El tiempo

Medianoche

Sin proponérmelo, creo que hoy acabaré dejándoles algo de mal cuerpo, pero es que los asuntos de conciencia colectiva...
Donal_AnyMaking

Sin proponérmelo, creo que hoy acabaré dejándoles algo de mal cuerpo, pero es que los asuntos de conciencia colectiva, vista la deriva, nos llevan por los derroteros de la zozobra y la fractura del alma. Vengo a hablarles hoy del reloj del apocalipsis. No es un dispositivo real, no hay en él maquinaria móvil, ni necesita mantenimiento. Se trata de una metáfora, de una traducción a términos medibles, de lo cerca que estamos del fin del Mundo. Y es que resulta que estamos más cerca que nunca, desde aquel ya lejano año 1947 en que un grupo de científicos atómicos decidió poner en cifras lo que hasta entonces solo era una percepción más o menos objetiva del riesgo de holocausto nuclear total.

Entre los miembros de aquel grupo estaban algunas eminencias que habían contribuido en mayor o menor medida al desarrollo y empleo de la energía atómica con fines militares, como Oppenheimer, y también mentes tan indiscutidas como Albert Einstein. En el momento su “puesta en funcionamiento”, situaron al planeta a siete minutos de la medianoche, entendiendo la misma como el final, ese segundo después de que se desatara toda la fuerza destructiva almacenada, de aquella, en los vientres de bombarderos estratégicos, ya que los primeros misiles balísticos susceptibles de alojar una ojiva nuclear datan de la década de los 50.

Para ilustrar este momento les recomiendo la película “Trece días”, que cuenta la historia desde la perspectiva del gobierno estadounidense

Pero desde entonces hasta ahora la carrera armamentística ha ido acortando, aunque en una suerte de montaña rusa con altibajos, el tiempo restante hasta el apocalipsis. En estos casi ochenta años de historia hemos tenido momentos bastante pencos, como la crisis de los misiles en Cuba de 1962, en la que estuvimos a un tris de irnos al garete. Curiosamente no dio lugar a un movimiento del reloj porque los científicos no llegaron a reunirse, pero la cosa estuvo bastante tiesa antes de que se firmasen los acuerdos. Para ilustrar este momento les recomiendo la película “Trece días”, que cuenta la historia desde la perspectiva del gobierno estadounidense, con un más que evidente blanqueo de los hermanos Kennedy, saga discutida por sus métodos, escarceos con la mafia y adicciones sexuales bastante perversas, bien es verdad que con un ángel de la guarda… gandul perdido.

Anduvieron finos en aquella ocasión los estadounidenses, que tenían enfrente a un Jrushchov al que no le habría importado mucho ir a la guerra zapato en ristre, tal como demostró en un plenario de la ONU donde golpeó el atril con uno que, por lo que cuentan, le apretaba. No hay que olvidar que el “bueno” de Nikita tuvo un importante papel en la Batalla de Stalingrado, donde funcionó como comisario político-militar para asegurar la moral de las tropas. Esto de la moral es un eufemismo, que no dudaba en tirar de pistola semiautomática “Tokarev” para asegurarse de que nadie daba un paso atrás. A este respecto, no perderse tampoco “Enemigo a las puertas”. El cine, esa fuente, si bien empleada, de didáctica.

Tras ese momento, en que se vio claro por qué poco nos podemos extinguir, y después de la firma de los tratados de control de armas poco antes de la caída de la Unión Soviética allá por los primeros noventa, conseguimos retrasar el reloj hasta los 17 minutos para la medianoche. Poco duró la alegría, que, al no respetarse los tratados, el minutero corrió de nuevo, y bastante. A mayores al comité científico se le ocurrió incluir algún tipo de riesgo más, que ha quedado claro que estamos empeñados en extinguirnos por más razones que una conflagración mundial. Nuestra decisiva intervención en la deriva del cambio climático y el claro descontrol sobre pandemias que nos puedan venir han añadido otros vectores de riesgo. Y luego, la inteligencia artificial, ese invento que aún no sabemos si va a ser Prometeo o artificio chorra en manos desaprensivas: incógnita que no ayuda, pero nada, que suma incertidumbre y que, hoy por hoy, resta recursos a lo que, de verdad, seguramente importa.

El caso es que los científicos reunidos cifran nuestro tiempo restante en 85 segundos. Esto, en términos baloncestísticos, puede ser una eternidad, pero vistos los árbitros de la actualidad mundial, puede precipitarse y concluir en poco. Será empate a nada y no habrá prórroga.

Decía una amiga, pragmática, que el Mundo se acaba para cada uno cuando se muere. Y es verdad, que nada nos llevamos cuando a la nada vamos, y perdonen los creyentes mi impiedad a este respecto y mi duda más que razonable sobre la llamada “mejor vida”. Llevo años intentando que la mejor sea la bastante pasable de la que disfruto. Más allá, si eso, veremos.

No voy a entrar en cuáles serán esos merecimientos. Trump está consiguiendo aterrorizar a una gran cantidad de personas

Y esto, a colación de que muchas personas, seres humanos, ven cerca el fin del Mundo cada día. No puedo por menos que pensar en todos esos migrantes que en Estados Unidos ven caer el peso de esos auténticos “laceros de humanos” de las fuerzas de ICE, un cuerpo que ya recibe más fondos que la DEA o el FBI, y que se ha transformado en un auténtico ejército vengativo, alimentado con personal obviamente poco escrupuloso, al que no se exige formación, y que acaba cobrando cifras astronómicas de hasta 150000 dólares, en función de experiencia y méritos. No voy a entrar en cuáles serán esos merecimientos. Trump está consiguiendo aterrorizar a una gran cantidad de personas, de seres humanos, que trabajan y sudan, que intentan hacerse un hueco en la depredadora sociedad neoliberal capitalista de los Estados Unidos. Este dictador a todas luces está atacando por la base la idea del sueño americano, aquel ideal que establecía un principio de bonanza común basado en el esfuerzo individual y la auténtica meritocracia. Todo se derrumba ahora en un país que no te deja espacio, que se vuelve en contra de los que lo han hecho crecer desde la base.

En España vamos a tener la suerte de poder regularizar la situación de hasta medio millón de personas que ya están trabajando, sudando y tratando de hacerse un hueco en nuestra sociedad. Oídos sordos, por favor, a esa rueda infecta de bulos que pretende hacernos creer que vamos a repartir carnés de español por las esquinas a todo pichichi. El proceso de regularización exige acreditación de arraigo, de trabajo, de actividad. El proceso de nacionalización es muy complejo y hace pasar a los aspirantes por pruebas que dudo mucho superasen los abascales de turno. Esos que estarían encantados de convertirse en laceros, en las bestias rencorosas que nos hacen equivocar al enemigo. Me gustaría ver a alguna marquesona poniendo el grito en el cielo al descubrir que el servicio de inmigración, organizado por esta obscena extrema derecha, le acaba de secuestrar a esa joven migrante, tan cariñosa y a la que tan poco paga y tan bien le atiende. Necesitamos la fuerza de todos y de cada uno de esos que han venido a acompañarnos en nuestro viaje. Es más, les diré que, con la que se nos viene, necesitamos a gente fuerte, curtida, acostumbrada a las más duras condiciones. Esas, esas condiciones a las que el estar a 85 segundos del fin del Mundo va a someter a nuestros tiernos y blancos traseros.