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Ad Legionem: preparado para su desguace... o no

La inmensa mayoría de las ciudades de todo el mundo presumen de su historia. En mayor o menor medida, se sienten orgullosas del legado recibido...

La inmensa mayoría de las ciudades de todo el mundo presumen de su historia. En mayor o menor medida, se sienten orgullosas del legado recibido. En cambio, hay otras urbes no tan sensibilizadas con los vestigios del pasado. Por ejemplo:

Dresde (Alemania). Récord Guinness. La Unesco le retiró el título de Patrimonio de la Humanidad al Valle del Elba por la construcción de un puente.

Liverpool (Inglaterra). Siempre tan apegada al deporte, consiguió igualmente su expulsión de esta prestigiosa lista por levantar, cómo no, un estadio de fútbol y una hilera de edificios modernos que se “cargaron” su puerto histórico.  

León, siempre tan original, ha decidido explorar una tercera vía. Asfaltar su origen. No es tarea sencilla innovar en materia de destrucción patrimonial, pero aquí se ha logrado con una naturalidad pasmosa.

Donde los profesionales cualificados ven un yacimiento romano único en Europa, los iluminados, tan simpáticos ellos, lo reducen a un solar con inmensas posibilidades. Da lo mismo construir una carretera, una avenida o chalés adosados. Para qué pararse en barras.

Porque Ad Legionem no es un hallazgo cualquiera, claro que no. Es el mayor vicus (pequeño asentamiento) romano de la Península Ibérica. El único, para más inri. El que nos escupe a la cara que León no nació apretado en un campamento militar, sino dos kilómetros más allá, en Puente Castro.  

Emergió una ciudad con todas las letras donde 5.000 personas —familias, artesanos, taberneros o veteranos, algunos con un paladar tan exquisito que degustaban ostras llegadas desde el Atlántico— decidieron que este era su lugar de residencia. Fueron tres siglos de vida y de restos arqueológicos esperando a ser estudiados con un pincel, no para acabar triturados, a las bravas, por la pala de una excavadora.  

Es asombroso: hemos tardado dos milenios en descubrir nuestro origen para que algunos decidan, con esa flema leonesa tan característica, que la herencia estorba si impide que el tráfico fluya con la alegría de quien cree que el mayor hito arqueológico sería encontrar petróleo bajo el pavimento de la calle Ancha.

La insólita tradición leonesa de merendarse el legado

No está de más reconocer que tenemos una especial habilidad para ser tolerantes y dejar que se arrase con lo que nos hace únicos. Sin ir más lejos, los cubos de la muralla, Puerta Obispo o la fachada del Instituto Padre Isla, demolida para los restos. La lista es tan larga que debería tener su propio museo, si no fuera porque también lo derribarían para hacer un aparcamiento.  

Se destruye el original y cuando a los autores de la tropelía les entra el arrepentimiento cultural, se decantan por la copia que tanto desluce. Como sucedió, en su día, con la “falsificación” de los cubos de la muralla.  

A este paso, no resultaría nada extraño que veamos la Catedral convertida en un gran centro comercial. Imagina, amigo lector, los mostradores de cosmética aprovechando el haz de luz de las vidrieras o las rebajas anunciadas desde el altar mayor, que para eso tiene buena acústica.  

Ya metidos en harina, ¿por qué no convertir San Isidoro en un gimnasio de lujo? El Panteón de los Reyes podría ser la sala de spinning para sudar la gota gorda entre sarcófagos, porque total, el espacio está infrautilizado. Parece que, en León, si una piedra no produce beneficios inmediatos o no deja pasar un SUV, es que no sirve para nada.  

Ahora llega Ad Legionem, el verdadero kilómetro cero de este municipio; el sitio donde incluso se documenta la salida del primer obispo cristiano de la península, como si los romanos, tan visionarios ellos, ya supieran que aquí nos iban a hacer falta grandes dosis de fe para aguantar a nuestros políticos.  

Un tesoro histórico que cualquier lugar de Europa, con un mínimo de amor propio, convertiría en su joya de la corona. Pero León, en un alarde de genialidad urbanística, ha decidido que el linaje incomoda si no tiene arcén. Para los eruditos municipales dotados con el sabio arte de la “ocurrencia”, el origen de la urbe no es patrimonio, es un bache que retrasa el hormigonado.

Ese yacimiento, que debería figurar como nuestra partida de nacimiento, está ahora en el corredor de la muerte condenado a convertirse en el pavimento de nuestra desmemoria para que el tráfico ruede sin el incómodo peso de la historia. Los partisanos del patrimonio

Mientras en el Ayuntamiento se entretienen trazando líneas de colores con rotuladores finos y gruesos sobre un plano, la resistencia al disparate la encabeza Promonumenta, que se empeña en esa excentricidad tan suya de defender el patrimonio. Desde la asociación se despliega una ingrata labor heroica ante quienes prefieren el olor a alquitrán al de su propia estirpe.

Es alucinante observar esa capacidad tan autóctona para lamentar la pérdida de identidad entre suspiros, pero con la comodidad del que no piensa mover un solo dedo si eso supone cuestionar la hoja de ruta de su rutina.  

La mayor parte de la sociedad local asiste al entierro de su propio origen con una pasividad de figurante, como si la destrucción de Ad Legionem fuera causada por un meteorito inevitable y no por el resultado del adocenamiento colectivo.  

Al final resultará, si no lo remediamos, que el mayor enemigo de la Legio VII no ha sido el tiempo, sino esa desgana militante y ese desinterés constante de quienes prefieren un vial antes que fijar su compromiso con el patrimonio cultural.  

Menos mal que Promonumenta no camina en solitario en su desvarío. La entidad está respaldada por Hispania Nostra, Europa Nostra, ICOMOS (Consejo Internacional de Monumentos y Sitios), colegios de arquitectos, universidades, arqueólogos, expertos o alcaldes de otros municipios con amplio legado romano, desde luego más sensibilizados que nuestra corporación municipal. A buen seguro que nos miran con una mezcla de asombro y lástima.  

En lo que todos coinciden, sin dudarlo, es en que lo de Ad Legionem es un disparate monumental, una de esas genialidades solo a la altura de quien confunde el progreso con una apisonadora. Pero claro, ¿qué sabrán las eminencias nacionales e internacionales frente al criterio infalible del concejal de turno o la opinión técnica del cuñado que asegura que «total, solo son piedras»?  

Es enternecedor ver cómo un puñado de personas tiene que recordarles a los señores de despacho que la historia no es un desguace, por mucho que aquí las autoridades locales se empeñen en asfaltar hasta los recuerdos.  

El exquisito talento para sabotearse a sí mismo

Quien piense que no hay alternativa posible está totalmente equivocado porque lo más bochornoso es que Ad Legionem tiene todo el potencial para ser el motor que esta ciudad no sabe o se niega a encender. El plan estratégico es tan evidente que produce sonrojo tener que deletreárselo a quienes cobran una pasta por tener visión de futuro.

Se resume en cuatro acciones: proteger, delimitar con georradar, crear un consorcio serio y construir un parque arqueológico con actividad. Hablamos de un centro de investigación, recreaciones históricas y reconstrucciones romanas.  

No estamos inventando la pólvora: Carnuntum o Aquincum ya han demostrado que la huella del pasado, cuando no se trata como escombro, genera ingresos, empleo y un turismo que sabe leer. Pero claro, en Austria y Hungría tienen el “defecto” de mirar más allá del próximo bordillo.

Sin embargo, aquí se está por la labor de rentabilizar la gestión del olvido en vez de liderar la cultura. Es la diferencia entre aspirar a ser un referente europeo o conformarse con ser el pueblo que mejor señaliza su propia historia antes de pasarle el rodillo.  

Al final, lo que Ad Legionem pone sobre la mesa no es solo un dilema urbanístico, sino un examen colectivo de madurez. O asumimos que la identidad se defiende con hechos y no con lamentos de sobremesa, o aceptamos que habitamos una localidad que delega su memoria en terceros y su responsabilidad en nadie.

No podemos seguir actuando como espectadores indiferentes mientras una minoría —siempre la misma— carga con la ingente tarea de proteger lo que es de todos. Si permitimos que el origen de León se sacrifique por inercia, comodidad o apatía, estaremos firmando algo peor que una renuncia: la demostración pública de que esta ciudad ha olvidado cómo defenderse a sí misma.