiográfica que hubo leoneses muy destacados en el bando comunero.
¿Por qué reitero esa necesidad de rigor historiográfico y huir a la vez de la contaminación de los intereses partidistas actuales? Porque en su momento consideraba necesario precisar conceptual y terminológicamente curias, cortes y parlamentos. Ahora bien, hay una verdad institucional incontrovertible, que hunde sus raíces en una fundamentación histórica indudable, como es que León sea la cuna del parlamentarismo. Más allá de la declaración de la UNESCO, la Cátedra del Parlamentarismo que con tanto acierto divulgador como rigor académico dirige la profesora Seijas Villadangos en la ULE a buen seguro proporcionará reflexiones fundadas en tal sentido.
Fantasear en una fiesta con paralelismos en Soria es una cosa y fabular una participación ciudadana antes de 1188 otra muy distinta, lúdica y de ocio la primera, rigurosa e histórica la segunda, sin que jueguen en el mismo plano
Este no es el lugar de despacharles un sesudo y soporífero artículo académico de mi especialidad, pero por simplificar la cuestión, en el Reino de León existía una cultura política diferente a la de Castilla. Para empezar, anterior cronológicamente y eso es tan indiscutible como qué reino fue antes. Y sobre todo, sustantivamente más rica, más matizada, más participativa. Y eso es lo que demuestra la curia de 1188 y no ninguna otra anterior, ni leonesa ni castellana. He dedicado años de mi vida académica a precisar el concepto de participación política. Eso es lo novedoso de 1188 y lo inexistente en otros casos. Lo importante no es quién va a las sesiones de las curias, de las cortes y de los parlamentos, sino quién participa con capacidad decisoria activa y en qué sentido y, lo que es vital en este caso, con qué legitimación jurídico-política lo hace.
Fantasear en una fiesta con paralelismos en Soria es una cosa y fabular una participación ciudadana antes de 1188 otra muy distinta, lúdica y de ocio la primera, rigurosa e histórica la segunda, sin que jueguen en el mismo plano. Claro, hasta que viene la Consejería de Cultura y suelta la pasta con insultada frivolidad. En el mejor de los casos, porque les falta rigurosidad al analizar el tema y en el peor porque tienen intencionalidad política, también presentista. Quédense ustedes en si son vagos, imprecisos o malintencionados. Con la cantidad de dinero que se hurta a los jóvenes investigadores de la Historia en esta Comunidad para proyectos de alcance y se gasta dinero público en esto.
Afortunadamente en sentido contrario celebramos los centenarios como nadie y es una buena ocasión para acercar al público en general figuras históricas a las que no se presta la atención que merecen. Por eso me parece tan reseñable como recomendable la lectura del libro de Ricardo Chao Historia de la reina Urraca. Una figura que adquiere verdadera trascendencia para el modelo femenino de gobierno regio del que hay tan pocos ejemplos efectivos y que en el caso de la reina leonesa es el precursor de todos, como con acierto y sin necesidad de recurrir a invenciones y exageraciones recalca el historiador leonés. Es lo que tiene atenerse a las fuentes y visitar los archivos. A ver si cunde el ejemplo.